Educación en solfa

La rebelión de los gorriones@eusebiogarcia. -Alberto Panadero y Humberto Sastre eran dos vecinos de Villafranca de la Zarza, un pueblito de casas blancas enclavado en la falda de la Sierra del Choto, regado, a voluntad de las lluvias, por un afluente subalterno de un riachuelo subterráneo y tan pequeño que, cuando uno entraba por una de sus calles, ya estaba a punto de salir por el otro extremo.

Panadero tuvo un hijo al que inculcó el amor a la música. No en vano, era un gran melómano que amasó con pasión las notas precisas para componer una melodía de afecto y confianza; levadura que hizo fermentar una educación digna de los mejores hornos. El vástago de Panadero era un colín vivaz, querido por todos, brillante y cuya inteligencia siempre dispuso al servicio de los demás.

Sastre era ducho en la puntada por la espalda, descosido, hábil enhebrando embustes y siempre andaba metido en camisa de once varas. También tuvo un hijo al que crió a remiendos, por más que tratara de imitar el patrón de su vecino. Envidioso como era, sentaba a su retoño enfrente de un tocadiscos, durante una hora, antes de cada comida. Así día tras día, con la intención de que la ópera y la gazuza le espabilaran el cerebro. Calculaba que un hijo ingeniero, médico o abogado en la capital, sería la mejor de las jubilaciones para una aguja mellada.

El pequeño Sastre creció fuerte y robusto, sí, pero necio y bruto como un peñasco. Ambicioso y con un siete en las entendederas, no valía más que para zurcir un entuerto con otro. Por si esto fuera poco, al escuchar el canto de un contralto, barítono o soprano, le sobrevenía un hambre atroz, secuela de la pedagogía operística. Su padre llegó a decir que era capaz de dar cuenta de un cabrito en el chasquido de unas tijeras.

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