El detective íntimo: Capítulo 10

El detective íntimoNuestro hombre no se perdía detalle. Observaba a los comensales que habían sido instalados a tres mesas de distancia hacia un reservado con pequeñas mamparas, no demasiado reservado, ya que no quedaban aislados del comedor principal. Román era un experto en leer las bocas, todas las bocas, las de ellas, además, si hacía el caso, las leía y otras cosas, pero la cuestión ahora no iba por derroteros prohibidos sino por derroteros peligrosos. Efectivamente, estaban hablando de una operación de compra-venta de algo con beneplácito del político de turno untado hasta la manteca y gustoso de que el proyecto se llevara a cabo. Cómo lo lograba era un misterio pero Román Paracuellos, el detective íntimo, nuestro hombre en Madrid, el amante in corner, él, tenía esa habilidad y muchas más, como va quedando en evidencia en el relato de sus andanzas. Saber espiar es un arte, porque absolutamente nadie debe reparar en uno, cuanto más desapercibido se pase mejor se trabaja, más cómodamente y con mayor efectividad. Pero Román no era de esos, de los tipos que pasan desapercibido dado su aspecto de machotemán, pelín pasado de moreno artificial, una finisima película de gomina en el cabello y unas gafas no demasiados ahumadas… Mmmmm, más tirando a macarra que a pijo de capital, auque mantuviera viva una ligera pátina de borja de segunda generación. Por eso las personas que no pasan desapercibidas y son espias no tienen más remedio que hacerse pasar por otra persona. Como era el caso de nuestro heroe balompédico. Al rato de estar en el restaurante, de pedir la carta, elegir el menú y dar cuenta del almuerzo con natural prestancia, todo el mundo con más o menos intensidad, miraba a Román y su aspecto de gladiador urbano. El correspondía con una mirada de cortesía, sin altivez, o sonreía como sonrió a una chica de cabello corto a “lo francés”, vestida con una camisa y una corbata, y los labios pintados de un rojo cegador. Una sonrisa fue suficiente para recibir la onda magnética con el mensaje de un deseo inmediato. Esas miradas, esas sonrisas y ese mensaje sobre entendido de verse después en la cafetería del restaurante a tomar un café con un poco más de intimidad, distrajeron por un momento a Paracuellos. Con un acto reflejo volvió a mirar a la mesa donde se sentaban las personas que a él le interesaban. Hizo una buena ristra de fotos con el movil que iba enviando a su jefe por sms con total disimulo. Luego hablarían. Tenía que esmerarse y concentrarse en la boca de sus presas, la mujer rubia y el mozalbete ejecutivo apenas hablaban. No hacían más que estar pendiente del móvil y de enviar o recibir mensajes. Bueno, el viernes por la tarde en el Hotel Via Láctea…Sobre las cinco, eso sí lo escuchó sin oir nada, lo dijeron los labios de Secundino. Vendrá Pedrito… También los labios de Secundino dijeron eso, “Vendrá Pedrito”, Pedrito era el político, el tercero en concordia, el buen comisionado por la bocamanga de la chaqueta, lo de siempre, vamos.

Paracuellos miró de nuevo a la chica de pelo corto a lo garçon que lo miraba voluptuosamente, y se dio cuenta de que la chica que se había fijado en él, se había percatado de las fotos con el móvil y de que estaba muy atento a la mesa donde estaba sentada la chica rubia con los otros tres hombres…

-Mmmm no es eso, mon amour, pero porqué no te lo cuento todo en el bar…- le dijo Paracuellos gesticulando exageradamente con la boca sin pronunciar palabra y ayudándose con los gestos de las manos.

La chica entendió, pagó y se levantó.Mirándolo con cierto desdén se digirió a la cafetería. En la barra, acomodada en un mullido taburete pidió un coñac. Sí, coñac. Francés.
-Hola encanto. ¿Esperas a tu novio?- Así le entró Román, sin paliativos, en estado puro, con esa forma tan suya que lo mismo provoca un sonoro, vete a la mierda, gilipollas que una humedad incontenible. Ocurrió lo segundo…

-Me recuerdas a alguien, a un actor italiano de los 70… ¡¡Franco Nero!! eso es. Por eso te he mirado…

-Bueno, no está mal, pero no me parezco en nada….

-A veces las personas nos recuerdan a otras aunque no se parezcan, pero me has recordado a Franco Nero, y a mi Franco.me ponía cachonda- dijo entre risitas limpiando el borde de la copa con uno de los dedos.

-Eso me gusta, ma petit, lo cortes de pelo a lo chico en las chicas también me pone muy, pero muy cachondo…

-Mmmmm, bueno, tu me pones, yo te pongo… ¿dónde nos ponemos?

-¿Una cosa rápida? -le dijo ella

-Vale.

-Voy al baño, te espero allí, oú les garçons, bien sur.

-Te gusta el fútbol?

-Sólo Ronaldo… ¡¡Cómo me pone ese Cristiano!!

-Guau.

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