Corazón mío. Capítulo 37

Manuel Valero.- Roberto, Ortega y Ropero acodados en la barra por este orden tomaban su bebida personal que Julián, el camarero les había preparado conforme al protocolo de la costumbre. Había animación en el local El Gato Azul con música de jazz en vivo y una cantante local que parecía nacida en las profundidades de Nueva Orleans por el virtuosismo de la voz y del ritmo.
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En la barra se acomodaban los clientes rezagados que se quedaron sin mesa. Y aún así no paraba de entrar gente. El frío de la noche de mediados de noviembre y la lluvia, siempre la lluvia de ese otoño llorón, invitaba a la gente a refugiarse en los locales de cierto pedigrí urbano y bohemio. Y El Gato Azul era uno de esos sitios en los que el ambiente te atrapa apenas cruzas el umbral. Así entre el murmullo de la gente, el tintineo de las copas, las exclamaciones de Julián, tan atareado que como hacía siempre los fines de semana que había jaleo, reforzó el servicio con un chaval estudiante de Informática, tan vivo en el arte de servir copas como en la resolución de la maraña binaria. Hablaron de vaguedades hasta que comenzó la música y se hizo un relativo silencio, el que permite la conversación discreta y la audición sin problemas de la música.

-¿ Y qué es lo que tienes, reportero dicharachero?-, preguntó Peinado mareando un hueso de aceituna en la boca.

-Me hablaste de que ese industrial, Samuel Cruz, te dijo, os dijo, que su hija mantuvo relaciones con un  muchacho, un perfecto desconocido poco antes de aparecer muerta en su habitación del hotelucho ése -, le respondió Ropero.

-¿Y cómo sabes tú que…?- Ortega se sorprendió pero al cabo comprendió. Periodista y policías tenían un pacto de caballeros:  hacerse confidencias mutuas, intercambiar información respetando las mínimas condiciones previas a las que obligan ambas profesionales, fidelidad a las fuentes y publicación en su momento sin perjudicar el desarrollo de la investigación.

-Sí, le conté lo de nuestra entrevista con el empresario, lo de las revistas, su aparición en la casa de Lobera y todo eso…- le dijo Peinado a un Ortega ya ubicado en el acuerdo.

-Pero no he publicado nada, en realidad no hay nada que publicar, absolutamente nada que pueda relacionar el suicidio de Irene Cruz con la muerte de Tony Lobera o quien quiera que sea…- respondió el periodista tras un buen trago de cerveza.

-¿Tú que crees?- Le preguntó Peinado.

-Que se trata de un impostor. Ese Lobera está más muerto que el Cid Campeador. Alguien con habilidad para la transformación se hace pasar por él como se hizo pasar por ese funcionario…

-Eso ya lo sabemos. Al menos, lo del funcionario-, inquirió Ortega saboreando su gin tonic de Larios.

-He hecho mis averiguaciones. Fui al hotel donde acabó esa muchacha y preguntando por aquí y por allá, conseguí una información que a lo mejor os resulta de utilidad. A mi periódico, no, porque esto lo he hecho en mis días libres. Yo soy así, amo el periodismo, aunque sea gratis-, el reportero sonrió con cierto orgullo.

Y prosiguió:

-Ese chico es actor-. Ropero aguardó a ver las caras de sus amigos polis.

-¿Cómo que es actor?-, Peinado dejó su copa y lo miró de frente.

-Tranquilos polis, no se trata de un actor famoso, que actores hay cientos buscándose la vida por ahí. Este es un tipo que hace monólogos, imitaciones, trabaja en las redes autonómicas, en locales, incluso en la calle, con sus comicidades y sus estatuas sorprendentes.

-¿Estatuas sorprendentes?- dijo Ortega

-Te vistes de Pedro Picapiedra, te subes a un taburete y a estarse quietecito hasta que alguien te echa unas monedas y mueves la cachiporra-, precisó Roberto. Parece mentira que lleves en la ciudad siete años, policía.

-Pues bien, se llama Oscar García”

-¿Has hablado con él?- preguntó Ortega.

-¿Tenía alguna razón para hacerlo? Soy periodista, no soy poli. Publicamos cosas de ese Lobera pero no de un suceso que ocurrió hace seis años y que no tiene nada que ver con el caso que nos ocupa… hasta que, claro, vosotros lo encajéis si se puede encajar”

-Eres un sabueso de los buenos, Ropero-, dijo Peinado.

-Lo sé. Tengo amigos en el mundillo de los actores de segunda fila y mirad.

Ropero les mostró un programa de actuaciones de un teatrillo de barrio que programa actuaciones baratas y nada rutilantes. En el programa aparecía el nombre de un tal Oscar García entre los monologuistas y su actuación prevista para el primer fin de semana de diciembre. Roberto dio un respingo, el corazón le latía con fuerza. Por primera vez tuvo una presentimiento tan fuerte que lo invadió la certeza: la muerte de Irene Cruz tenñia algo que ver con el justiciero del corazón. No podía creerlo. Miró el reloj. Había quedado con Gloria en ese mismo lugar. Aun quedaba media hora para la cita.

-Otra ronda, invito yo-, dijo exultante-. Lo sabía, lo sabía, añadió.

-Eh, eh, poli, quietos los caballos. ¿Qué es lo que sabías? No tenemos nada. Vale conocemos al último novio de esa joven… ¿y qué? ¿Vamos a detenerlo?

-Todo a su tiempo, Orteguita, todo a su tiempo.

-Bueno, yo me voy. Y ya sabéis el trato. Mi periódico, el primero.

Sonó el móvil de Roberto. Era de la comisaría.

-El señor Cruz nos recibe el lunes en su despacho de la Gran Avenida.

En ese momento llegó Gloria. Besó a Ortega en la mejilla y a Roberto suavemente en los labios.

-Os noto optimistas-, dijo.

-Es éste- se escabulló Ortega.

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