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Corazón mío. Capitulo 40

- 7 agosto, 2013 – 07:30Sin comentarios

Manuel Valero.- En la bolera los golpes de las bolas sonaban como impactos sordos de obús. A Gloria que le encantaba el juego “desvanecía de placer” cuando veía los bolos caer abatidos por un golpe certero y todavía más le gustaba el sonido como de metralla que producían los pales al caer. Aquella tarde de sábado había un grupo muy heterodoxo jugando una partida de bolos.
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Roberto y Gloria no estaban solos. Disfrutaban de la compañía de Ortega, el periodista Ropero y la novia de éste, una chica de trato agradable tan escultural en sus tejanos que suscitaba todas la miradas a las que Ropero ya se había acostumbrado. Era una de las fotógrafas de Mundo Global. Habían decidido     pasar unas horas de limpieza mental apartando el maldito caso Lobera por unas horas salvo que  ocurriera algún imprevista como el que se presentara el zombi en la comisaría por su propio pié, que fuera realmente el comunicador social el estrafalario visitante y que confesara allí mismo a voz en cuello todos sus males. Aunque eso no iba a ocurrir porque era sencillamente imposible. La policía ya tenía pruebas suficientes de que había un impostor que se disfrazó de otra persona e indicios de que ese mismo impostor se disfrazara igualmente de Tony, pero sabía, Peinado, Ortega y el inspector jefe Villahermosa sabían por las pesquisas del periodista Ropero, que el último novio o lo que fuese de la malograda Irene Cruz, que se suicidó hace seis años, era actor y tenía una actuación para dentro de unos días en uno de los teatros de barrio de la ciudad. Por su parte, el padre de la muchacha,el industrial Samuel Cruz, también conocía el interés de la policía por un hombre que acompañó a su hija en sus días postreros y  al contrario de los agentes, el señor Cruz no sentía la más mínima curiosidad. Lo que no sabía el señor Cruz era que los agentes ya tenían información  suficiente para explorar esa vía:el nombre, Oscar García;la profesión: actor; y el trabajo: en diciembre en un teatro de barrio, concretamente el Teatro Cajablanca. Lo que no tenían era la dirección donde pudiera alojarse porque Ropero fue incapaz de averiguarlo. Ninguna persona consultada por él en el mundillo le pudo dar razón del domicilio de Oscar García. Este era muy  explosivo en el escenario, pero abajo de las tablas era más bien reservado.

Pero ahora tocaba una partida de bolos, o dos, después una cena y un musical para acabar el aspecto cultural del ocio urbano que, infaliblemente, acabaría en El Gato Azul, y por lo que respecta a Roberto y Gloria, anudados en amor y compaña, mientras oían y veían llover ese otoño bendito de lluvias. Y así pasó.

En la cama, echados el uno junto al otro, mirando el techo en el que se reproducía el cuadrado de  la ventana del dormitorio por el efecto reverberante de un anuncio luminoso con las motas de  las gotas de agua deslizarse por el espejismo, Roberto dijo:

-Estamos más cerca, lo sé.

Gloria se acurrucó junto a él y refugió la cabeza en el pecho del policía que la protegió con su brazo. Llovía intensamente.

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