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Corazón mío. Capítulo 44

- 13 agosto, 2013 – 00:46Sin comentarios

Manuel Valero.- La noticia estaba en portada en todos los medios. La desaparición de Rita Rovira había pedido paso a sitio principal, con grandes alardes tipográficos, tanto en papel como los digitales y las emisoras de radio y las cadenas de televisión en sus informativos de periodismo serio abrían con un suceso que venía precedido por los anteriores. corazonmioEso fue lo que convirtió la suerte de la triple R en un hecho que relegó a un segundo término otros perfilez de la actualidad. La actualidad ahora era ella, su misteriosa evaporación  cuando fue al baño en un receso del trabajo preparatorio del Corazón Abierto nocturno y no regresó a la redacción. La esperaron el tiempo de confianza que se otorga a la ausencia de una persona con la presunción de su vuelta segura  e incluso con esos minutos de más  que no suscitan la más mínima preocupación, hasta que la extrañeza se adueña de quienes aguardan y los minutos entonces se cuentan como el presagio de un desastre. Un telefonazo a la dirección sin éxito, unas preguntas recíprocas entre los miembros del equipo de redacción, alguien que va en su búsqueda a sabiendas de su ritual matutino, preguntando por ella con aquellos con lo que se cruza, abre la puerta del baño y lo encuentra solitario, lo inspecciona con cierto temor, mira por el hueco de las portezuelas de los escusados, pero no hay nadie, tan sólo escucha el gorgoteo del agua indiferente a toda suerte. El director que irrumpe en la redacción con el pánico en el rostro, todo lo tiene en su mesa, su bolso colgado en el respaldo de la silla,el móvil sobre unos cuantos folios desordenados, pero e lla no está y ya va para media hora que salió sin que nadie la haya visto más allá de su acostumbrado periplo desde la redacción a los servicios por un  dédalo de pasillos. No hubiera sido merecedora sino de una preocupación natural, la que se lleva con cierta extrañeza pero en la confianza de una resolución, igualmente natural, a ese pequeño incidente de la rutina, sino fuera porque en el último mes, la profesión contaba dos bajas entre los suyos en circunstancias extraordinariamente dramáticas y eso  hacía contar los segundos como verdaderos aldabonazos de tragedia. A la hora, el director ya se temió lo peor y después de enviar a todo el personal a buscarla por todas partes, por todos los departamentos, por los platós y los hangares y hasta las garitas de seguridad de la entrada de personal y la entrada y salida de vehículos, después la búsqueda infructuosa, fue cuando llamó a la policía y se lo comunicó con voz ahoga:
-…Rita, Rita Rovira… ha desaparecido…

Y fue ese golpe seco que fue como una mano que golpea el fango el que recibió el comisario y el inspector y los agentes y los de arriba. El caso Lobera había tomado ya un cariz mucho más dramático, serio y grave que los homicidios anteriores. Ante un homicidio la gente reacciona con resignada angustia y dolor, se hace de cruces y maldice al verdugo y urge a la policía a capturarlo para completar el círculo de la justicia y de la seguridad de todos, pero ante un secuestro todas las sensaciones negativas se agigantan como un globo hinchado por un vendaval. Interior llamó al comisario y el comisario al inspector y todos conformaban ese cuadro de abatimiento múltiple que ningún relator ni pintor manierista podría lograr atrapar en su exactitud.

No tenían aún la prueba, la llamada que reivindicara el secuestro pero toda la inercia de aquella maldita historia llevaba esa dirección casi sin margen de error. Tony Lobera había sido asesinado o había fingido su muerte, posibilidad  ésta casi  desestimada por completo por la policía desde que la detención del funcionario clonado, y un colaborador del mismo programa,  Antonio Perales, había corrido la misma suerte y de nuevo el clon de Lobera jugando con la policía, después de su última fechoría que firmó con un latinajo… Que Rita Rovira había sido raptada por el asesino de Lobera y Morales había tomado la claridad de la certeza, como cuando tiras una piedra a un estanque, observas la trayectoria y cuando ésta es la correcta, sabes que terminará con un impacto que levantará círculos concéntricos de agua  antes de que la piedra estalle contra la lámina.  La noticia también salió disparada desde los medios hacia todas las direcciones sin discriminar estratos y entusiastas o no de la telebasura nacional. Rita Rovira había desaparecido, muy probablemente secuestrada por la misma persona que había acabado con la vida de Tony Lobera y Antonio Morales, lo cual situaba el asunto en el peor de los escenarios posibles: la existencia de un asesino en serie, inteligente, calculador, metódico, escurridizo y camaelónico, que había decidido por su cuenta diezmar la plantilla de profesionales que se dedicaban a la prensa del corazón y a llenar, desde hacía años, las tardes enteras con maratonianos programas de chismes y otras “informaciones” de dudoso gusto, que esos programas eran vistos por millones de personas, que hicieron  del caso tema de conversación permanente, y tras la desaparición de Rita, único, y que las grandes compañías internacionales y nacionales pagaban cifras astronómicas por anunciarse en los mismos, bien directamente bien con anuncios que fragmentaban los espacios de la frivolidad en pausas interminables. Hasta el presidente del Gobierno tuvo que responder a las preguntas de los periodistas, igualmente nacionales o extranjeros, sobre el particular, y no faltó quien le recordó el viejo caso del asesino de la baraja:

“La policía está haciendo su trabajo y pronto capturará al responsable o responsables de estos crímenes”.

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