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Corazón mío. Capítulo 58

- 26 agosto, 2013 – 23:30Sin comentarios

Manuel Valero.-  -¿No vamos a ser capaces de echarles el guante?”, rugió el ministro del Interior.- En el despacho del ministro se habían reunido los jerifaltes de los medios, incluidos los pocos que no emitían “contenidos de sociedad” con la intensidad con que lo hacían sus dos directos competidores afectados en sus líneas por la trama negra, los directores de los principales periódicos y emisoras de radio, el presidente de la asociación de periodistas del Estado y los hombres de Villahermosa, con Villahermosa a la cabeza.
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-Nunca se nos ha presentado un caso similar, señor-, se disculpó el inspector.

-Un país que está acostumbrado a contender con terroristas no se arredra ante ningún caso-, le espetó el alto mandatario gubernamental.

-Eso es cierto, señor ministro, pero..-, Villahermosa volvió a la carga y antes de que pudiera acabar la frase, el ministro lo cortó de un tajo:

-No hay peros que valga, antes de que acabe este añito dichoso quiero el asunto resuelto y a los culpables de frente y de perfil ante la opinión pública. ¡No tenemos problemas como para que ahora salga un loco en serie a complicar más las cosas!.-, prosiguió en el mismo tono malhumorado…

-Bueno, ya no hay secuestros de etarras-, Villahermosa no se amilanó y le hizo esa apreciación con asombrosa temeridad.

-No me toques lo cojones, inspector, que no está el país para sobresaltos, que tenemos el corazón demasiado acelerado con lo que cae…-, el ministro habló como hablan todos los ministros en privado, con los mismos exabruptos de un vulgar elector justificando la supremacía de su equipo de fútbol ante un hincha enemigo frente a dos tercios de cerveza.

-En eso lleva razón señor ministro, tenemos el corazón en un puño-, coronó el inspector.

Fuera por la tensión del momento, por la gravedad del asunto o por la impertinencia de Villahermosa, el caso es que todos los presentes lo miraron con asombro sin comprender con exactitud si lo de la salida del inspector jefe era un reconocimiento sincero de las complejas circunstancias del caso o una burda filigrana semántica para quitar hierro y distendir el ambiente.

-Nuestros hombres del CNI no tiene ni la más remota idea de la existencia de esa organización, han cruzado información con Europol, con Interpol, con otros servicios secretos, hasta con el Mosad, que no sé qué pinta el Mosad aquí, debe ser por la fama, y nada. Se sorprenderían ustedes de las  cosas que se entera uno, y la de descerebrados que hay por esos mundo del diablo, pero de Justicia Negra para la Prensa Rosa ni una brizna de rastro, y mucho menos de ese actor…

En ese momento, Roberto tomó la palabra. Como siempre, su capacidad de deducción y su mucha intuición pliniesca constituían la meteria prima de la que estaba hecho como policía. Todo eso y su incansable terquedad eran el mejor antídoto contra sus episódicos accesos de tristeza. Un policía tiene que ser terco como una mula. De modo que se atrevió a amansar la fiera que se había adueñado de un ministro que tan buenas composturas solía mostrar en público.

-Tenemos mucho terreno ganado, señor. Sabemos quién es el autor de las muertes de esos dos desdichados y del secuestro de Rita, hemos descubierto su guarida y hasta podemos sospechar incluso, yo lo afirmaría, que el detonante de todo esto fue el suicidio de esa chica. Y, si me lo  permite, sospecho… sospechamos que alguien lo puso sobre aviso de nuestros pasos…

-¿Y quien es el soplón?-, el ministro un poco más calmado se interesó por la exposición de Roberto, el cual le pareció un policía eficiente. El ministro desconocía la hoja de servicios de Roberto, pero hay cosas que se delatan por sí mismas con un simple golpe de vista, y el agente que acababa de hablar era de una de ellas.

-Eso es lo que tenemos que averiguar ahora-, Roberto habló con sinceridad a sabiendas que su segunda intervención dejaba las cosas como estaban.

-Y también dónde está recluida esa periodista, y si existe o no esa secta y si… Joder, nos quedamos sin tiempo. No admitiré que acabe el plazo y que la prensa abra con… No, no y no…Vamos a hacer una cosa. Como supongo que esos malnacidos ven la televisión y leen los periódicos, quizá más lo primero que lo segundo, vamos a decirles que el Gobierno, con el acuerdo unánime de todos  ustedes -dijo refiriéndose ahora a los responsables de los medios- está estudiando seriamente   la petición  de Rita y que si es necesario, se cancelarán los programas del corazón. Por supuesto, que eso no es cosa del Gobierno en una sociedad democrática, y que ustedes estarán por la labor, de modo que les propongo que el acuerdo se presente a la opinión pública y a esos justicieros negros como una decisión estrictamente de la prensa con el beneplácito del presidente de la asociación de  ustedes. Si con eso le salvamos el pellejo a esa muchacha podemos darnos por satisfechos y… bueno… luego es cuestión de tiempo. Pasados unos meses, podrán ustedes volver a sacarle las tripas a los famosos y a esa gente incomprensible que acude a un plató a contarle a la gente que su novia  era un hombre. ¿Están de acuerdo?”

Un silencio sepulcral se hizo entre todos los presentes. La policía no tenía nada que añadir sobre el particular, aquello era una cuestión estrictamente profesional que competía exclusivamente a los profesionales. Bastante tenían, Villahermosa y sus hombres con llegar a tiempo a librar de la soga el cuello de la “triple R”. Luego de unos intensos segundos sin que se oyera una palabra, el presidente de los periodistas se arrancó con una obviedad.

-La libertad de prensa, y de expresión, son innegociables, señor ministro.

-Vaya, era un detalle que se me había olvidado, pero ¿sabe lo que le digo? que en el fondo simpatizo con esos desalmados. Hemos llegado a unos niveles de inmundicia televisiva que hasta  los comprendo…”

-Pero, señor ministro…-, balbuceó el presidente de los periodistas.

-Entiendan lo que quiero decirles, caballeros, no me malinterpreten. Podría ser una oportunidad para que demuestren su buen  corazón, no no trato de hacer ningún chiste…Salvar la vida de una colega de la valía y la fama de Rita, ¿no sería un buen detalle?

-Pero tenemos audiencias millonarias, y una cartera de clientes que son la supervivencia de nuestras empresas… No hemos hecho nada punible, simplemente entretenemos a la gente con chismorreos asumidos por todos los implicados. No hemos destruido a nadie”, fue el presidente de la cadena Mediamil el que se estiró con ese razonamiento asesorado por el director de ¿Trapos limpios… o no?

-En un país como el nuestro están las leyes, los tribunales y algo muy importante, la libertad, también, del espectador para ver lo que le apetezca. Los televisores no tienen un mando del que sale el cañón de una pistola y conmina al espectador a elegir esto o aquello”, terció el jerifalte de Canal 12 animado por su  competidor.

-Pues ya me dirán, qué es lo que hacemos-, gruñó el ministro.

-Podemos convocar a la prensa y enviar un sencillo mensaje: que el Gobierno y los medios están analizando el ultimátum de Rita y que en todo caso se tomará la decisión que mejor convenga a la suerte de la secuestrada. Se trata de ganar tiempo. Aún quedan veinte días para que acabe el año… tal vez nuestros amigos policías hayan concluido su trabajo para entonces-, ahora fue el director de un periódico  serio el que habló. Sus palabras volvieron a sumir en el silencio de la reflexión a los presentes.

-No es descabellada su propuesta, no, no lo es-, susurró el ministro sobándose el mentón.

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