La guerra perpetua

Desde que el hombre se irguió para seguir mejor el rastro de la liebre del desayuno hasta este mismo día del Señor, de 2013, el mundo no ha conocido un momento de paz tan general como su casi perfecta esfericidad longitudinal de 40.000 kilómetros. Manuel ValeroLo cual a uno le da que pensar si el estado natural del hombre es el de la paz, la concordia y la cooperación arcádicas, o por el contrario el de la guerra perpetua antikantiana, la pulsión animal de posesión y conquista y la cooperación interesadas. La Pax Romana fue una insólita excepción que sólo afectó al corazón del Imperio, una reducida extensión de mar y tierra en comparación con la magnitud planetaria, cohabitada por incontables y coetáneas dinastías chinas, por un laberinto de pueblos y tribus que poblaban la América precolombina o por pandillas iluminadas de trascendencia en el Zipango antípoda. Posiblemente mientras el César se aburría de tanta paz desmadejado al contemplar a sus legionarios jugar a la taba, ya andarían chinos, mesoamericanos y nipones dándose mandobles entre ellos mismos bajo la advocación de Tao o la Serpiente Emplumada o el relativismo sintoísta. Si observamos un poco, la asignatura de Historia se resume en la Historia de la Guerra. Me lo dijo una vez un profesor admirado que tuve en los años convulsos de la adolescencia. “Vamos de la guerra del Peloponeso, a las Púnicas, y de las Púnicas, a las de Religión, y de éstas a las Guerras Napoleónicas, para desembocar en la Primera y Segunda orgía de sangre a escala razonablemente universal. La paz son breves espacios de tiempo entre mojones terroríficos y cada vez los mojones son más terroríficos”. ¡Cuanta razón llevaba!

Hoy he abierto un periódico digital y he constatado que a la perpetuidad del estado belicoso del hombre hay que sumarle la frivolización de la guerra como si fuera un videojuego. Las TIC,s han globalizado tanto el absurdo que han convertido la guerra en un hecho de arrabal y hemos acabado por acostumbrarnos a la ración diaria de menudillo. Las bombas ya no son hoy una excepción telúrica que hace sobrecoger al mundo sino una rutina tan interiorizada que podemos mirar la casquería humana en un barrio de Bagdad sin que nos tiemble la cuchara de la sopa. Los digitales hablan ya de una inminente intervención en Siria con aburrida displicencia y para hacer más atractiva una información que se ha convertido en material fungible de tanto plano corto de humo y sangre, te ofrecen un mapa de operaciones con los objetivos que los pepinos yanquis llevarán programados en la misma punta. Así, el lector puede consultar los blancos como consulta un mapa de carreteras o la casa rural donde pasar unos días de vacaciones. La guerra que siempre ha estado presente en la vida de los hombres desde que una célula le dio aviso de su propia consciencia (la conciencia es un resultado mucho más elaborado), se ha convertido en algo sin interés casi virtual, por más real que sea el sufrimiento que genere. Porque este es otro fenómeno: al día contemplamos fotogramas de la islamidad iracunda como si pertenecieran a otra galaxia, al mismo tiempo que la tecnología nos la acerca hasta el portal de nuestra casa. Una guerra, un atentado en Beirut, un apedreo por Cachemira, o la petulancia colegial del dueño del Norte de Corea nos parece tan familiar ya como el agua del grifo de la cocina. Podemos acceder a todo un despliegue de mapas, objetivos, fotos, vídeos, documentos sonoros, fuerzas, armamentos, munición… incluso al tiempo que hará el día D a la hora H y si la luna estará entera, demediada o sanguinolenta. Tal que si estuviéramos alrededor de la mesa del Estado Mayor.

Si al final se deciden los EEUU y sus amigos por castigar la modalidad química del malvado Al Assad en lugar de hacer la guerra como el diablo manda, los medios pugnarán por informar en formato multimedia, de modo que podamos ver las evoluciones de los buenos y los malos mientras nos metemos un calipso en la boca como una polla adormidera. A fuerza de persistente, la guerra es ya una vieja costumbre, una serie más que dan por la televisión con muertos veraces. Y más remotos cuanto más aparecen a la hora de comer como comensales indispensables.

Una cosa más
Manuel Valero

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4 COMENTARIOS

  1. Gracias a la guerra uno no sólo puede morir por sus ideales, sino que incluso puede morir por los ideales de otro. (Perich)
    Y casi siempre sucede lo segundo, añado yo. Si se miraran a los ojos por un momento los peones que son utilizados para rentabilizar los negocios de armamento y se preguntaran porqué están allí…acabarían por volver sus cañones contra los almacenes de las industrias que las fabrican. y se irían abrazados a tomarse todas las cervezas que quedaran en los bares. Y brindarían por la pacífica amistad. Y brindarían por haberse reconocido como seres racionales. Y brindarían por poder estar todos allí.

  2. Muy bien dicho. Hay quien dice que la guerra es la más antigua de las relaciones internacionales, porque la política viene después y no antes que ella. Carl von Klausewitz andaría errado al decir que el fin de la guerra sería continuar la política con otros medios, pero cuando decía que el fin de la misma es desarmar al enemigo, no destruirlo: el fin de la guerra es llegar a la política. Cuando se llega a esta idea se llega a una segunda fase de civilización o que sería propiamente la civilización. Grandes civilizaciones han podido prevalecer y desarrollarse porque fueron guerreras, pero, sobre todo, porque supieron hacer una paz constructiva después; hizo la diferencia que tuviesen una política después: parcere subiectis et debelare superbos.

  3. Siria es un enclave vital en Oriente Medio debido al paso por su territorio del futuro gasoducto Irán-Irak-Siria-Líbano que además podría transportar el gas a Europa. Me pregunto si E.E.U.U. y sus aliados, se preocuparían tanto de la población civil(cosa por otra parte loable) en caso de que esta riqueza subterranea no fuese a fluir por este país, con la consiguiente alteración de los beneficios que actualmente recibe Arabia Saudí en detrimento de Irán.

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