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Corazón mío. Capítulo 60

- 29 agosto, 2013 – 07:30Sin comentarios

Manuel Valero.- Todo estaba dispuesto, pero no fue el ministro sino el secretario de Estado el que compareció ante los medios. El ministro se reservó para salir al estrado mediático al final de la historia, haciendo cruces para que, llegado el caso, lo fuera con la música amable de la liberación de la retenida y sus captores puestos a disposición de la justicia.
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La policía estaba trabajando intensamente en un caso que ya pertenecía por derecho a los adictos al corazón, a sus críticos más feroces y a los indiferentes. No ocurre todos los días que una estrella de la pequeña pantalla sea asaltada a unos metros de la redacción, días después de dos asesinatos por la mano de un personaje siniestro y burlón. Tal y como se acordó en la reunión de crisis en el despacho del ministro del Interior, un alto cargo del gobierno, acompañado del director general de la Policía serían los encargados de detallar a la sociedad el estado de las cosas y someterse a las preguntas de los periodistas.

Los cámaras de televisión se arremolinaban al fondo de la sala sobre una tarima que resultó escasa para acoger las televisiones nacionales y extrajeras que acudieron a la convocatoria, los reporteros gráficos iban de un lado a otro a la espera de la aparición de los convocantes, los periodistas de radio preparaban el material de grabación. Pronto, un bosque de micros brotó en el centro de la mesa destinada a los comparecientes. Había expectación y era comprensible: el caso Lobera que se trastocó en el caso Rovira era el epicentro de la actualidad. La peliaguda secuencia de sucesos apuntaba a un crescendo sobrecogedor que  mantendría durante un tiempo el interés de la prensa seria que tenía reservado un espacio en la primera plana,  mientras los otros medios abrían los noticieros con el caso y sus derivadas, y los espacios del corazón  hacían su particular subasta de especulaciones que hacía subir las audiencias y los anunciantes como la espuma, y la cartera de resultados como si se tratara de la reedición de una nueva fiebre inmobiliaria. Los periodistas hacían comentarios en voz baja, se saludaban entre ellos, y alguno de los sabuesos mejor informados como  Ropero, repasaba mirando sobre las lentes de sus gafas redondas, unas notas que llevaba escritas en un pequeño bloc de espiral como hacían los viejos cronistas.

Cuando de una parte lateral aparecieron los altos cargos del Gobierno y de la policía, un repentino silencio se hizo en la sala de prensa roto por el chasquido de las máquinas de foto, una lluvia de fogonazos de nieve y alguna que otra tos esporádica de algún fumador empedernido. Los dos hombres se acercaron a la mesa sonriendo artificialmente como mandan las reglas, saludaron a varios periodistas y se sentaron detrás del muro de micros de todos los colores. El secretario de Estado lo hizo primero, inmediatamente después el director general de la Policía. Entre la comitiva, Peinado y Ortega, y otros agentes, que se quedaron a un lado en la puerta de entrada a la  sala, y entre el público, Gloria que no había querido perderse una de las ruedas de prensa más emocionantes de los últimos tiempos,  que, asombrosamente, no tenía nada que ver con la política, ni con un caso de corrupción política, ni con un suceso de la España profunda, ni con un desastre natural. Ni siquiera con nada relacionado con la lucha antiterrorista, como había visto por la televisión en sus tiempos de estudiantes de Biología. Se lo dijo a Roberto. “Quiero estar en la rueda de prensa, cariño”. ¿Y en representación de qué medio?” “Curiosidad personal, eres poli, arréglalo, anda”. Y así fue.

El secretario de Estado carraspeó antes de comenzar a hablar, palpó los micros en un tics inconsciente, como si los contara o se asiera a ellos para no caer al suelo durante la intervención y desgranó su intervención de manera sinóptica y breve, ya que a esas alturas, la opinión pública era conocedora de buena parte de la macabra historia que comenzó el mes de septiembre, un mes percibido como muy lejano por el vértigo de los acontecimientos y la investigación. El secretario de Estado se centró sobre todo en lo más reciente: el rapto de Rita y el mensaje grabado que envió a Canal 12 para su emisión. Luego informó del acuerdo que en realidad no acordaba nada concreto pero envolvía un mensaje con un destinatario o destinatarios: el autor o autores de aquella cadena trágica de muertes, secuestro y amenazas. “Tras la reunión que ayer mantuvimos en el despacho del ministro del Interior, el Gobierno, cargos policiales y propietarios y directores de los principales medios de comunicación del país, junto con el presidente de la Asociación de Periodistas, les informamos que se está analizando en profundidad la exigencia que esa supuesta organización a la que aludió la compañera de ustedes en su ultimátum. Les informo que hay una total coincidencia entre los portavoces de los medios en sopesar la desaparición de los formatos televisivos a los que se hace referencia, y de los que ustedes se pueden hacer una idea, sin que sea necesario abundar ahora en la idoneidad o no de esos contenidos. Se tomará esa decisión llegado el caso, pero pido desde aquí a los culpables de estos tristes y desgraciados sucesos que una cancelación de programas de esa incidencia social y comercial requiere un tiempo de materialización habida cuenta de los compromisos adquiridos con la plantilla, los colaboradores y los anunciantes. Estamos dentro de plazo. Pero también les exijo que liberen inmediatamente a la mujer que tienen retenida y secuestrada contra su voluntad para una resolución menos dramática de un caso que se ha cobrado ya dos vidas. Y les prevengo de que sea cual sea la decisión que finalmente se tome, la policía seguirá trabajando sin escatimar esfuerzos hasta dar con los criminales. Esto ha sido todo. ¿Alguna pregunta?

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