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La estrategia Gallardón, su acólito Wert y el Poder del clero

- 11 marzo, 2014 – 22:055 Comentarios

Javier Fisac Seco. Historiador, caricaturista y analista político.- Resulta asombroso que se diga, de Rajoy y su Gobierno, que no tienen ideología. Esta generosa reflexión no se hace desde la derecha, que está cristianamente ideologizada y exultante por la imposición de la doctrina cristiana en la vida y en la enseñanza, sino desde medios que se han presentado como liberales de izquierda e incluso progresistas.
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Radios, prensa y televisión. Sembrando, desde esas aparentes posiciones, confusión. E irritación en todos los movimientos sociales, feministas, abortistas, lesbianas, homosexuales, librepensadores, jóvenes, republicanos, ateos, profesores, hedonistas, progresistas…que están padeciendo en sus propias carnes esta contrarrevolución moral que, desde una ideología nacionalcatólica, nos está arrastrando hacia el pasado franquista-clerical del nacionalcatolicismo. 

Es de ignorantes o propio de colaboracionistas objetivos no saber que la conciencia de clase de la derecha es la doctrina cristiana. Desde el origen de los siglos. Y por lo tanto no debería extrañarnos que la derecha imponga su conciencia a toda la sociedad, empezando por el sistema educativo. Una conciencia que es la negación de los derechos individuales y humanos y de los derechos sociales, como inconfundible y contundentemente puede leerse no sólo en la doctrina cristiana sino en las encíclicas papales. Desde la “Revolución francesa” hasta el tiempo presente. Lo contrario sería admitir que la Iglesia, ortodoxa y dogmática, se contradice con el paso del tiempo. De incoherencia doctrinal es de lo único que no se la podrá criticar.

La Iglesia, considerada así misma como sociedad perfecta, siempre se ha movido impulsada por la voluntad de Poder. Se cree, según proclama en su teoría de los dos poderes, estar por encima del poder civil, que debe someterse, según su doctrina, al poder religioso. En esta situación es en la que nos encontramos actualmente desde que el católico Partido Popular ganó las elecciones. Con un Gobierno radical, fundamentalista e integral e ideologizado desde el primer momento en el que conquistó el Poder absoluto.

Desde ese momento, pusieron en marcha el rodillo ideológico contrarreformista, sin contemplaciones. Ni que España no sea católica en un 75% de su población porque vive en la práctica de espaldas a la ideología cristiana, ni que la Constitución proclame como inviolables los derechos individuales como la libertad de conciencia, la igualdad de género, y la libertad contra la imposición de cualquier doctrina religiosa, ni que la ideología del Partido Popular no sea la ideología de la mayoría de los españoles, les ha importado para imponer su propia moral. Acto objetiva y subjetivamente inconstitucional. Más inconstitucional es la imposición de un sistema de valores a los ciudadanos que el derecho de secesión, según la idea que de él tiene el propio Partido Popular.

Desde el primer momento, ignorando todos los derechos individuales, a la coeducación, a la igualdad de género, a la libertad sexual…ignorando que el sistema democrático se legitima, en origen, en un contrato o pacto entre las diferentes fuerzas sociales y políticas que, siendo antagónicas, consensuan un sistema político y moral basado en el ejercicio de las libertades como único fundamento de legitimidad de la democracia, de cualquier democracia que no sea simplemente orgánica, y por tanto desde una parte no se puede imponer al resto sus valores morales. Ni a sus propios votantes se les puede imponer ninguna moral religiosa o ideología porque todas entran en contradicción con el Título I de la Constitución española.
Saltándose a la torera el consenso, rompiendo, en consecuencia, con el contrato social y despojando a la Constitución de su fundamento de legitimidad han arrasado con gran parte de las conquistas sociales y progresistas enunciadas en la Constitución. Han conseguido que la legalidad carezca de legitimidad. Y aquí no pasa nada. Sin contemplaciones, ellos no olvidan nunca, vienen celebrando su memoria histórica eclesiástica, revanchista contra la IIª República, y condenan y prohíben la “Memoria histórica civil y republicana”. Frontal y brutalmente han eliminado la “Educación para la ciudadanía”, porque contiene los derechos individuales y las libertades sexuales, que forman parte de los mismos, como el matrimonio homosexual; de un plumazo, patológicamente reaccionario, han elevado la libertad sexual de los 13 a los 16 años, porque la doctrina cristiana, la encíclica “Divini illius magistri”, la Casti connubi” y el Pontificio Consejo para la familia titulado “Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas en familia” (8 de diciembre, 1995) están en contra de que los jóvenes y los adultos tengan relaciones sexuales.
Guiados por los mismos argumentos y la misma patología fóbica sexual han decidió poner punto final a la coeducación, y la igualdad de género, e imponer la separación o desigualdad de géneros para evitar que los jóvenes tengan relaciones sexuales “el peor de los pecados en la peor de las edades”, según la encíclica” Divini illius magistri” del papa Pío XI publicada en 1929, el mismo año en el que este mismo papa firmaba el tratado de Letrán y el concordato con el fascismo italiano, en virtud del cual el catolicismo pasaba a ser la religión oficial del Estado fascista. En los mismos términos en los que los puntos 26 y 27 del Concordato firmado con Franco por Pío XII por los que el catolicismo era reconocido como la religión oficial del Estado o ideología del franquismo. O lo que es lo mismo, la conciencia de clase del Poder dominante, fascista o franquista, era la doctrina cristiana.

Escribía el papa en esta encíclica lo siguiente:
“Educación sexual
49. Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad .

50. Grave error el de estos hombres, porque no reconocen la nativa fragilidad de la naturaleza humana ni la ley de que habla el Apóstol, contraria a la ley del espíritu (cf. Rom 7,23), y porque olvidan una gran lección de la experiencia diaria, esto es, que en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina.

Coeducación
52. Igualmente erróneo y pernicioso para la educación cristiana es el método de la coeducación, cuyo fundamento consiste, según muchos de sus defensores, en un naturalismo negador del pecado original y, según la mayoría de ellos, en una deplorable confusión de ideas, que identifica la legítima convivencia humana con una promiscuidad e igualdad de sexos totalmente niveladora. El Creador ha establecido la convivencia perfecta de los dos sexos solamente dentro de la unidad del matrimonio legítimo, y sólo gradualmente y por separado en la familia y en la sociedad. Además, la naturaleza humana, que diversifica a los dos sexos en su organismo, inclinaciones y aptitudes respectivas, no presenta dato alguno que justifique la promiscuidad y mucho menos la identidad completa en la educación de los dos sexos. Los sexos, según los admirables designios del Creador, están destinados a completarse recíprocamente y constituir una unidad idónea en la familia y en la sociedad, precisamente por su diversidad corporal y espiritual, la cual por esta misma razón debe ser respetada en la formación educativa; más aún, debe ser fomentada con la necesaria distinción y correspondiente separación, proporcionada a las varias edades y circunstancias. Estos principios han de ser aplicados, según las normas de la prudencia cristiana y según las condiciones de tiempo y lugar, no sólo en todas las escuelas, particularmente en el período más delicado y decisivo para la vida, que es el de la adolescencia, sino también en los ejercicios gimnásticos y deportivos, cuidando particularmente de la modestia cristiana en la juventud femenina, de la que gravemente desdice toda exhibición pública.

¿Alguien pone en duda cuáles son los verdaderos fundamentos ideológicos de la separación de sexos en la educación? Es más, para que los avances científicos, ilustrados y racionalistas no impugnen la doctrina cristiana, los contenidos de la educación deben someterse al dictado de la doctrina cristiana y si la contradicen, se eliminan del temario.

Dice el papa en esta misma encíclica:
“71. En esta escuela católica, qua concuerda con la Iglesia y con la familia cristiana, no podrá jamás suceder que la enseñanza de las diversas disciplinas contradiga, con evidente daño de la educación, la instrucción que los alumnos adquieren en materia religiosa; y si es necesario dar a conocer a alumno, por escrupulosa responsabilidad de magisterio, las obras erróneas que hay que refutar, esta enseñanza se dará con una preparación y una exposición tan clara de la sana doctrina que, lejos de implicar daño, proporcionará gran provecho a la formación cristiana de la juventud”.

Y añade:
El mundo y sus peligros
“76. En nuestra época ha crecido la necesidad de una más extensa y cuidadosa vigilancia, porque han aumentado las ocasiones de naufragio moral y religioso para la juventud inexperta, sobre todo por obra de una impía literatura obscena vendida a bajo precio y diabólicamente propagada por los espectáculos cinematográficos, que ofrecen a los espectadores sin distinción toda clase de representaciones, y últimamente también por las emisiones radiofónicas, que multiplican y facilitan toda clase de lecturas. Estos poderosísimos medios de divulgación, que, regidos por sanos principios, pueden ser de gran utilidad para la instrucción y educación, se subordinan, por desgracia, muchas veces al incentivo de las malas pasiones y a la codicia de las ganancias. San Agustín gemía y se lamentaba viendo la pasión que arrastraba también a los cristianos de su tiempo a los espectáculos del circo, y describe con un vivo dramatismo la perversión, felizmente pasajera, de su discípulo y amigo Alipio. ¡Cuántos jóvenes perdidos por los espectáculos y por los libros licenciosos de hoy día son llorados amargamente por sus padres y sus educadores!”.

De un plumazo han decidió poner fin a la píldora del día después, a la educación sexual y al aborto. Los homosexuales y lesbianas deberán ser condenados y colgados, las abortistas condenadas a su propia muerte, a vivir en desgracia y a pasar por las cárceles y la mujer, recuperada la virginidad, devuelta a las cazuelas e idealizada como madre, cosificada en su superior función la de ser una máquina de parir por decisión del Estado y la Iglesia, no por propia voluntad. Como si volviéramos a las cavernas.
¿En qué se fundamenta la Iglesia para imponernos su moral negando los derechos individuales en un acto inconstitucional que la deslegitima y desenmascara el “prudente silencio” que mantuvo durante la transición por si le pedían responsabilidades por ser la conciencia ideológica del castrado y estéril régimen franco-clerical? El mismo papa nos lo deja bien claro en la misma encíclica, donde pontificaba:

“10. En primer lugar, la educación pertenece de un modo supereminente a la Iglesia por dos títulos de orden sobrenatural, exclusivamente conferidos a ella por el mismo Dios, y por esto absolutamente superiores a cualquier otro título de orden natural.

11. El primer título consiste en la expresa misión docente y en la autoridad suprema de magisterio, que le dio su divino Fundador: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28,18-20). A este magisterio confirió Cristo la infalibilidad juntamente con el mandato de enseñar a todos su doctrina; por esto la Iglesia «ha sido constituida por su divino Autor como columna y fundamento de la verdad, para que enseñe a todos los hombres la fe divina, y guarde íntegro e inviolado el depósito a ella confiado, y dirija y forme a los hombres, a las sociedades humanas y la vida toda en la honestidad de costumbres e integridad de vida, según la norma de la doctrina revelada».

15…«La Iglesia no dice que la moral pertenezca puramente (en el sentido de exclusivamente) a ella, sino que pertenece a ella totalmente.

18, Además, es derecho inalienable de la Iglesia, y al mismo tiempo deber suyo inexcusable, vigilar la educación completa de sus hijos, los fieles, en cualquier institución, pública o privada, no solamente en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en lo relativo a cualquier otra disciplina y plan de estudio, por la conexión que éstos pueden tener con la religión y la moral.

19. El ejercicio de este derecho no puede ser calificado como injerencia indebida, sino como valiosa providencia materna de la Iglesia, que inmuniza a sus hijos frente a los graves peligros de todo contagio que pueda dañar a la santidad e integridad de la doctrina y de la moral.

41. Todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre la misión educativa del Estado está basado en el sólido e inmutable fundamento de la doctrina católica sobre la constitución cristiana del Estado, tan egregiamente expuesta por nuestro predecesor León XIII, particularmente en las encíclicas Immortale Dei y Sapientiae christiane. «Dios —dice León XIII— ha repartido el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo, de donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero, corno el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y otro, haya establecido en su providencia un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y otro poder. Las (autoridades) que hay, por Dios han sido ordenadas (Rom 13,1)». Ahora bien, la educación de la juventud es precisamente una de esas materias que pertenecen conjuntamente a la Iglesia y al Estado, «si bien bajo diferentes aspectos», como hemos dicho antes, «Es necesario, por tanto —prosigue León XIII—, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo. Para determinar la esencia y la medida de esta relación unitiva, no hay, como hemos dicho, otro camino que examinar la naturaleza de cada uno de los dos poderes, teniendo en cuenta la excelencia y nobleza de sus fines respectivos. El poder civil tiene como fin próximo y principal el cuidado de las cosas temporales. El poder eclesiástico, en cambio, la adquisición de los bienes eternos. Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza, sea en virtud del fin a que está referido, todo ello cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia. Pero las demás cosas, que el régimen civil y político, en cuanto tal, abraza y comprende, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

El mundo y sus peligros
76. En nuestra época ha crecido la necesidad de una más extensa y cuidadosa vigilancia, porque han aumentado las ocasiones de naufragio moral y religioso para la juventud inexperta, sobre todo por obra de una impía literatura obscena vendida a bajo precio y diabólicamente propagada por los espectáculos cinematográficos, que ofrecen a los espectadores sin distinción toda clase de representaciones, y últimamente también por las emisiones radiofónicas, que multiplican y facilitan toda clase de lecturas. Estos poderosísimos medios de divulgación, que, regidos por sanos principios, pueden ser de gran utilidad para la instrucción y educación, se subordinan, por desgracia, muchas veces al incentivo de las malas pasiones y a la codicia de las ganancias. San Agustín gemía y se lamentaba viendo la pasión que arrastraba también a los cristianos de su tiempo a los espectáculos del circo, y describe con un vivo dramatismo la perversión, felizmente pasajera, de su discípulo y amigo Alipio. ¡Cuántos jóvenes perdidos por los espectáculos y por los libros licenciosos de hoy día son llorados amargamente por sus padres y sus educadores!”

¿Cómo hemos podido llegar a esto? He dicho que la voluntad de Poder es el principal motor del clero, pero para que este motor funcione necesitan, y en esto son expertos, estimular la ambición de sus acólitos, los civiles, que por debilidad mental, identidad de conciencia y sentimiento autoritario del Poder estarán dispuestos a ponerse al servicio de la Jerarquía eclesiástica con tal de llegar al Poder civil. Siempre subordinado al religioso.

Aquí entra en juego la estrategia de Gallardón, hombre de convicciones integrales cristianas, de lo que presume hoy, pero que ocultaba en su pasado político. A quien acompaña, como acólito, el desconcertado, sonámbulo y moralmente degradado Wert, una sombra a la sombra de Gallardón y del palio clerical.

Gallardón no ha disimulado nunca su ambición personal de conquistar, algún día, en su propio nombre y para mayor gloria de dios, la Moncloa. Su ambición y su indisimulada e inagotable torpeza intelectual, simulada tras la pedantería de citar frases de memoria, frases de eruditos ajenos a él mismo, repetidas por él como por un papagayo, Gallardón se enfrentó con D. Federico, tensó sus ambiciones con las de Aguirre, se mostró frío ante Rajoy y esperó, como sabe esperar el clero, a que pasara el cadáver de su enemigo por delante de sus narices para ocupar su lugar. No en el cementerio sino en la poltrona del Poder.

Pero le salieron mal todas las cuentas. No tenía dónde agarrarse. Y cuando estaba perdido Rajoy, en venganza y aplicando el esquema franquista de dar cargos a quienes ya le estorbaban, lo remató nombrándole ministro de Justicia. Este cargo anunció el final de su vida política. Un desastre para un hombre tan ambicioso. Y atrapado en este laberinto, se le ocurrió que la única posibilidad que tenía de resucitar políticamente era aliándose con la Jerarquía católica. Con su apoyo pensó en que podría contar para conseguir sustituir a Rajoy cuando éste pierda, que perderá, el Poder.

Claro que la Jerarquía no hace nada gratuitamente y a cambio de su apoyo tenía, como Mussolini o como Franco, que conceder contrapartidas. Es aquí cuando Gallardón comenzó a aplicar la doctrina cristiana más rígidamente que cualquier cura de barrio. Tenía, tiene que demostrar a la Jerarquía católica que él es su candidato porque él, como dice la teoría católica del poder, estará siempre subordinado a la Jerarquía. Ha vendido su alma al diablo. Cavando su propia tumba porque los movimientos sociales no se van a dar por vencidos y permanecerán movilizados hasta conseguir que otras fuerzas políticas restablezcan la dignidad de la mujer, reconociendo el derecho de éstas a su propio yo. Rechazando todo paternalismo clerical, dogmático y autoritario.

Porque los homosexuales y lesbianas no renunciarán a sus derechos; por que los jóvenes no se someterán a castración a los 13 años; porque ningún ser humano, libre de patologías contra la libertad sexual, renunciará a los anticonceptivos; porque ni los jóvenes ni los padres con sentido de la libertad, de la igualdad de género y del progreso humano renunciarán a la coeducación…En fin, porque no estamos dispuestos a que una institución religiosa nos imponga lo que tenemos que hacer o pensar, ni aún metiéndonos una pareja de la guardia civil en la cama. Gallardón se ha echado a la mayor parte de la sociedad en contra. Ha perdido toda posibilidad de ser alternativa en el P.P. Señor Gallardón, usted al castrarse, se ha inmolado inútilmente. Porque la Iglesia, más vieja que usted, nunca paga a quien les sirve. Y si tiene alguna duda, pregúnteselo a D. Federico. La jerarquía, si algo sabe hacer, es lavarse las manos, después de utilizar en su exclusivo provecho, todos sus instrumentos humanos. Y si te he visto, no me acuerdo.

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