Agua con litines

Manuel Valero.- El alcohol cuando se socializa pierde el glamour de los grandes derrotados que rumian su carcoma en una taberna solitaria hablando con el camarero y se convierte en un despersonalizado abrevadero colectivo. La Literatura, el Cine y la Pintura nos ofrecen ejemplos de grandes bebedores, desde Poe, a Huston pasando por Toulousse-Lautrec, que luego de dar rienda suelta a ángeles y demonios se daban al morapio bajo ese aura bohemia que los convertía en respetables andrajos.
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El alcohol socializado con un margen de tolerancia bastante amplio, similar a la curda oficial de la Nochevieja, se convierte así en la sangre que anima la fiesta y cabriolea por todos los veneros de la masa lúdica desde el cogollo hasta el confín. No hay capilar que se salve, de modo que un abstemio en pleno fragor de los sanfermines o en el mismo corazón de La Pandorga, sobrevendrá en una suerte de: ¿qué hace un chico/a como tú en un sitio como éste?. Uno ha visto las riadas de jóvenes regresar del recinto ferial capitalino cuando fue desterrada allí la limoná de alta graduación, a la ciudad con las camisetas entintadas en vino, con el pañuelo de yerbas al cogote, fieles a una liturgia insoslayable.

Así es, de tal manera que si le quita usted el alpiste a congregaciones festivas de diversión masiva, una especie de Pandorga sin, ésta vendrá a ser como una reunión colegial con flores a María. El alcohol es imprescindible. Lo siento. Lo que ocurre es que uno no comulga con el alcohol macropandillero, ni siquiera ya con el alcohol de escritor y su incesante palique ante un camarero aburrido que no tiene el más mínimo interés por los interrogantes arcanos que erupta el bebedor solitario. Pero está ahí con una perseverancia de cemento. Hasta el punto de mostrar con petulancia de chulo que sin él no hay fiesta que valga. Desde las rehalas masivas de jóvenes dándole al caño con el fin de darle luego al coño si es que el caño no los deja desarbolados, hasta las citas románticas mediando una botella granreservada con comentario de sumiller, hasta el alcohol de la soledad tabernaria, el espíritu de las cosas como llamaba el poeta al licor, anda suelto por ahí, solemnizando en su aparente entropía el momento. Uno no defiende la cogorza ni tampoco la militante abstemia, cada cual es dueño de su gaznate, pero sí ha observado esa relación política entre alcohol y fiesta. Es la misma.  No es tanto como decir pónganse hasta el culo ni tampoco, chicos/as no beban una gota graduada.

Está el término aristotélico que funciona en casi todo menos en esto:aconsejar la moderación abrevante en circunstacias pandorguiles viene a ser como decirle a un niño que no se moje las botas katiuska: pura política de corrección. Mande el PP, el PSOE, IU, Podemos o Agamenón y su tabernero, la Pandorga será primero un gigantesco aprisco sobre el que lloverá vino a mansalva. Los muchachos de la izquierda a la izquierda de la izquierda podrán, porque podrían llegados al Poder, sustituir la Pandorga y su connotación mariana de recolección, por unas fiestas julianas con flores y otras hierbas pero de ahí a transmutar la juerga en una juerga sin, media un mundo: las fiestas a base de limonada fresca es cosa de cuáqueros, puritanos y de derechas. Lo cual es absurdo, esto último, digo.

Uno da fe en su dilatada carrera de exbebedor consumado que no consumido que el alpiste no tiene mas color que el del destilado que nos llevamos a la boca, o sea, todos los colores. La Pandorga asoma por el horizonte juliano y uno reconoce que esa fiesta ha puesto a Ciudad Real en el mapa de las grandes concentraciones etílicas, no estilísticas por tanto. No es un juicio moral sino estético. Puestos a elegir se prefiere el bebedor solitario o como máximo en pareja del mismo sexo, como la guardia civil,(bueno ya no, afortunadamente) que ahoga sus confidencias a medida que avanza la niebla.  El gran ganado, el mar de cabezas, el uniformado aspecto de empapamiento general (el unico atractivo es el pecho de las chicas erizados sobre las manchas), clonado e inidentificable exuda una estética vulgar y fungible. Lo mejor es beber para alimentarse, esto es, beber buen vino, que es donde se escancia la tontería suma de los señores expertos y enólogos varios: que el morapio no es una bebida alcohólica sino alimento saludable. Y una minda.

Corolario: Beban solo en privado ante una bella dama, y lo justo para el sumo cumplimiento. Lo demás filfa. Beber ha pasado de moda. El agua con litines va a llegar, dijo el autor. Feliz Pandorga.

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1 COMENTARIO

  1. El vino, como único elemento imprescindible en esta fiesta en la que cada uno, se divierte con él…por dentro y por fuera en muy distintas dosis. Al final da la sensación de que aquél anhelo de ser más cultos y civilizados, enseguida hizo «aguas» sin litines precisamente.

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