Iconografía del humo

Ángel RomeraHay quien por esos andurriales electrónicos me llama paternalista por querer que los chicos no fumen. Eso de paternalista suena… infantil. Que tampoco es que suene demasiado, porque infante significa etimológicamente «que no habla» o mudo. Digamos que pueril. Más quisiera ser uno juvenal y satírico. Pero vale, me ha pillado, no por lo que cree; algunas cosas me hacen no paternalista, sino nazi, y el tabaco es una de ellas (con la gente que habla en el cine), por lo que bromeo con lo que sigue (alguno ni apercibe los sarcasmos, cuanto más los exorcismos).

Quiero que se construyan campos de exterminio para los fumadores no porque los odie, sino porque deseo su pureza y coherencia pues, ya que quieren irse a morir y saludan (con señales de indio), que los reduzcan a ceniza y humo es lo lógico. Primeros los que pidan por último deseo un cigarrillo: cámara de atufamiento y luego horno crematorio. Porque hay gente cuyo único propósito es apestar y dar cáncer; son una raza subhumana. Pues que los fume la chimenea o se vayan a la Siberia exterior, a las riberas plutónicas de la noche, que decía Edgar Alan, que era un bebedor, no un fumeta. ¿No se pueden agenciar un vicio menos estúpido que nicotinarse, como cafear o hacer epistolografías lisérgicas con sello? El tabaco es el único (vicio) que puede desaparecer, tan rematadamente idiota es. ¿Es vicio lo que no da placer? Wilde: «Todas las virtudes son inútiles sin la esencial del encanto»; pero los echadores de humo parecen haber leído otro pasaje suyo: «Lo único que no puedo resistir es la tentación». En toda familia hay más gente que ha muerto por tabaco que por cáncer o corazón; peor: el tabaco causa cáncer y problemas pulmonares que derivan en cardiacos. En mi familia, al menos, hay más muertos por tabaco que por la Guerra Civil o por una mala programación de software genético; y fumar es peor en número de inhumaciones. Tiene algo de manzana bíblica: es el mal absoluto, como la lista de Schindler era «el bien absoluto». Debían legalizar la Inquisición para perseguir al fumeta. Que sustituyan ese vicio, es más, que legalicen el circo romano, pero con fumadores, no con cristianos. Si es que los leones quieren comerse algo tan mal ahumado.

Mi padre, un consumido consumidor de humo, me pilló una vez fumando, esto es, queriendo ser como mi padre o a su divina imagen y semejanza. Envuelto en nubes, como el majestuoso Alá en el Corán, no me reconvino, no robó el rayo de la mano de Júpiter, como Franklin, no dijo sino: «¡Qué malo es fumar!» y se largó. Con eso no me abrió los ojos como el esclavo a Edipo (quien luego se los arrancó), pero casi. Pasé entonces a mascar tabaco, porque en La isla del tesoro los piratas lo hacían e ignoraba por qué; como todos los que han pasado una psicótica infancia, era un experimental. Cogí uno de esos puros de boda sobrantes que se guardan para atufar en ocasión nunca advenida, lo deslié y empecé a mascar la hoja con fervor digno del mejor canónigo. Su sabor ácido me hizo devolver el desayuno sin envoltorio de lacito rojo o papel cebolla. Y averigüé que los marinos mascan tabaco para acostumbrarse al mareo y a no debilitarse esparciendo nutrientes sobre la refregada cubierta. La única justificación que puede salvar al tabaco es el arte de enrollar volutas y formas del humo. Por eso le digo a cualquiera que lo sufra: ¿quiéres saber lo malo que es el tabaco? Máscate un puro.

Desgastarme con malos humos y humores me producía dolor de cabeza, tos, insomnio, harapos de neblina tendidos en el dormitorio. Al incrustarme en el seat amarillo de mi padre, lo primero que notaba era el olor de la nicotina rancia adherido a la tapicería, algo que ni la más obstinada Nanas podría desollar. Te extraía la basca del petróleo biliar desde el estómago a la uvulilla. No ayudaba, tampoco, el malsano recital de casete flamenco de Juanito Valderrama y José Marchena al alimón, entre otros; acabé por cogerle una tirria terrible a fumetas y cantares. Aunque sacara una erudición asqueabunda e impar al jondo cante llena de sufrimiento y ayes: hoy solo soporto el cachijondo de Emilio el Moro, cuyos inencontrables casetes tientan a todo coleccionista de mugre del setenta. Puaj.

Mi tabaco más lesivo, gracias, era el malo: mecánico, celtas, ducados. Pero el más peligroso para mí era el suave mentolado; cuando exploré lo buenos que estaban, presentí con horror que podía quedarme enganchado y lo dejé del todo, que es la única manera de dejar. Ahora solo cafeo y, más que amar al padre, lo mato cotidianamente en forma de rey Edipo y todo eso. Las migas debían hacerlas con tropezones de político malsano. Porque los políticos nos desmigajan y queman a nosotros.

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Ángel Romera

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1 COMENTARIO

  1. «Las migas debían hacerlas con tropezones de político malsano». Quillo, qué fatiguita ma dao escuschá eso por dió….con lo ricas que están unas buenas migas manchegas.

    Imagina darle un bocao a un torreznillo de Cospedal…se me vuelve el estómago del revés…Aunque a saber…lo mismo te sorbe «toa» la grasa y te deja hecho un pincel…que esta por quitarnos, nos quita hasta las lorzas…

    Feliz 2015 lleno de libertad de expresión, a pesar de los pesares…

    y, sin tabaco, of course.

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