Puertollano: Crónica de la ruta senderista por las Hoces del Río Júcar, entre Jorquera y Alcalá del Júcar

Manuel Mohedano Herrero. Ecologistas en Acción-Valle de Alcudia.- Ecologistas en Acción-Valle de Alcudia realizó el pasado 1 de febrero una ruta senderista en la Manchuela albaceteña, entre las localidades de Jorquera y Alcalá del Júcar, que reunió a 50 personas.
Redactores Ciudadanos
Hemos querido comenzar las rutas senderistas de este año 2.015 con una que fuera especialmente atractiva para los amigos que habitualmente nos acompañan en nuestros paseos por campos y ciudades y, a juzgar por los resultados obtenidos, creo que hemos acertado en la ruta elegida, a pesar de que para realizarla teníamos que “disfrutar” de un traslado en autobús de algo más de tres horas. A este inconveniente había que añadir que, motivado por ese trayecto previo mayor de lo habitual, tuvimos que adelantar la hora acostumbrada de nuestra salida y retrasar la de llegada; además, la previsión del tiempo auguraba una jornada especialmente fresquita y animada por unos vientos que soplaban con una intensidad algo más que moderada.

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Estas circunstancias no hicieron mella en nuestros amigos senderistas y los comentarios e impresiones tras el paseo por las hoces del Río Júcar y las localidades del trayecto, especialmente Alcalá del Júcar, nos convencieron de que habíamos elegido la ruta adecuada. Ruta que, de justicia es reconocerlo, nuestro buen amigo Pedro nos había puesto sobre su pista y sobre las bondades que escondía, e incluso tuvo la amabilidad de acompañarnos en la primera visita que, como a todas las rutas que organizamos, hicimos previamente al lugar.

Antes de comenzar la ruta, hicimos la parada justa para desentumecer las piernas, desayunar y saludar y cambiar impresiones con los amigos, tanto los habituales como los que se nos unían por primera vez. Reconfortados cuerpo y ánimo, reemprendemos el viaje y, a poco de abandonar la pequeña localidad de Casas de Juan Núñez, la carretera comienza a descender y nosotros a recibir las impresiones que nos acompañarán a lo largo de toda la jornada: por un lado la aparatosa visión de la localidad de Jorquera, majestuosamente construida en lo alto de un cerro totalmente rodeado por un meandro del río Júcar, ayudado por su afluente el arroyo Abengibre, y al otro lado los impresionantes cortados que forma el río y que llegan a medir hasta 200 metros de altitud (según nos cuentan fuentes fidedignas, no era cuestión de ponerse a medirlos en ese momento).

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Bajamos del autobús a la entrada del pueblo y nos preparamos para comenzar la ruta, animados por las impresiones recibidas durante el trayecto de dos o tres kilómetros, desde que avistamos el pueblo hasta que el autobús nos deja en el mismo. Lo atravesamos y comenzamos a descender el cerro hasta el arroyo que, poco antes de unirse al río Júcar, señala el comienzo de la verdadera ruta por los cañones que el río ha formado a lo largo de millones de años, al abrirse paso entre el enorme depósito de rocas calizas, yesos, arcillas y margas que conforman La Manchuela, y cuyos impresionantes cortados nos acompañarán a lo largo de los casi dieciséis kilómetros del trayecto. Tomamos el histórico “camino de las huertas” que, como su nombre indica, comunica estas pequeñas localidades con las huertas construidas en el escaso terreno que queda entre el lecho del río y los acantilados que lo bordean, a cuyo pie no dejamos de observar desprendimientos de grandes bloques de piedra, ocasionados por la erosión de las paredes rocosas. También observamos cuevas, abrigos y corrales construidos y aprovechados por los aldeanos para guardar sus enseres y su ganado, e incluso como viviendas. El río apenas es visible, oculto en un denso bosque de galería: sauces, álamos, fresnos, tarayes, adelfas, nogales, chopos, higueras, cañas, zarzas…

El camino se convierte en senda en un corto trayecto y nos permite observar una gran roca de formas muy llamativas y distintas de las de su entorno: es una toba calcárea, formada por la precipitación de partículas de roca caliza sobre los vegetales, de ahí sus extrañas formas. De nuevo en ruta, seguimos hacia la aldea de La Recueja, pero antes de llegar a ella, el camino se encuentra cortado por un enorme desprendimiento de rocas (ocurrido la noche anterior, según nos informa un vecino), por lo que tenemos que sortearlo por el terreno de una de las huertas. Un grupo de cabras montesas nos saluda en la lejanía.

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Breve descanso en este pueblo de ribera, junto a un ensanche del río, y continuamos ruta hacia Alcalá del Júcar. De nuevo el camino al pie de los acantilados rocosos, con visibles desprendimientos, y varias ramblas. Aprovechamos una de las ocasionales presencias del sol y, al abrigo de las paredes de una antigua hacienda paramos para dar buena cuenta de los alimentos que transportamos en las mochilas, a fin de “aligerarlas de peso”. Tras este nuevo descanso, reanudamos la marcha junto al río y su vegetación de ribera, en la que incluso podemos contemplar unos ejemplares de bambú. En las laderas expuestas a la solana, hay matorrales escasos y dispersos, dominando el esparto, el romero, la aliaga… Siguen las cuevas y abrigos, señales de la intensa utilización por el hombre de estas paredes, hasta llegar a las llamadas Cuevas de Garadén, asentamiento árabe en medio de uno de estos acantilados y que, al parecer, estuvieron fortificadas. Un poco más adelante, se comienzan a divisar las primeras casas que anuncian la proximidad de Alcalá del Júcar, en la que entramos a la altura del puente romano, muy reconstruido tras ser arrasado por varias riadas.

Como aún quedaban ganas de conocer estos parajes, decidimos subir el empinado cerro en el que se asienta la localidad para visitar el castillo y gozar de los impresionantes paisajes que desde allí se contemplan: el castillo, de origen almohade pero reconstruido casi en su totalidad, presenta una torre con tres alturas en su interior y restos de la muralla en el exterior. Al descender por las calles del pueblo, tras la visita al castillo, paramos a conocer las famosas Cuevas del Diablo, que atraviesan de un lado al otro el cerro-acantilado que sostiene las casas del pueblo, alcanzando una longitud de 170 metros, y acondicionadas para las visitas turísticas. Esto puso fin a una larga jornada de senderismo y convivencia.

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