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El prodigioso caso de Aquilino Valderas (2)

- 13 julio, 2015 – 09:00Sin comentarios

Manuel Valero.- La lectura de los folios de Aquilino Valderas me llevó un buen rato nocturno. Salí al balcón un par de veces a dar cuenta de un whisky suave. Veía el resplandor de las llamas de San Juan a lo lejos. El titilar de las sombras le daba un aspecto siniestro a la ciudad.
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Ese año una asociación de vecinos había propuesto honrar al evangelista con una fogata descomunal, y entre las llamas, los bomberos que andaban a la guardia y la intermitencia morada de los coches policiales, uno se imaginaba que algo insólito estaba ocurriendo. Pero era una lumbre, una vulgar lumbre aderezada con los tintes mágicos de los fuegos rituales. El prodigio lo tenía yo en mi casa escrito en unos folios que en esos momentos reposaban desperdigados por el sofá que suele soportar mis ensopamientos veraniegos. Pero aún no les cuento nada, porque ando chapaleando en la duda de ser yo mismo quienes les relate el caso de Aquilino Valderas o mostrales la narración de los hechos tal y como él, los dejó escritos. Pero antes les advierto de algo también extraño en el asunto, la gente creía que Aquilino tenía entre sus ocupaciones de sabueso un caso más de vigilancia sentimental o el seguimiento de algún muchacho o muchacha cuyo comportamiento hacía sospechar a sus padres que los mocitos andaban en compañas poco recomendables. Pero no era así. Aquilino estaba husmeando otra cosa, mucho más desconcertante e increíble que apenas había roto los círculos del secretismo oficial. De hecho fue el representante del Gobierno quien había solicitado sus servicios por orden del Ministerio del Interior, como primera andanada para cerrar la cosa sin desplegar más operativos. Cuando el representante del Gobierno recibió la llamada de Interior –escribe Aquilino en su personal informe- aquel le dijo al pez gordo.

-No se preocupe, señor. Tenemos aquí un figura que es capaz de descubrir lo que piensa la misma esfinge de Egipto.

-Estupendo, ¿de quién se trata?

-De Aquilino Valderas…

-¿Aquilino Valderas? ¿El cegato? ¿Está usted loco?

-Sepa señor, que eso fue lo que pensé yo al conocerle, pero después de unos años de paisanaje le aseguro que es el mejor. Además no me parece apropiado su prejuicio, y otro, además: Aquiilino ve mejor que usted y que yo. ¿Cómo lo hace? Bueno, ¿acaso eso importa? ¿Y como lo sabe? ¿Acaso lo conoce?

-Casi me derriba durante una fiesta oficial. Lancé mi copa contra las severas protuberancias de la esposa de un cónsul.

-¿La esposa del consul de San Marino?

-Exactamente

-Estaba trabajando, señor. Fue detenida como jefa de una banda de ladrones de joyas de alto standing. ¿Lo recuerda? Le siguió la pista a uno de sus compinches que vino a cazar a la provincia. en este provincia los ricos no vienen a invertir, vienen a matar ciervos.

-Está bien. Les doy dos semanas de plazo. Si el asunto no está resuelto actuaremos como es debido. Adiós.

Pero el caso se resolvió en apenas diez días porque Aquilino, era mucho Aquilino. Dicen que los servicios secretos de las primeras potencias del mundo le pedían consejo sobre las más diversas cuestiones y que una vez lo llamó el mismísimo presidente de Corea del Norte para que lo instruyera en la localización de un topo al servicio del tío Obama.

-LO que tiene que hacer es atarse al cuello un bloque de cemento y lanzarse a las fosas marianas sin paracaídas- y colgó. Cierto o no, así lo cuenta el mismo Aquilino , de quien siempre se ha dicho que solía adornar sus hazañas con su imaginación portentosa. Que lo hiciera realmente no lo sé, que fuera capaz de hacerlo, sí.

A la mañana siguiente mientras me apretaba un buen desayuno, lo llamé al móvil, pero me saltó el contestador. Le dije que me llamara para un par de preguntas, o dos cientos de pares, pero no me llamó. Le puse un whassap y tampoco recibí contestación. A lo largo del día intenté comunicarme con él pero sin éxito. Hasta que al filo de la medianoche me llamó para decírmelo.

-Estoy al lado de Wally, es decir, perdido para el mundo pero muy hallado por mí, mismamente, y con un tal Curro, un tipo que dice se hizo famoso haciendo anuncios para la tele en los noventa. Te llamo desde un teléfono móvil que le birlé a un cliente en una cafetería y que dentro de poco reposará en el fondo del mar.

-Pero…

-Adiós, amigo. Si eso ya te llamo yo. Bye

Ni una palabra en aquella conversación de su verdadera acompañante, la abogada de marras. Así que mi situación era la siguiente: tenía en mi poder una historia asombrosa, el detective que descubrió el caso y la escribió en algún lugar del mundo y mientras tanto esperando con ansiedad que llegara el primero de julio. Tal vez la rotativa no diera abasto durante las entregas. Pero otro días les sigo contando.

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