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El prodigioso caso de Aquilino Valderas (4)

- 15 julio, 2015 – 11:58Sin comentarios

Manuel Valero.- “Tesifonte Buitrago, aspirante ese año a pandorgo de la pandorguería era en realidad un respetable paisano que trabajaba de espía comercial para la compañía El Pisto, filial de la cadena francesa Le coq foul.
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Un año antes, debido a su popularidad se postuló para representar tan alta magistratura costumbrista con el ánimo de arrancarle a su predecesor la verdadera fórmula-receta de un asadillo cuyas propiedades eran un cúmulo de prodigios: detenia la alopecia y hacia regresar la cabeza del comensal a tiempos adolescentes, daba una potencia sexual a prueba de gravedad, producía un adelgazamiento increíble a las dos semanas de ingesta y, sobre todo, era un antídoto contra el tiempo. Al cuarto frasco la persona que se hubiera mantenido a base del asadillo mágico ofrecía un aspecto a lo Dorian Grey, tan porcelanoso, juvenil, y casi púber como el personaje de Oscar Wilde. Su inventor Emilio Cuajarón lo había probado en sí mismo, en su mujer y en sus dos queridas con un resultado sorprendente. Asi que estaba dispuesto a patentarlo y a fabricarlo con el apoyo técnico y logístico de una quesería propiedad de un primo suyo que se hallaba al borde mismo de la quiebra. Pero los mandamases de Le coq foul y su filial española El Pisto querían adelantarse a la fabricación de aquel insólito alimento. Por esa razón pidieron a Tesifonte Buitrago que se hiciera con la fórmula-receta secreta, a cambio de una cuenta corriente en Suiza, cuyo numero era justamente el posteior al de un tal Bárcenas. De acabar en manos de los gabachos la industria agroalimentaria autóctona sufriría un serio revés así como la economía nacional, pues bien distribuido y publicitado no habría hogar de España y del mundo todo, incluso en Grecia, que no dispusiera en su alacena del citado asadillo, que sería arrebatado de las estanterías de los hipermercados tanto por señoras como señores…”

Esto lo tenia escrito nuestro hombre en sus folios. Ya saben un poco más, pero se lo resumo para que no se pierdan que incluso yo me pierdo con tanto laberinto: un pandorgo había descubierto un asadillo prodigioso con cuya explotación quería hacerse muy rico y que otro señor que se postulaba para pandorgo, los pandorgos siempre han sido muy democráticos, quería para sí y su cliente, la firma francesa ésa. La cosa llegó a oídos del Gobierno que por ningún motivo quería que el deseado asadillo acabara marcado en los frascos en el idioma de Voltaire. Así que encargaron a Aquilino Valderas a dar con el espía y tratar de que la receta no escapara de las fronteras del terruño.

Aquilino Valderas que era muy fino y tenia los sentidos, todos menos el de la vista y el del ridículo, muy desarrollados dedujo que quien estuviera interesado en los pimientos maravillosos tendría que ser alguien cercano al círculo de recios labradores de leyenda. Y sobre todo con alguien muy cercano a Emilio Cuajarón. Así que optó por tantear a los cuatro con los que hacía parranda, entre ellos Tesifonte Buitrago, que no era tal pero quería serlo. Llegó incluso a un descubrimiento colateral inaudito. Y fue que una noche se fue de parranda con uno de ellos, y cuando éste lo invitó a su casa a seguir la farra, se le cuadró en pelotas vivas y le rebeló su verdadera identidad: era Sinforosa García, una mujer de recia hechura que le imploró un revolcón de urgencia para rematar la faena. Nuestro hombre pensó que alucinaba o que le habían echado asadillo loco en el vino pero al oir a aquella mole femenina, de curvas adiposas, ya liberada de una peluca de hombre y de un afanoso maquillaje, y al verla tal cual en su visión interior, luego de una deducción vertiginosa, se puso en posición de defensa acompañada de una exclamación muy de la casa, tras el bastón de ciego que era a la sazón una garrota de moler vértebras . “Ostias, Pedrín”. Como la señora pandorga se viera de repente descubierta le rogó allí mismo, de rodillas y llorosa, que no rebelase su secreto. Y eso hizo, pues nuestro sabueso era un caballero con las damas, incluso con aquella. Y ya estamos metidos en faena…

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