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Periodismo

- 17 julio, 2015 – 08:50Sin comentarios

José Antonio Casado.- Recibí recientemente una comunicación del banco en torno a mi plan de prensiones. Después de leer atentamente el folio y medio de la misiva vine a concluir que estaba a punto de caducar y que, de no decir nada, pasaría a otra modalidad. Me perdí en los recovecos de la carta, en sus términos jurídicos y financieros.
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E inmediatamente comprendí cómo las pasarían los afectados por las hipotecas cuando tuvieron que leer diez, quince folios en letra pequeña de los que difícilmente podían entender de la media la mitad.

Coincidió esta circunstancia con la convención del Partido Popular en la que el presidente de Gobierno le dio vueltas a la participación directa de los militantes en la elección de sus representantes y usó todos los circunloquios posibles con tal de evitar el término primarias, que es el que todos los españoles comprendemos de inmediato. Y también recordé de inmediato que apenas llegados al poder, los populares empezaron a hablar de emprendedores para referirse a los empresarios y que, a lo largo de la legislatura, han jugado con el significado de las palabras hasta límites insoportables.

Sin-periodismo-no-hay-democraciaSon dos botones de muestra de cómo el poder, económico en el primer caso y político en el segundo, intenta adueñarse del lenguaje para usarlo a su antojo, como si el diccionario y la gramática fueran de ellos y a los ciudadanos no les quedara otro remedio que decir amén.

El mal viene de lejos. En la antigua Grecia, cuando llegó a Atenas la democracia, hubo una serie de espabilados que se formaban en el arte de decir lo mismo y su contrario sin sonrojarse lo más mínimo; había gente que hasta les pagaba para que sacaran adelante sus pleitos contra tirios y troyanos. Sócrates, el filósofo que caminaba por Atenas y se paraba a hablar con los vecinos para hacerles razonar, se enfrentó a ellos y a la postre, con artimañas, le sentenciaron a muerte. Los sofistas y adláteres encubrieron su mal proceder diciendo que corrompía a la juventud y que era un descreído.

No solo los políticos y el poder juegan con el lenguaje. A veces lo hacen también los científicos. Es proverbial la oscuridad de los médicos a la hora de hacer diagnósticos y de rellenar recetas; tenían que ser tan oscuras que solamente el farmacéutico y el cura pudieran interpretarlas. Si acaso también el maestro, no fueran a perder el estatus que tenían en el pueblo.

Bien es verdad que para que la ciencia avance tiene que usar un lenguaje preciso que no está las más de las veces al alcance del ciudadano; y también que la oscuridad se ha cultivado a lo largo de los siglos para conservar el poder; pero, sin ánimo de frivolizar, desde el siglo pasado y especialmente en éste hay divulgadores científicos de altura que están seguros de que no existe concepto alguno, ni arcano, ni formula algebraica compleja que no se pueda expresar con palabras llanas.

La trampa, la posible trampa que está detrás de tanto desaguisado, consiste en que la filosofía tradicional ha distinguido entre pensamiento – un discurso no dicho que estaría en el fondo de cerebro, acaso en el alma- y palabra. Cuando la palabra no refleja la idea y esta a su vez no se ajusta a la realidad, se mete por medio la mentira o, sin llegar a tanto, la falacia, las medias verdades y el engaño.

Para tratar de salir del atolladero – un atolladero que tiene milenios – en el siglo pasado los lingüistas de la escuela de Saussure y los representantes de Círculo de Viena cortaron por lo sano y, cada uno desde una perspectiva distinta, empezaron a sostener que no hay otro pensamiento que no sea el lenguaje. En el lenguaje y en su actualización, la lengua, está todo nuestro ser racional. (Pueden consultar al Russel de los “Principia” que es algo más fácil que el Wittgenstein del “Tractatus”).

Se preguntarán que por qué a partir de unas anécdotas tan sencillas como las que encabezan esta columna me he ido poniendo trascendente, y la razón no es otra que para abogar por el uso del lenguaje común; ese que nos pertenece a todos, que no es privativo ni de los políticos, ni de los sofistas, ni de de los científicos, ni de los filósofos. El lenguaje común es el acervo más rico que tenemos los ciudadanos y es, a la par, el instrumento para desenmascarar y desmontar a quienes cultivan el oscurantismo o la opacidad para engañarnos.

No es de extrañar que el mejor modo de comprender la corrupción y el vicio del ladrillo en España sea leer dos o tres novelas de Rafael Chirbes; o “Lluvia amarilla” de Llamazares para entender algo sobre el éxodo rural; o algunas narraciones de Manuel Valero para entrar en el alma de Puertollano. No es tampoco de extrañar que Ortega Y Gasset defendiendo el lenguaje claro dijera que la sencillez es la cortesía del filósofo.

En esa línea defiendo, porque miles de periodistas como yo lo han practicado día a día durante toda su vida, que traducir a lenguaje común lo que dicen los poderes de todo tipo es el mejor modo de desmontar sus pretensiones y de comprender la realidad. Periodismo.

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