Próspero Mérimée en La Mancha

Ángel Romera«No se hace nada en España si no se pone uno mismo manos a la obra». El autor de tan pertinente observación es un escritor francés, Prosper Mérimée, famoso autor de Carmen y Colomba, entre otras maravillosas novelitas, y la hizo en una carta de 1859. Lo primero suyo que leí fue en mi psicótica juventud, cuando empezaba la Movida, en 1981, a través de una edición rústica o fungible de la editorial Bruguera de sus Cartas de España (1830-1831) bastante bien hecha y con un buen prólogo de George Steiner.
Años más tarde, en 1988, la benemérita casa Aguilar sacó otra más completa en tapa dura que incluye cientos de epístolas inéditas más. Leí esta versión cuando ya decaía la Movida y señalé con orejas no pocos pasajes interesantes; hoy que la he vuelto a extraer de un atiborrado estante, demasiado impaciente ya como para releérmela entera, inspecciono esos pasajes y reparo en algo que había olvidado ya por completo: el ilustre escritor francés hizo un corto viaje por La Mancha de la mano de su amiga y emperatriz de los franceses, la condesa Eugenia de Montijo. Merimée era un hispanófilo de verdad; no menos de siete viajes hizo a nuestro país.

El pasaje probatorio se encuentra en la página 318, en una carta a la Señora de Rochejaquelein (Madrid, 7 de noviembre de 1859). Tras un banal comienzo (la moda de los chales de cachemira ha sustituido a la de los de vicuña que promueve la Condesa) la carta se vuelve algo lúgubre contra el natural travieso y jocoso del autor y, por fin, comenta:

No sé si le he contado nuestra excursión a La Mancha, a dos o tres leguas de El Toboso, para ver un viejo castillo de la Emperatriz. Encontré tres señoritas bastante graciosas que nunca habían visto Madrid y bailaban seguidillas manchegas moviendo los brazos como se bailaba probablemente en tiempos de Felipe II. Pasé cuatro días en plena Edad Media. Desgraciadamente, tuvimos el cielo nublado y hacía frío; tuve dolores de estómago todas las noches, además de un tremendo catarro. Conocí a un canónigo bastante instruido y bastante amable, y comí treinta y cinco clases de mermeladas y de pasteles hechos por monjas que están bajo la protección de la Condesa. El entusiasmo guerrero sigue creciendo; abundan los voluntarios, y los grandes señores hacen donativos patrióticos como no se hacen ya en nuestro país. […] El Tajo tiene su «ceja«, es decir, una nubecita blanca que es mala señal.

Tiene que ser ese castillo el de Belmonte (Cuenca), pues está más o menos a esa distancia; eso concuerda con que su amiga Eugenia de Montijo lo restaurara más o menos por entonces; en la actualidad luce esplendoroso y no me extraña que despertara las fantasías medievales de Merimée: podéis verlo en esta foto.

castillo-belmonteHabría que echarle ganas para averiguar el nombre del ilustrado canónigo y el del dulce convento, pero lo de que las jovencitas se pusieran a bailar seguidillas cuando visitaba un personaje ilustre era algo bastante común en la España antigua y por extensión en La Mancha, como sabemos quienes hemos editado libros de viajes a la región (el del ilustrado Viera y Clavijo, en mi caso). No es diferente de lo que hacen hoy en día los vascos obligándote a presenciar un aurresku bajo el menor pretexto; es que todavía no han salido del siglo XIX (y no me hago tampoco excesivas ilusiones de los manchegos, porque por estos pagos, librados a duras penas de los coros y danzas del régimen, todavía nos matirizan con Mazantini, M.ª José Melero y qué sé yo cuántos eruditos de la pierna más). Por cierto, la alusión al ardor guerrero se debe a que entonces se preparaba un primer intento (cruzada, dirían los moros) para colonizar (civilizar, diríamos nosotros) Marruecos. No soy un fan del relativismo cultural, pero hay que reconocer que, si los aztecas descorazonaban sus enemigos para que el sol saliera todos los días, Felipe II hacía lo mismo con los judíos para que no se pusiese en su dilatado imperio, solo que los quemaba.

Hoy se considera al francés como el prototipo del turista quejica y echan pestes de ellos en todos los hoteles del mundo, pero Prosper Mérimée fue todo un caballero; siempre simpatizó con nuestros antepasados, y especialmente con nuestras antepasadas, todo hay que decirlo: en sus cartas hay puntual relación de sus visitas a los burdeles de Antolina y la Tartaja en Madrid en compañía del arabista y escritor de costumbres Serafín Estébanez Calderón. Un párrafo de una carta dirigida a este es bien expresivo al respecto:

Créame, mi querido amigo, que salí de Madrid con el corazón encogido. Nunca se vive impunemente tan largo tiempo entre buenos amigos. He encontrado la bella Francia más fea que de ordinario, y estoy sorprendido por la bajeza general. Recuerdo con amargura los encantos tan voluminosos y tan consistentes de Maruja y de Teresa y de tantas otras. Pero ¿qué hacer? Deme noticias de Violante y dele recuerdos afectuosos de mi parte. Si ella sabe algo de Maruja, dígamelo. Debería traerme usted a esa moza en el mes de abril próximo y no echármela a perder en el camino. […] P. D. No olvide informarme sobre Maruja. ¿Sigue estando en el pasaje de Murga?

También en otras cuestiones siempre salen ganando las clases populares españolas en sus comparaciones. Escribe, por ejemplo:

El pueblo no rechaza a los presos, como hace en Francia. Porque en Francia todo hombre que ha estado en galeras es porque ha robado o ha hecho una cosa peor; en España, por el contrario, personas honradísimas han sido condenadas en diferentes épocas a pasar allí su vida por no haber tenido iguales opiniones que sus gobernantes.

En eso coincide con Richard Ford, el hispanófilo inglés contemporáneo, a quien sin duda había leído, pues hace su mismo elogio del pueblo llano español:

Es de carácter singular e inteligente, con gracia, lleno de imaginación, y las clases más altas me parecen por debajo de los clientes de los cafetines […] Me parece que un zapatero español puede servir para las funciones más elevadas mientras un grande puede como mucho ser un buen torero.

Es opinión corriente y moliente entre los extranjeros que pisan nuestro suelo la inferioridad y mediocridad de la clase alta de España y la mala suerte que padece el pueblo que la aguanta con proverbial senequismo, un pueblo bastante mejor que ella a su juicio; la he encontrado también en La Biblia en España de George Borrow, que es en realidad un entretenidísimo libro de aventuras en forma autobiográfica, real y anovelado en parte; me lo leí como especialista en heterodoxos protestantes españoles, en la elegante traducción de Azaña. Por demás, el epistolario de don Próspero, hombre culto y políglota, rebosa esprit y mundanidad; en forma semejante a la de los humanistas, que vertían en latín las obscenidades cuando traducían literatura griega, emplea él el caló en las suyas (que harían sonrojar a un alabardero o cabo de gastadores, hoy diríamos a un legionario), y pone en ruso no ya sus líos de faldas, sino los chismes indecorosos que le cuentan sus amigos españoles sobre los amantes de Isabel I y el elevado estipendio con que recompensaba su prostitución, ya que era fea, beata y tonta con ganas. Sobre uno de ellos, el famoso «pollo Arana», aunque no tuvo la trascendencia del ingeniero Puig Moltó, uno de los padres, si no el que más, de Alfonso XII, copio el más largo traducido en la citada edición, ya más que rara; es una carta a la Señora de Lagrené (Carabanchel, 13 de septiembre de 1853):

La Reina ama a un tal Arana. El padre de este era muy conocido por el marido de usted. Le gusta mucho el dinero y pidió a la reina que le diera 50.000 pesos. Esta reunió el dinero con grandes dificultades, pero el Rey, introduciéndose en la habitación de su esposa, cogió 24.000 pesos sin que ella supiera; el joven Arana conoce muy bien la aritmética y se enfadó.

Pasando ya al francés, continúa don Próspero: «Se produjo la escena que usted puede figurarse. Adivinó la señora quién era el autor del atentado, lo registró y lo colmó de injurias. Eso es todo lo que el mundo cuenta aquí y lo cree como si fuera el evangelio». He corregido los molestos leísmos y alguna palabra de la traducción; evidentemente, el primo y rey consorte Francisco de Asís no aparentaba solo ser una nenaza, sino que lo era.

Ya no se acercó don Próspero a tierras manchegas sino literariamente; hay un brevísimo cuento suyo, La perla de Toledo (1829), que se sitúa en ellas. Escrito con veintisiete años, es una joya de concisión: en apenas dos páginas narra con perfecta economía el duelo entre Tuzani, caballero árabe, y don Gutierre, cristiano, por una hermosa toledana; Don Gutierre mata a Tuzani y desfigura con su cuchillo la cara de la diosa de marras, Aurora de Vargas, ya que esta no quiere amores de nadie, ni siquiera del caballero que se ha batido por ella; un poco como en la más famosa y posterior Carmen (1845), aunque en esta se va más lejos y la matan. Para mí que el carácter resuelto e independiente tanto de la manchega como de la cigarrera gitana está inspirado en el de la pastora Marcela de Cervantes, primer personaje feminista de nuestras letras si nos olvidamos de Areusa, la inolvidable cortesana de La Celestina. Por entonces Merimée había leído con pasíón a Pedro Calderón de la Barca (su Teatro de Clara Gazul, colección de cortas piezas históricas –saynètes, los llama él- ambientadas en España) está lleno de citas del gran dramaturgo, y se nota; el honor calderoniano y las vendette corsas como la que pintó enColomba andan por medio.

En una segunda obra vuelven a asomar las tierras manchegas: se trata de su erudita Histoire de don Pèdre Ier, roi de Castille (1848). El personaje del Cruel / Justiciero fascinaba mucho a los románticos europeos desde que nuestro bilingüe Telesforo de Trueba, que escribía el inglés tan bien como el castellano, divulgase su leyenda en los tres volúmenes de su The Castilian (1830) y en otras obras suyas, leídísimas entonces por toda Europa.

Sin embargo, el tópico lector manchego de paisajes manchegos (cuanto nos gusta mirarnos el ombligo) aparecerá descorazonado por su descripción del fratricidio de Montiel. A Mérimée le interesan más los personajes, los hechos, las ideas. Eso de los paisajes… mejor dejárselos a la pintura, ¿no? Los ignorantes que quieran idealizar al avieso don Pedro deberán saber que este era también un fratricida antes de llegar a Montiel: había asesinado ya en Sevilla a su hermanastro bastardo don Fadrique Alfonso, hermano gemelo de quien sería su vengador, don Enrique; que lo matara el usurpador fue, en cierto modo, una especie de justicia poética. Así que algo cruel sí que era, a pesar de los desprecios que tuvo que soportar de la numerosa parentela alnada que le dejó el pichafloja de su padre, Alfonso onceno.

Pero también es cierto que don Pedro fue bastante justiciero en otras cosas; fue el último rey de las tres religiones (Sem Tob le dedicó su poema y fue amigo del Samuel Leví, el constructor y patrono de la sinagoga de Toledo… antes de que lo mandara ejecutar por un quítame allá estas gabelas) y protegió a su pueblo contra los nobles, en su mayoría racistas por eso de la hidalguía o, como diría un pepero, por eso de los huevos (más o menos como los estatutos de limpieza de sangre posteriores y los estatutos de autonomía vasca y catalana hoy): mandó confeccionar un Libro de behetrías para que esta forma de gobierno de hombres libres pudiese defenderse con más facilidad de quienes en las Cortes querían imponerles la forma de gobierno del señorío.

Mérimée recurre principalmente a dos fuentes medievales para tratar este magnicido, una francesa, Froissart, y otra española, el canciller Ayala, aunque en otros lugares cita también a nuestro barroco y manchego Francisco de Rades, cronista de la Orden de Calatrava. El relato es vivo y elegante, pero, como es lógico, se centra más en la perspectiva del mercenario francés Bertrand du Guesclin y de Froissart que en la de Ayala, cuyas Crónicas vino a España a leer directamente para documentarse. Cree legendaria la famosa frase de Du Guesclin: «Je ne fais ni ne défais des rois, mais je sers mon seigneur» pero, aunque afirma que Froissart tiene la muerte de don Pedro como fortuita, halla razones para creer que don Enrique quiso hacerlo y lo hizo; más discutible me parece que le hiciera cortar la cabeza y la mandara a Sevilla.

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Ángel Romera

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5 COMENTARIOS

  1. Estimable recuento de viajes, viajeros y pesares. Nicolás Campos Plaza y Juan Herrero publicaron sus ‘Noticias de viajeros románticos en La Mancha’, con algún dato curioso.

    • El viaje de Merimée fue tan breve que no lo incluyeron ni Nicolás Campos, que fue profe mío, ni el otro, al que no conozco; ni siquiera consta en la bibliografía de Raymond Foulché-Delbosc y me atrevería a pensar que ni siquiera en la de Arturo Farinelli; ya abordé ese tema hace tiempo en dos artículos distintos. Del libro de Nicolás solo recuerdo que hablaba mucho del que hizo el parnasiano Gautier antes de colgarse de una farola (¡ah, no: ese fue Gérard de Nerval!) y de que también transcribía mucho del de Davidier y Doré. También que aportaba datos muy interesantes sobre cómo se dormía en los establos de las ventas para evitar robos. No me olvido de que he prometido hablar sobre figurones manchegos, será a la próxima.

        • Es una pena que algunos profesores de la UCLM no hablen aquí de esos viajes. Cuando hacía la tesina, que ahora creó que es trabajo de fin de máster, había un curso de viajes que era muy interesante. Ojalå y se animaran a escribir. Porque los viajes de extranjeros por la Mancha dan mucho para leer.

          Así es que, yo también espero.

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