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El caso de la estatua desaparecida (y 10)

- 20 febrero, 2017 – 08:00Un comentario

Un relato de Manuel Valero.- Abatido, roto, decepcionado, huérfano de identidad y referencia cultural, el alcalde tocó fondo… pero asombrosamente en lugar de abandonar tomó de nuevo las riendas de la ciudad dispuesto a gobernarla sin estatua, sin los signos de la tradición.
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-¡Dígamos adiós a lo viejo y hola a lo nuevo. Inventemos nuevos signos e iconos, démosles trabajo a los semióticos! – dijo y creyó que había dicho algo interesante.

Y ordenó a todo el mundo a reiniciar sus vidas como si nada hubiera pasado o mejor aún como si lo que había pasado fuera, eso, pasado y ya está. Y escribió un bando ejemplar que fue distribuido por toda la ciudad, en bares, paredes, escaparates, sitios oficiales. Y en 24 horas ocurrió lo inimaginable: que la ciudad toda se olvidó del Quijote como se olvida uno una cosa tonta en algún sitio y la prensa dejó de investigar. Gillow volvió a su despacho indiferente al pedestal sin caballo ni caballero, las veces que miraba el pedestal porque ya ni eso.

-Estatuas más grandes han caído. ¡Coño, si cayó la de Lenin! Cuanta razón llevabas Elenita- suspiró.

Se daba la circunstancia de que se acercaba la fiesta de las fiestas de la noble Villa y para entonces la gente se había olvidado del Desfacedor de entuertos. Los más jóvenes en realidad ni siquiera lo conocían. Y llegó laFiesta del Vinopañueloyerbascamisetamojá y la Plaza se fue llenando de gente divertida, ajena por completo a la melancolía del pedestal demediado. Jóvenes de buen torso y jóvenes de buen torso también, con camisetas blancas y pañuelo al cogote abarrotaron la Plaza. Corría el vino y la cerveza y las camisetas se pegaban al cuerpo de ellos y ellas, y a algunas de ellas se les erizaban los pezones y a ellos también y entre roce y roce más cosas. Ni un alma cabía ya en la Plaza que era un mar de cabezas sobre el que parecía navegar el pedazo de mármol que sostuvo las pezuñas de Rocinante. Hacía un sol de justicia y un calor justiciero pero una lluvia de uva y cebada refrescaba los gaznates, untaba los cuerpos, y extendía un hedor de alcohol y sudor por todas partes. No parecía una Fiesta religiosa con lo modosita que era la ciudad, sino una bacanal pagana, una orgía sin límite, para asombro de los anticlericales. En una tarima estaba el alcalde y los demás, con camiseta, vaqueros y pañueloyerbas compartiendo la parranda con el pueblo, cantando, bebiendo, riendo y en este plan. Hasta que el alcalde cogió un micrófono bien amplificado y dijo:

-Os reservo una sorpresa-

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Y entonces el pueblo fue aminorando la ruidosa algarabía y fue haciendo un pasillo humano. Las chicas dejaron de mojarse toa, ellos dejaron de pellizcarlas y se quedaron quietos, todo el mundo callado hasta que de un lateral de la Plaza apareció Ramón el que Barre y Da, investido por Gillow, Emperador de la Alegre Figura, a caballo, a paso lento, entre aquella humanidad empapada en vino hacia el pedestal que ahora parecía un risco en medio de la bajamar porque la gente se había clavado de rodillas en reverencia. Y de un salto, caballo y elemperador Ramón el que Barre y Da saltaron hasta el pedestal y adoptaron la misma postura broncínea del anterior inquilino. Y allí se quedó delante de todos. Un silencio tan hondo que se escuchaba hasta el aire se adueñó de la Plaza. Hasta que alguien gritó

-¡¡¡Muera el Caballero de la Triste Figura. Viva el Emperador de Alegre Figura!!!

Y el pueblo se lanzó sin más a los placeres mundanos  hasta un paroxismo inenarrable.

Fue cuando el alcalde Gillow sintió como si se desmayara. Vio estirarse su alrededor como un chicle y luego no vio nada.

Se despertó empapado en sudor

-¿Qué ha pasado?

-Vaya nochecita. Eso no era una pesadilla, era una pesadilla en serie y por temporadas. Jesús por Dios –le dijo su esposa- He tenido que dormir en el sofá

-¿Todo ha sido un sueño?

Y dio un salto en la cama, canturreó y se preparó un desayuno europeo pero con torreznos mientras leía en el periódico local La Alabarda, el relato por entregas titulado El chino que mató a Franco escrito por un tal Enrique M de la Home. Telefoneó al chófer para que no fuera a recogerlo y se fue andando al ayuntamiento. Hacía un día precioso y todo estaba en su sitio como en la película El show de Truman…. Pero cuando enfiló la Plaza se le paró el corazón. ¡¡¡Allí no estaba la estatua!!! Salió corriendo como un poseso, con la mirada rota y se refugió en el despacho. Llamó a Luis Housman aterrorizado por temor a revivir el sueño como en la película El día de la marmota. Luis Housman llegó asustado.

-¿Qué pasa?

-La estatua, Luis, la…la…estatua…no…no está…

-Claro, tú mismo firmaste el oficio para el traslado de la estatua al Taller de Arte para su lustre porque viene el embajador japonés para participar en un acto invitado por Calos Sisón, el presidente de la Asociación El Jinete Bimilenario –dijo Housman de corrido.

-Al Taller de Arte…¿Seguro que la han llevado al Taller de Arte? ¿Dónde las Culonas de Donaire? ¡Oh Dios mio!

House se estremeció y sudó hielo. Llamó al Taller de Arte… Y mientras escuchaba miraba al alcalde, abobado…

-No está allí. Han encontrado un cartel que ponía:

“Estoy donde las culonas. No tardo”

FIN

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