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Puertollano y los misterios de la feria

- 5 mayo, 2017 – 11:407 Comentarios

Santos G. Monroy.- Serán cosas de la edad. Es llegar la Feria de Mayo y traer al recuerdo el antiguo Paseo de San Gregorio de Puertollano como la arcadia feliz de la infancia. En los años 70 y 80 el paseo era la antesala de los misterios de la feria, que se instalaba en la explanada de El Bosque, y cada foto de aquel tiempo es la memoria de una ruta sentimental, la sorpresa de quien encuentra en el fondo del bolsillo un cromo ajado de la niñez.
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Durante aquellos días se adornaban pérgolas y jardines con luces que adquirían una significación sideral, y el horizonte del norte se remataba con la promesa de aquella gran noria que brillaba sobre la arboleda crepuscular, como la nave esférica de ET en su despegue hacia casa.

Había un ambientazo portentoso, o al menos así nos parecía. El de una ciudad pujante que figuraba en los libros de texto de la EGB como referente nacional de la industria, y cuyo equipo de fútbol, una leyenda áurea que, decían, llegó a codearse con el Real Madrid, lucía en las quinielas punteadas en las tardes de domingo mientras disputaba por la inmortalidad bajo horizontes de cobalto abrasados en antorchas petroquímicas.

kiosco1En aquel tiempo la feria se vivía en el corazón de Puertollano. Paseábamos de la mano de los padres, con el cosquilleo del agua agria aún en la nariz, excitados por las promesas de la cartelera de cine, los efluvios marinos del kiosco de mariscos de El Cartero, el bullicio del Chinato o el Coto, las terrazas que jalonaban el ejido y la adrenalina de una partida al Space Invaders en recreativos abarrotados de malotes setenteros.

Se enroscaban las colas a las puertas del cine Lepanto, del Calatrava o del Gran Teatro,  atrapadas en las ensoñaciones interestelares de la Guerra de las Galaxias, Flash Gordon o Superman; o ante los puestos de juguetes de los feriantes, frente al césped cercano al reloj de flores en el que dormía una enigmática tortuga de piedra.

Orbitaban los paseantes alrededor de la fuente central de colores cambiantes, luminosa e hipnotizadora, y ante la vieja concha de la música y sus impenetrables ninfas en bajorrelieve, que vertían agua infinita desde cántaros sin fondo.

kios1Pero la gracia del paseo para los más pequeños estaba en los kioscos, paradas de fonda repletas de secretos, como rastros en miniatura. La ruta comenzaba tras los sórdidos baños de la concha. Juanito medía los tres duros de kikos como un brujo en el corazón de la jungla,  encerrado en su caja mágica de cristal, empapelada con crípticas poesías. Lanzaba las pipas a ojo, y las medía y las pesaba a la velocidad de un crupier y la inexorabilidad de un dios, atendiendo a cálculos de inspiración celestial inalcanzables al resto de los mortales. Los humanos que observaban el hechizo no daban crédito cuando descubrían el cucurucho impecablemente cerrado en la mano y, enfrente, la mirada risueña del chamán, siempre silencioso, consciente de la fascinación y aturdimiento que ejercían sus conjuros.

Paseo abajo, el kiosco de Paulino era la juguetería de urgencia de muchos de aquellos niños, repleto de sobres con piezas de plástico que se convertían en poderosos tanques, incluidos los temibles Panzer alemanes,  y de muñecos congelados en las poses de las más sangrientas batallas de la Segunda Guerra Mundial.

kios5Aún existía el TBO y los cómics de Roberto Alcázar y Pedrín, que convivían con los que más molaban, la colección “Olé” con las desternillantes aventuras de Mortadelo y Filemón, aunque pocos afortunados podían permitirse los volúmenes más codiciados, los portentosos libros de Super Humor que se vendían enfrente, en Simago, bajo luces de neón y novedosa logística de mall norteamericano.

El gran kiosco de prensa de Pradito, construido en mampostería, era el colofón de la odisea. Olía a papel de rotativa y tinta fresca. Aquí se vendía la prensa y algunas de las colecciones infantiles y juveniles que hacían furor, incluidos los preciados cuadernos de Don Miki y las sombrías correrías de Batman.

El cambio de década trajo algo más que la edad del pavo y el paso a la juventud. También la remodelación de paseo y la destrucción de aquel escenario vital, incluida la marcha de los viejos kiosqueros. El último rescoldo original, la minúscula relojería Suiza, acaba de cerrar sus puertas precisamente hace unas semanas, dejando una desolada fachada en mudo diálogo con el tiempo traidor que tanto le debe.

Al fin, la feria se marchó del polvoriento Paseo de San Gregorio. Las hormonas nos cambiaron y la feria pasó a tener otros códigos muy diferentes, los de la aventura de la amistad, el amor y el pop. Las terribles pinturas de decapitaciones de las casas de los horrores dejaron de causar pesadillas. Se esfumaron del imaginario infantil las angustias del esqueleto de la escoba acechando en el túnel del trenillo. Eso es la vida: emprender de continuo la búsqueda iniciática de una nueva piel.

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