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De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (31)

- 17 mayo, 2017 – 10:102 Comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- La noticia de la llegada de Sancho a Ciudad Real empezaba a sonar como algo más que un rumor al tener cierto asomo de veracidad. El círculo de amistades del heresiarca conocía la buena nueva, mas también había llegado a oídos de personas que no eran tan dignas de confianza. Alguno de estos traidores a la estirpe judaica no quedaban demasiado lejos de su casa, como así ocurría con el lenguaraz Fernán Falcón, hijo de su vecino Juan Falcón el Viejo.

Una foto de la situación actual del Castillo Palacio del Duque de Híjar

Una foto de la situación actual del Castillo Palacio del Duque de Híjar

La vida de Sancho a partir de entonces no sería la misma. Su preeminencia dentro de la comunidad conversa de su ciudad había levantado muchas envidias y otros factores condicionarían su futuro. Cuando se marchó era heresiarca, regidor, y arrendador de alcabalas y tercias, pero tenía que ponerse al corriente de todo aquello que le esperaba.

Para eso estaban sus amigos, Diego de Villarreal y Rodrigo de Oviedo, deseosos de recibir noticias suyas aunque también debían mantener ciertas precauciones. El año de nuestro señor Jesucristo de mil cuatrocientos sesenta y nueve el hermano del maestre Rodrigo Téllez Girón, don Alfonso, fallecía y se celebraba el matrimonio entre la infanta Isabel y Fernando de Aragón. Estos acontecimientos, unidos a la creciente falta de autoridad del monarca Enrique, actuarían en el juego de fuerzas y equilibrios que condicionaban la vida de los conversos y, por ende, de uno de sus líderes principales, Sancho.

Sin embargo, tras una intensa noche, el maduro líder necesitaba tomar conciencia de la situación y había decidido alejarse de las calles de la ciudad para escapar a sus tierras, volviendo entonces a retomar las actividades profesionales que le fueran permitidas. Para ello requeriría la ayuda, primero, de su hijo Juan, fiel escudero en las empresas arrendatarias que compartían con sus amigos Diego y Rodrigo. El díscolo joven, que era su mano derecha, le sorprendió preparando un pequeño hatillo en silencio.

– ¿Está bien, padre? – preguntó casi susurrando e intrigado Juan de Ciudad al ver el gesto preocupado de su progenitor y su disposición a salir de la vivienda cuando apenas habían transcurrido unas horas desde su vuelta. ¿Necesita compañía o puedo ayudarle?

– ¡No te desveles, hijo! ¡Las emociones han sido muy intensas y debo aún ponerme al corriente de la situación que ahora atravesamos! – respondió tranquilizador el heresiarca a su vástago. ¡Sólo te pido que tranquilices a tu madre cuando despierte, aunque ella me conoce mejor que nadie, pues necesito estar unas horas solo! ¡Voy a la viña por si necesitas encontrarme y regresaré al llegar la noche! ¡Entretanto, avisa al jovenzuelo Juanillo para que avise a Rodrigo y a Diego y que los cite para cuando ya anochezca!

– ¡No se preocupe, padre! ¡Váyase tranquilo y… tenga cuidado! – respondió respetuoso su hijo.

Cruzaba el umbral de la puerta de la torre de su nombre el sin par heresiarca, envidia de muchos lindos de aquella ciudad. Había regresado con la firme convicción de ser fiel a su ley, la de Moisés. Para ello debía alejarse de ciertos hábitos como la adquisición de carne. El conocido sohet o matarife Rodrigo de los Olivos llevaba casi una década realizando tal suministro, aunque luego los consumidores fuesen los criados cristianos. ¡Aún recordaba lo ocurrido en Aranda de Duero y lo mucho que debía a su amigo Juan González el haber intercedido para salvar su vida!

La coherencia y su respeto a la ley judía conllevaría algunos riesgos, aunque la autoridad que ejercía dentro de la comunidad conversa estaba fuera de toda duda; incluso entre sus más acérrimos enemigos, muchos de ellos regidores, se reconocía su gran valía y de ahí lo incómodo que resultaba que aún gozase de tan alta posición. Sin embargo, el propio Sancho siempre había escondido bajo esa aureola de hombre firme y fiel defensor de sus ideas a alguien que quería ser reconocido y adulado por los suyos. Ese gran secreto, esa gran fachada, esa gran máscara, sólo la conocía una persona, aquella que desde muy temprana edad descubriría su alma con sólo mirarle a los ojos: el amor de su vida, María Díaz.

En su partida había torcido la mirada hacia su hijo y, sin mediar palabra, le daba nuevamente las gracias por haberse hecho responsable de la familia mientras estuvo ausente. A pesar de que sus vástagos varones eran dos, el otro era Diego, su ojo derecho siempre fue Juan. El carácter de sus hijas Teresa, Isabel y Catalina no le inspiraba tanta confianza en los tiempos que corrían, más aún por la sobreprotección que siempre gozaron de su amada María.

Sancho, cuando veía los rayos del sol que hacía tiempo que iluminaban el barrio de San Pedro, se acercaba a sus tierras de arriendo, lejos ya de la cerca que circundaba la ciudad donde quedaban los suyos. En ese momento recordaba sus días  en Aranda, acompañando al grupo de regidores que la reina Juana había enviado en comisión a la villa de Aranda. La reina, que estaba encinta, se había convertido en señora de la villa el año anterior.

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Mientras el joven Ismael tomaba contacto con la imprenta y compartía impresiones con Eliezer el Toledano, Mariam había acompañado a Cinta al castillo palacio del Duque con destino a presentarla en las cocinas, donde la joven madre tendría un sustento con el que alimentar al retoño que aún portaba en sus brazos.

En el trayecto por el concéntrico entramado musulmán de la villa de Híjar las dos mujeres atisbaron la plaza del castillo situada en la plaza. Los círculos que rodeaban a la misma y la existencia de calles radiales les daría el tiempo suficiente para conversar antes de su llegada.

– ¡Señora Mariam, nunca podré agradecerle lo que hace por nosotros! – le transmitió su agradecimiento la joven a la anciana.

– ¡No tienes nada de qué preocuparte, muchacha! ¡Hace muchos años que quedé viuda y algo de compañía en casa no está de más! Además, ¡ese retoño es una preciosidad! ¿Quién no podría caer rendida a sus pies? ¡Con tu permiso, me gustaría ser su abuela postiza! – respondió de manera cómplice y emocionada la también conocida como doña Juana en la localidad de Híjar.

– ¡Él también parece que la ve así, señora! ¡Desde el momento en que la contempló no ha parado de sonreír,… y se ha vuelto aún más tragón! ¡No me deja apenas respirar! – respondió con ternura.

– ¡Parece que ha salido al padre si no me equivoco, muchacha! – respondió la señora dirigiendo un guiño a Cinta. ¡Mientras estés aquí me puedo hacer cargo de él! – le dijo doña Juana a la joven.

– ¡Se lo agradezco señora, aunque tendré que estar pendiente de él! ¡Los primeros días quizá sea mejor así, porque no me gustaría hacerla quedar mal si por el niño no puedo cumplir con mis tareas! – respondió agradecida Cinta.

– ¡No se hable más, entonces! ¡Más tarde me acerco con él para que lo alimentes! ¡Le pediré a la cocinera que te deje un momento, es una buena amiga! – la señora tranquilizó a la joven.

– ¡Muchas gracias, señora! – en ese momento sus palabras se vieron acompañadas de una sonrisa y alguna lágrima que hacía relucir la pálida tez de la joven Cinta. Aproximándose a la tierna escena llegaba una mujer ya entrada en años que contempló con alegría la presencia de su amiga Mariam.

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2 Comentarios »

  • afrofilipino dice:

    Manuel, llevo siguiendo tu relato desde el principio. No sé los capítulos que quedan por aparecer, pero me parece que ya es hora de decir algo al respecto: Para quien no lo sepa, Sancho de ciudad, además de ser el protagonista de tu relato, fue un ciudadano que existió realmente y fue una persona relevante de su comunidad y de la ciudad misma donde vivió -la nuestra-, durante el siglo XV.
    La conversión obligada a que se vio sometida la población judía en los diferentes reinos después de las matanzas de 1381, no culminó sólo con la expulsión un siglo después. Durante ese último siglo de permanencia en los reinos peninsulares, la población judía convertida sufrió una mayor presión, si cabe, además de la persecución que pone en práctica el tribunal de la inquisición, que aparece por entonces en la escena de la trágica historia de España.
    Ciudad Real, ya durante el reinado de Fernando e Isabel albergó al primer tribunal de la inquisición de sus reinos. Fue elegida Ciudad Real, como ciudad pequeña y manejable, como experiencia y paso previo a su instalación en Toledo. Tanto en Ciudad Real como en Toledo, se siguió persiguiendo a los conversos ciudadrealeños fieles a su religión originaria hasta bien entrado el siglo XVI. (juzgados y condenados incluso en ausencia)
    El tremendo sufrimiento que tuvo que soportar la comunidad de los conversos ciudadrealeños está suficientemente documentada y refleja en mucho lo que nuestra historia española tiene de denigración y humillación del débil y del contrario en opinión, ideología o religión.
    Me ha gustado, Manuel, que recuperes esa historia con tu relato. Pero a mi me gustaría que los responsables municipales, alguna vez en la vida, se instruyeran y conocieran la propia historia de nuestra ciudad.
    Mucho se habla y escribe sobre los nombres del callejero.
    En mi opinión, después de los cinco siglos largos transcurridos de una de las páginas negras de nuestra historia, creo que el tiempo habrá dejado aposentar el polvo de aquella sinrazón. Los ciudadrealeños actuales demostraríamos memoria y justicia si, a modo de ejemplo, se pudiera dedicar una de esas calles de nombres controvertidos a Sancho de Ciudad. Un ciudadrealeño, que sufrió la injusticia de sus paisanos en un ambiente marcado por los tiempos. Sería bonito como recuerdo de una población que murió, o tuvo que abandonar entre lágrimas su casa y su vida por la intolerancia de unos tiempos ya superados.
    Ojalá Manuel que tu historia literaria permita conocer el trasfondo de la historia real de nuestra ciudad y sus gentes.
    Gracias.

  • manuel cabezas velasco dice:

    Gracias afrofilipino por tu apunte pues el protagonista es el propio heresiarca Sancho de Ciudad, personaje histórico como tú bien señalas. El hecho de que sea el eje central de la novela es una forma de reivindicar la extinta judería de la otrora Villa Real, que desde 1420 se conocía como Ciudad Real hasta la actualidad.
    Como cualquier novela, existen partes de ficción y otras basadas en la propia realidad, gracias por tu seguimiento, y espero que guste resultado final, para el que aún queda algún tiempo.
    De nuevo gracias, y espero seguir haciendo honor a tus comentarios y te invito a que aportes lo que estimes oportuno

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