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Venezuela y la geopolítica del caos

- 29 mayo, 2017 – 09:2011 Comentarios

MarcelinoAntonio recogió el equipaje de una de las cintas transportadoras de llegadas nacionales. Habían pasado tres años desde su huida de la isla. Nadie sabía de su regreso; tampoco quería ser reconocido. De hecho era casi imposible hacerlo.

El hombre joven que se esfumó una noche era de mediana estatura, flaco, de pelo moreno y nariz prominente. El que acababa de aterrizar procedente de Caracas con tránsito en Roma tenía la misma estatura, un cuerpo atlético trabajado día a día, pelo rubio cuidadosamente teñido, y una nariz diferente fruto de la reconstrucción estética realizada al ser destrozada en una reyerta con compañeros de las fuerzas especiales. Camino a la salida de la terminal leyó un anuncio luminoso dando la bienvenida a Palermo. Había regresado a su Sicilia natal.

Estaría pocos días. Los justos para zanjar cuentas pendientes y descansar antes de regresar a su destino: Venezuela.

-Que disfrutes de la isla –dijo al despedirse de una pasajera que como él había embarcado en Caracas. Una joven española de grandes silencios y arrebatos dicharacheros llamada Ana.

Ana era periodista independiente. Había planeado pasar sus vacaciones viajando por su cuenta alrededor de Italia. Ir de un lado a otro sin programa fijo. Medio mochilera, medio niña bien, dependiendo del impulso y del momento.

Antonio evitó alquilar un coche y coger un taxi. Prefería mezclarse, con cuanta más gente, mejor. Optó por el autobús de línea. Se apeó en la estación de autobuses de la capital de la isla. Salió a la vía Maqueda. Se detuvo a observar los esplendorosos edificios -hoy decadentes y destartalados por su abandono- donde años atrás se reunían los capos que dominaban la isla.

Después de caminar; de ir y venir aparentando estar perdido, apareció enfrente de un hotel de poca monta en la vía Lincoln, cerca de la estación de trenes; 40 euros la noche. Allí se alojó.

Ana se dirigió a un hotel cercano a la catedral, en la vía Victore Enmanuelle. El tiempo era cálido. El ambiente agradable. La luz de la ciudad, preciosa. Se duchó, arregló y salió a la calle sonriente. Se encaminó a una zona elegante. La terraza de un restaurante de la vía Libertad le llamó la atención. Se sentó. Tardó un buen rato en pedir algo.

-Spaguetti a la siciliana, por favor – finalmente se decidió por lo de siempre; lo que tantas veces acababa eligiendo en cualquier lugar del mundo cuando no sabía qué pedir: spaguettis. En esta oportunidad, a la Siciliana, en honor a la tierra de reciente arribo. Le gustó el calabacín troceado y la textura de la pasta.

Antonio corrió la cama de su habitación contra la pared. Ganó unos centímetros. Los suficientes para realizar ejercicios de control mental. Los llevaba haciendo más de dos años. Desde que se incorporara a las fuerzas especiales, donde los aprendió.

Hablar de Sicilia y no tener presente a la mafia es un sinsentido. Lo mismo pensó Ana. Por eso su primera visita fue a Corleone, al museo antimafia de la villa. Tuvo de guía a Francesca. Natural de la isla. Licenciada en filología hispánica y antigua estudiante de la Universidad de Salamanca.

Antonio se levantó al alba. Se pegó una ducha rápida y salió a correr. Realizó la versión callejera de sus ejercicios diarios. Una rutina perfectamente diseñada por sus jefes y oficiales para no perder la forma durante los permisos o en destinos mal dotados materialmente. Regresó al hotel y sin decir palabra subió corriendo a su habitación. Se volvió a duchar. Esta vez combinando el agua caliente con la fría para realizar los contrastes térmicos tan recomendados por sus instructores. Salió como nuevo del baño y se preparó varios vasos de zumo con la fruta y la batidora que comprara  el día anterior en unos comercios próximos.

Era difícil no impresionarse en aquel museo. Las palabras de la guía daban vida y dramatismo a las fotos. Ana observaba los ademanes y la mirada de la muchacha siciliana. Francesca iba más allá de explicar los acontecimientos, los revivía; como si hubiera sido la protagonista de todos ellos.

-Mire a esta mujer –la guía se dirigió a Ana señalando una foto-. Era la esposa de un guardaespaldas. Fue asesinado junto al juez mientras se sustanciaba una causa en contra de la mafia. A su funeral asistieron personalidades de los diferentes poderes del Estado. En un momento en que todos estaban arrodillados, la mujer se levantó y gritó en la iglesia que el lugar estaba lleno de cómplices del asesinato de su marido. Que ella sólo podría perdonar a quienes se levantaran reivindicando así su inocencia.

Nadie se levantó.

La mujer sigue viva. Nunca se metieron con ella.

Al día siguiente Antonio volvió a despertarse a la misma hora. Se dio la ducha rápida de inicio del día y salió a correr. A pocos metros del hotel lo esperaba un coche. Se subió y chocó su mano derecha con la de otro hombre de edad similar, al volante del vehículo.

-¿Cómo estás? –preguntó el conductor

-Estupendamente –respondió Antonio.-El nuevo personaje sonrió, asintió con la cabeza y aceleró.

Ana preguntaba a todo con el que se topase qué lugares le recomendaba visitar. Una opinión predominó sobre las demás: No vaya Ud. a Catania. Es muy inseguro. Muchos robos. En la agencia de alquiler de coches llegaron a decirle que todos los robos de vehículos que habían tenido últimamente habían sido allí.

Al día siguiente, Ana puso rumbo a Siracusa.

Después de recorrer parte de sus calles, de visitar algunos de sus sitios emblemáticos, la medio-mochilera-niña bien, se apoyó en una columna y escribió en su diario:

Siracusa te deja sin aliento. Juraría que el síndrome de Stendhal se ha apoderado de mí.

Continuó a Ortigia. Al entrar en la plaza del Duomo inmediatamente pensó:

“Quién no ha oído hablar de Roma, de Venecia, de Florencia……¡Nunca nadie me había hablado de Ortigia!”

Presidía la plaza el palacio de Lucrecia Borgia. Ana quedó fascinada.

Pocas horas antes, Antonio y su acompañante habían estado en el mismo palacio Borgia. Aunque entraron como turistas, ni se comportaron como tales, ni quienes los recibieron los trataron de semejante forma. Parecían viejos conocidos y fueron recibidos como propietarios del lugar. Subieron al piso superior y, de ahí, al tejado. Observaron la majestuosa vista a la plaza y Stendhal pareció revolotear a su alrededor al punto de hacer tambalear la determinación del compañero de Antonio.

-¿Estás seguro? –le dijo

-¡Cómo puedes dudarlo! –le respondió con cierto tono de reproche.

-La belleza, Antonio. Tanta belleza me llega a perturbar ¿A ti, no?

Mientras Ana sacaba fotos a la preciosa bahía, Antonio y su acompañante abandonaban el palacio y entraban en otros majestuosos edificios de la plaza, siendo tratados de la misma forma.

La puesta de sol en la bahía y el encendido de las farolas de aquella arquitectura sublime hacían presagiar que el ser humano había sido capaz de encontrarse a sí mismo.

Ana estaba sentada en una terraza de la plaza. Al lado, un grupo de personas parecía celebrar algo. Ocupaba varias mesas. El homenajeado era un hombre, probablemente la persona de mayor edad. Se divertían. Contaban historias difíciles de creer. Ana les seguía la gracia. Estaba segura de que todo era producto de la inventiva.

A la hora en punto, uno de los miembros de la celebración se puso en pie e invitó al resto a hacer un brindis por el homenajeado. Para que todos pudieran verlo, tres varones sentados frente a él se apartaron con amabilidad. El hombre levantó la copa y………….. ya no pudo bajarla con su propia mano.

La copa cayó directamente al suelo haciéndose añicos.

Giorgio –así era llamado el hombre- abrió los ojos de par en par de forma estrambótica. Se desplomó sin atinar a llevarse una mano al corazón.

La manera de morir de Giorgio la había visto Ana varias veces en las manifestaciones de Venezuela. Muertes producidas por un disparo al centro del corazón destrozándolo. Muertes fulminantes. Disparos sólo al alcance de francotiradores extraordinarios poseedores de armas con una precisión fuera de lo común. Disparos que no producían heridos, sólo muertes instantáneas.

Sin saberlo, Ana había viajado desde Caracas con el hijo del guardaespaldas asesinado y la mujer valiente, cuya historia conoció en Corleone.

Sin saberlo, Ana había sido testigo de la ejecución de una promesa que el entonces niño se hiciera durante el funeral de su padre.

El día que alcanzó la mayoría de edad, Antonio hizo llegar una amenaza al que consideraba el principal asesino de su padre. Ese mismo día su madre, al saberlo, lo conminó a que abandonara la isla, lo que hizo aquella misma noche.

Antonio sabía que tenía que ser bueno, muy bueno, en el arte de matar, para poder cumplir su venganza. Esa excelencia sólo podía alcanzarla enrolándose allí donde matar era uno de los instrumentos preferidos por quienes manejan los hilos de la geopolítica mundial. Y lo hizo.

Antonio sabía que cuando tuviese la oportunidad no podía fallar. Y esa meta se alcanza cuando de un disparo eres capaz de hacer estallar el corazón.

Se enteró de una nueva variedad geopolítica. Ya no se trataba de crear revoluciones para derrocar gobiernos y colocar a otros. La nueva variante consistía en crear el caos para destruir pueblos ¿Cómo? Atacando a los dos bandos en litigio haciendo creer a cada uno que los autores de los ataques eran los oponentes políticos. De esta manera tendrían lugar guerras civiles interminables de autodestrucción nacional.

Antonio no había leído a Maquiavelo, pero hubiera estado de acuerdo con él en que ética y política nunca debían ir juntas. Por eso hizo lo indecible para convertirse en el mejor francotirador de su compañía. Venezuela fue su gran teatro de maniobras. Manifestantes muertos al instante por un tiro en el corazón. Unas veces los afectados serían oficialistas, en otras opositores.

Y así, mientras Antonio practicaba y aseguraba su venganza sin error alguno, el pueblo venezolano era arrastrado al abismo del odio irreconciliable entre facciones políticas.

Ana sintió una ráfaga de luz que le hizo entender la realidad. Debía regresar a Caracas. No sabía cómo, pero tenía que hacer llegar al mundo la verdad de toda aquella maldad disfrazada ¿Cómo convencer a los propios venezolanos de que quienes rompían sus corazones de certeros balazos eran terceros, francotiradores al servicio de intereses ajenos a su nación alistados bajo la bandera de la paz y los derechos humanos?

Ana vivía de los artículos y reportajes que vendía a los medios.

¿Encontraría alguno capaz de publicar lo que acababa de descubrir y lo que escribiría a partir de ahora?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al pensar que quizás ella no había sido la primera en advertir lo que pasaba y, sin embargo, nada nuevo se había dicho al respecto.

Sin tapujos
Marcelino Lastra Muñiz
mlastramuniz@hotmail.com

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11 Comentarios »

  • Ángel Manuel dice:

    Don Marcelino, tratándose de Venezuela, cuyo régimen es muy desestabilizador para la geopolítica latinoamericana, me parece ir muy allá suponer que la represión política no es responsabilidad del régimen chavista, sino de terceros interesados en hacer estallar una guerra civil.

    Cierto es que la oposición al régimen chavista ha estado dividida, es antagónica en sus posiciones y ello le ha impedido posicionarse eficazmente como alternativa a Maduro, pero objetivamente sufre persecución de quien ejerce dictatorialmente los poderes del Estado. Más realista me parece creer que el régimen chavista trabaja internamente por la división de la oposición, dentro de ella.

  • Charles dice:

    Intrigante y curioso artículo.
    La coincidencia geopolítica de EE.UU. y Colombia, en detrimento de los intereses y la soberanía de Venezuela, tienen un elemento en común: el petróleo.
    El pasado año 2009, Colombia y EE.UU. firmaron un acuerdo militar por el que Colombia autoriza a tropas estadounidenses a operar durante los próximos diez años desde siete bases colombianas bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo.
    Además, EE.UU. ha entregado a Bogotá, desde el año 2000, más de 5.500 millones de dólares en el marco del “Plan Colombia”.
    Para EE.UU. las reservas de petróleo de las que dispone Venezuela son un objetivo apetecible. Todo ello dentro de una ‘geopolítica del miedo’ que no tiene ningún indicio de disminuir con la nueva administración en EE.UU.
    Actualmente, somos testigos del incremento de la actividad militar, que se verá multiplicado por las posibles consecuencias a futuro ante el anuncio del presidente de Colombia, D. Juan Manuel Santos Calderón, del acuerdo con la OTAN y el papel que jugará Colombia, en la estrategia de asfixia contra el denominado ‘triángulo insurgente’: Bolivia, Ecuador y Venezuela.
    Ya decía el político de origen judío, H.J. Morgenthau, que “la geopolítica es una pseudo-ciencia que erige el factor de la geografía en un absoluto que, supuestamente, determina el poder y, a partir de allí, el destino de las naciones. Su concepción básica es el espacio. Sin embargo, el espacio es estático; las poblaciones que viven dentro de ese espacio son dinámicas”.
    Por cierto, en esta ocasión, hubiera sido apropiado acompañar el artículo con la composición “Alma Llanera” (P.E. Gutiérrez / R.B. Coronado), considerada el segundo himno de Venezuela…

  • Ana dice:

    Provocar el caos para llevar a los pueblos a su destrucción es la maldad en grado sumo. Por alguna razón no acabamos de creernos que la maldad existe y tendemos a aceptar o rechazar las cosas según nuestro criterio, moldeado por el mismísimo “diablo”, de donde surge la esencia del mal.

  • Ademán dice:

    Es la primera vez que voy a comentar un artículo en este periódico a pesar de ser asiduo lector del mismo.

    Este texto no es una opinión, es una alegoría. Sin partir de esa premisa es difícil opinar sobre el o añadir algún comentario.

    Por algún motivo el autor ha utilizado esa licencia narrativa.

    No me atrevo a hacer una interpretación. Sí adivino un apercibimiento del articulista para que nos quitemos la venda de los ojos. Y este hecho, dicho de la forma en que está, me ha parecido muy notable.

  • Hobbes dice:

    Esta mañana nos hemos desayunado con que el “consorcio” de los hermanos Dalton González (que no el grupo musical), llevaban años haciendo de las suyas en Venezuela ¿Pero ese país no es tabú para el PP?

    Ay señor, señor….

    Titular de El Mundo: El hermano de Ignacio González sobornó a funcionarios del chavismo para obtener contratos.

    Así es que Podemos es el eje del mal…

  • ariadna dice:

    Según fuentes presenciales, lo que denuncia el artículo pudo haber sucedido también en Siria. Circuló la sospecha de que unos mismos francotiradores disparaban contra ambas partes.

  • Daniel dice:

    Es claro que esto, lo esta intentando , los que tienen intereses en los recursos minerales y geoestratégico que posee Venezuela. Tanto los que manejan las economía mundial, como los gobiernos que sus economía dependen de generar guerras… Hasta ahora de los más de 50 asesinatos la oposición no tiene ni le interesa sacar como , cuando y donde se cometieron. Tan sólo comenta de números y algunos puntuales porque si se sabe la verdad de quienes están cometiendo esos asesinatos seguramente se convertiría un revés para su causa. Aquí en Venezuela …

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