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Para que pueda beberse

- 2 julio, 2017 – 10:39Sin comentarios

Francisco Caro.- Hace justo 31 años, 1986, que el Guadiana de los Ojos vio surgir sus últimas aguas. Los mismos que vio crecer su primer fuego. Once años después, en 1997, apareció un libro de poemas mítico: Añil. De él, un poema con verticalidad de hilo quedó en la memoria dañada de los manchegos de entonces para no olvidarse jamás.
caro
Aquel que decía Esto fue un río/ esto fue un/ esto fue/ esto/ es/ el cauce de la desolación. Su autor, vuestro, nuestro, Miguel Galanes, el poeta que conocen, el crítico que saben, y desde hoy, aquí lo inauguramos, el novelista que se necesitaba. Decididamente novelista. Na-rrador a conciencia plena.

Eduardo Publicada por una pujante y emprendedora editorial manchega Ediciones C&G, que dirige Julio Criado, la novela Cauce de la desolación, que hoy se pone sobre la mesa, reclama para sí la misma voluntad de faro, de alarma y provocación que suscitó aquel poema, aquel libro, símbolo y antena de una generación. La de aquellos que fueron jóvenes cuando declinaban los sesenta. Una generación agente y paciente en los ajetreos de la Transición. La que ha visto desmoronarse tantas esperanzas y firmezas al tiempo que aprendía lo que de implacable tiene el oficio de vivir. O advertía la pequeñez de nuestros cuerpos, de nuestros deseos, ante la máquina sin dudas de la Naturaleza. O ante el muro implacable de una Sociedad basada en la ambición y el fingimiento. En la avaricia y el Carnaval.

Cauce de la desolación es un friso griego de relieves en donde, con agilidad y carácter, se cuenta del tránsito, del éxodo que ha visto pasar a una sociedad agraria, sentenciosa y sin relojes, a la vorágine de la industrialización, de la publicidad, del dinero y de las ansias competitivas; la que arrasa, cual marabunta de estepa, a todo aquello que intenta detener su deriva. Del agua al polvo, del afán al desdén. Del amor a la tierra al esquilmo sin alma. Desde la identidad a lo sin rumbo. Desde la confianza a la sospecha. Un tiempo que ha visto romper el ciclo familiar de las generaciones. Miguel Galanes ha situado el espacio y la época de su discurso muy cerca de nosotros, para que nos sea reconocible, para que remueva. El espacio es aquel mismo Lemidai de Añil, territorio entre dos cementerios: el de la mulas al norte y el de los humanos al sur, un lugar que, premiado por la Naturaleza, fuera oasis en el centro mágico de La Mancha y en donde, al perder sus aljibes colmados, sus líquidas alcancías, simple y reflexivamente, se sobrevive.

O vive extrañado en la forastera aventura de los nuevos proyectos industriales. Si el espacio es este Lemidai, Castillo sobre el agua que hoy nos acoge, la época es también cercana. Miguel Galanes sitúa el relato de sus personajes tan sólo una década atrás (2006-2007). Fechas en las que sin duda tuvo lugar el inicio de este proyecto narrativo, el que hoy culmina en edición. Pero época que, para ser explicada, asumida, digerida, debe hundir sus raíces en los finales de los años 60. En la generación, ya dijimos, que vio arrasar un paraíso natural al tiempo que soñaba con cambiar los hábitos y usos políticos del país.

No escribe de oídas Miguel Galanes, como no lo hicieron Julio Llamazares en la La lluvia amarilla o José Luis Sampedro en El río que nos lleva, novelas en las que también la Naturaleza es un telón potente en la contienda de los hombres, sino de lo vivido, de lo paseado, de lo pateado. Residente en Madrid, este daimieleño y poeta -cómo no verlo en Iluminado de Néminis, uno de los personajes cruciales del libro- visita con discreta periodicidad la tierra que lo acunó. Conocedor en primera mano de cuanto aquí se cuenta, para que nada le llame a engaño, Miguel solía y suele, dedicar gran parte de su tiempo manchego a recorrer caminos y majadas, riberas que fueron y barbechos heridos por las máquinas. Campos en los que cada vez es más difícil encontrar gente a pie, campesinos o pastores con quienes conversar. Como Pedro, el otro protagonista principal de este Cauce de la desolación, último ganadero lanar de una saga ya sin eslabones. Pedro, en quien se centrarán y donde confluirán todas las contradicciones de los nuevos calendarios. No escribe de oídas Miguel porque en Iluminado de Néminis, el poeta de la novela, –iluso de la nada, dice de sí, parodiando el nombre– es posible reconocer sus ecos. Es posible reconocer al hombre en alerta, al poeta, al escritor, que va y viene a su tierra, que mira y advierte el microcosmos que es el pueblo y anota desolaciones paralelas a la del río. Escritura en el límite del dolor y la llaga, óleos con que suele barnizarse la elegía.

La raíz ganadera y el poeta en alas que es Miguel Galanes, dos identidades que configuran a nuestro autor, se bifurcarán en la novela, ambas reflejadas en los dos personajes recién citados, y a quienes une la amistad. Pedro por un lado e Iluminado de Néminis por el otro: dos proyectos necesarios, el hombre del mundo físico frente al hombre del pensamiento, el de lo inmediato y lo tangible, ante el de la abstracción emocionada, el de la tensión frente al del desengaño. Dos identidades que a lo largo del libro se entrecruzarán, al igual que se entrecruzan, indispensables, los cabos del esparto para resolverse en pleita. Simbiosis que les complementará a lo largo de todo el universo de la novela.

Bien sabemos, todos que la presentación de una novela no debe bucear ni mostrar su argumento. No lo haré, no teman. Tan solo pasear por algunas de sus coordenadas esenciales. Les dejo a cada uno de sus próximos y numerosos lectores las sorpresas de su descubrimiento. Puedo advertirles, eso sí, que está escrita adoptando el modelo del mosaico, del fragmento. Que los distintos escenarios, acciones y momentos se van alternando para lograr con tal técnica una mayor agilidad en el relato. Como también decirles que a los dos personajes ya citados se unirán otros con fuerte temple. Así Perpetuo y Custodio, como arquetipos de unas generaciones que vivieron fieles a la tierra y su trabajo, que aceptaron ser sudor sobre ella, que agradecieron lo po-co o mucho que lograran extraerle. Signos ambos de un tiempo pretérito que va desvaneciéndose. O como Casto Santoro y María Jesús “la chuche”, daimieleños en Madrid desde su juventud agitadora años setenta, y que en sus actitudes servirán a nuestro autor para remarcar la dicotomía entre hábitat rural y mundo urbano, tan distintos en las formas y los haceres como idénticos en su esencia social: ambientes en donde la individualidad ve constreñido su desarrollo por el fingimiento y el disimulo, por ese permanente carnaval colectivo que parece haber contaminado nuestro hacer. Lo desolado del río: lo desolado de la sociedad, paralelismo que se sugiere. Sensación esta muy cara para Miguel Galanes, nuestro autor, que ha llegado a titular así, Divino Carnaval, su último poemario. Aunque siempre, siempre, las puertas que llevan a la esperanza permanezcan entornadas, aguardando la mano de nieve que las abra de par en par a la luz de la esencia.

Sí, fue Carnaval aquella máscara del desarrollismo y la productividad con que, en los últimos tiempos del régimen pasado, se quiso vestir el proceso de encauzamiento de Guadiana y la liberación de sus márgenes para zonas de labor; la que se llevó por delante todo un ecosistema de flora, fauna y vida. Pero mucho más Carnaval y más trágico sería, ya en años de democracia, lo que le sucedió: la sobreexplotación del acuífero, esa máscara de progreso que dilapidó el capital de un agua que los siglos y los milenios nos habían donado. Hasta entonces los agricultores vivían de las rentas anuales de aquel capital, pero llegó la ceguera que supone la máscara de la ambición inmediata, y el primer daño, aquel del encauzamiento, se agravó hasta límites insoportables con este segundo. Carnaval, parapeto tras los que asoma, como dice el poeta Iluminado de Néminis, el polvo gris, la turba en ascuas, la garra del desierto. Y Carnaval sigue siendo, con nuevas máscaras, las lentas, las caras, las ineficaces soluciones que se deciden por los responsables actuales. Las que deben conciliar priorizando, usos y derechos. Cuándo terminará la fiesta, nos preguntamos. ¿Llegará nuestra generación a tiempo de ver repuestos los equilibrios que la juerga iniciada hace ya 50 años destruyó?
Cauce de la desolación está escrita desde el buen mirar del narrador omnisciente que sabe del interior de las cosas y los personajes. Y está escrita sin prisas, con pausado ritmo, como la vida, desde la tranquilidad que supone re-correr situaciones y personajes con delectación. Tanto desde el desparpajo como desde la calma tensa de aquel que sabe que cuanto dice proviene de la verdad bebida, aunque se transforme lo justo para el relato. Miguel Galanes, poeta de decir quintaesenciado, nos aparece aquí como narrador premioso que nada teme de las descripciones, bien psicológicas y físicas de personajes, bien ambientales y de escenarios. Descripciones que acuden a lo substantivo de las cosas, y que el lector que fui yo ha recibido con enorme complicidad. Quiero señalar, por ejemplo, la sorpresa que me supuso el amplio y preciso dominio de su vocabulario pastoril al describir los careos de Pedro, en el cuarto capítulo. Pero no se engañen, el sosegado decir del que les hablo viene acomodado al discurrir de los hechos, ya que cuando estos se aceleran, la narración se acera, se vuelve briosa, siempre al hilo de los acontecimientos. Así sucede en el instante, magníficamente descrito, de la tremenda violencia de género que agitará las vidas de algunos de los pro-tagonistas. Así sucederá también cuando del cielo acuda el frenesí de un vendaval que, por sus consecuencias, precipitará lo que ya se preveía.

Miren, es imposible ocultar que Cauce de la desolación ha sido escrita por un manchego: por sus vivencias, por su vocabulario. Cuánto tiempo que no habíamos vuelto a oír ciertas palabras; japoteo, dornajo, mesao,… y tantas otras que aquí se hallan, y que él hace evidentes en su afán por señalar la dicotomía entre vida rural y estilo urbano, entre Lemidai, nombre en reverso de Daimiel, y Madrid; entre pasado y futuro, realidades que no son sino un presente continuado y escindido por 169 kilómetros, en los que tantos han buscado soluciones. Lejana cercanía. Si por el lado de acá, el del barro, hay recuerdos punzantes de la infancia, hay coros de jubilados entre el sol y la acera de pasados casinos, por el de allá, por el del cemento, el rigor de los horarios y el tráfago excitado de la vida en colmena. Miguel, avisado narra-dor, procura mostrar esa contraposición, Para ello recurre en su lenguaje a un hábil paralelismo que la hace más explícita. Para la tradición rural atiende a las sentencias, a los refranes, a esas frases que condensan –con poco decir– una verdad aprendida en la vida, en la experiencia y que nos sirve para fijar comportamientos, sendas de conducta y actuación; mientras que para remarcar el agobio de la urbe recurre a los anuncios, frases breves también, pero que no surgen de la experiencia sino que intentan crear nuevas verdades, provocarnos nuevas formas de conducta que a otros interesan, las que nos encierran, como nuevo rebaño social, en el huerto del consumo y la in-solidaridad. En ambos casos, dos hábitos disfrazadores de lo original, dos tensiones enmascaradoras de una individualidad que nos pertenece como proyecto de ser único que cada uno de nosotros somos. Carnavales que nos abocan a otra desolación: a la íntima de no vivir con autenticidad, sino bajo la sospecha de ser conducidos a una vida pequeña, pastueña, sin hálito.

Quiero acercar mis palabras a su final advirtiendo que el narrador que observa, el que os estará acompañando en toda la novela, dejará paso duran-te los capítulos finales de El fuego. Tiempo de estío, a una voz en primera persona. No es habitual en lo narrativo este cambio cubista de perspectiva. Pero es un recurso dúctil para que Iluminado de Néminis, el personaje del poeta daimieleño residente en Madrid, del que ya hemos hablado, tan lleno de sospechas y dudas, como buen observador, manifieste su compromiso con la decisión de escribir esta obra. Miguel Galanes lo hace impelido por la necesidad de dejar testimonio público de que el hombre puede ser –y lo es a veces– el escombro del paisaje donde habitamos. Y el poeta, el escritor, tiene la obligación de advertirlo. Y decirlo alto. Recurso en donde Iluminado de Néminis, el personaje y Miguel Galanes, el autor, se funden para quedar juntos, para hablar juntos su verdad y dejarla en papel, en documento. Al igual que hizo aquel Francisco “el duende”, cañaero y cangrejero del río de la vida, cuando dejó testimonio hablado, –no sabía escribir– en aquellas cin-tas grabadas en 1997 y que con tanto mimo aquí se transcriben.

Y porque todos sabemos que ser voz impotente, ser testigo impotente del cauce de la nostalgia puede conducirnos no solo a la melancolía, sino a la tristeza y al desánimo, debemos estar alerta; alerta para que ese estado nunca nos lleve a la cobardía del silencio moral. Esta novela pidió nacer para ser grito, grito hermano de un horizonte, de unas tierras, unas aguas y unos hombres a los que el olvido no puede secar. Me permito sugerir que hay en ella un ánimo, no por difuso menos explícito, de expiación y de purificación que nos implica a todos. Y que nos concierne. Porque nos es necesario ca-minar con limpios ojos de futuro.

Gracias Miguel, por tu saber, por tu fortaleza, por tu voluntad. No tengo datos, pero posiblemente, en la decisión de publicar esta novela recordases unos versos de la poeta Chantall Maillard; estos con los que deseo concluir. Escribo/ para que el agua envenenada/ pueda beberse.

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