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Bien, verdad y belleza

- 14 julio, 2017 – 10:2014 Comentarios

MarcelinoDesde la Grecia clásica, la Tríada que resume los grandes valores de la humanidad es el bien (o bondad), la verdad, y la belleza.
Si por algo merece la pena vivir, es por contemplar la belleza.

Eso nos dijo Platón en su obra el Banquete. Pero, ojo, lo que él entendía por belleza no es igual a lo que entendemos hoy.

Para nosotros lo bello estaría relacionado con:

“Aquello que da placer a la vista, al tacto, al oído, al gusto, al olfato. En una palabra, a los sentidos”.

Los sofistas estarían totalmente de acuerdo con la idea anterior, pues entendían la belleza igual que nosotros, un gusto para los sentidos; mero placer sensual.

Sin embargo, para el gran maestro, esa sería apenas una parte de la belleza.

La belleza íntegra abarcaría todo lo que provocara admiración, agrado en cualquiera de sus formas.

Para Platón lo más hermoso que un ser humano puede contemplar es la sabiduría.

Por tanto la belleza iba más allá de los valores estéticos; incluía también los morales y cognoscitivos, al igual que el bien. Y es que, para nuestro filósofo, bien y belleza eran sinónimos. Pero, ¿y la verdad?

De la misma manera que para el pensamiento platónico la belleza era buena y verdadera; la bondad, bella y verdadera… la verdad era bella y buena. Por tanto, la Tríada era indisociable. No era posible un valor sin el concurso de los otros. La resultante de los tres valores estaría en la sabiduría.

Y sabio sería aquel capaz de apreciar el bien, la verdad y la belleza.

A Kant le pareció demasiado exigente el planteamiento platónico, y estando de acuerdo con la Tríada, estableció que cualquiera de ellas podía darse por separado. Si para Platón, un malvado (alguien portador del mal, por tanto, lo antagónico del bien) no podría aportar belleza (una composición musical) porque su maldad corrompería todo lo demás, para Kant sí era posible y esa flexibilidad ha formado parte de la ética de nuestra época, pero…

Platón era más sabio que Kant, infinitamente más. Por ejemplo, si nos mostraran unos cuadros maravillosos y nos dijeran que su autor es un asesino, ¿veríamos la obra con los mismos ojos? Posiblemente no. Eso mismo pensaba el discípulo de Sócrates.

Platón es mucho Platón, aunque el utilitarismo ilustrado de Kant decidiera descargar el peso de nuestras conciencias con tanta exigencia del filósofo griego.

Pero la exigencia de Platón nos permite, a modo de juego, poner a prueba nuestro grado de sabiduría.

¿Seríamos capaces de hacernos preguntas incómodas, perturbadoras, que nos hicieran pensar de verdad si las causas que cada uno apoya o considera justas incorporan en ellas el bien, la verdad y la belleza, o simplemente preferimos no recapacitar y dejarnos arrastrar por la marea de la complacencia, de la comodidad?

Si viéramos la necesidad de replantearnos cosas, ¿lo haríamos?

Todos estamos igual. Nadie está seguro de casi nada. Y la confusión nos envuelve. Pero tenemos que salir de ella. Necesitamos volvernos subversivos. Sí, eso que ya no se dice. Ser subversivo hoy es darle una patada en el culo a lo políticamente correcto, que de correcto sólo tiene la falsa urbanidad de ser amable con quien no lo merece.

¡Hay tantas preguntas en el alero!

Se me ocurren un par a modo de ejemplo, sin pretender otorgarles prioridad ante otras que cada uno pueda plantearse. Las elijo por una sola razón: ser espinosas.

¿Hay bien, verdad y belleza en una sociedad que preconiza que el sexo es una construcción social y que cada uno puede ser hombre, mujer, niño o niña, independientemente de su edad, y cambiarse a su antojo las veces que lo crea oportuno?

¿Hay bien, verdad y belleza en una sociedad que considera al hombre y a la mujer, por el mero hecho de serlo, enemigos históricos en vez de compañeros de viaje complementarios?

¿Hay bien, verdad y belleza…?

Preguntémonos cosas incómodas. Tenemos que decir se acabó, y eso no se consigue con comodidad y sin enfrentar a la confusión.

¿Hay bien, verdad y belleza en que toda la fuerza se nos vaya por la boca?

Efectivamente, ¡hay tantas preguntas en el alero…!

Quizá el bueno de Platón podría ayudarnos a salir de este laberinto.

Sin tapujos
Marcelino Lastra Muñiz
mlastramuniz@hotmail.com

PD: Os dedico “Te quiero igual” de Andrés Calamaro

https://www.youtube.com/watch?v=xJBtFfIcBU0&list=RDfOh1nWPmL2Q&index=16

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14 Comentarios »

  • Angel Manuel dice:

    Es usted un maestro sabio.

    Todas esas preguntas que nos planteas son comprometedoras y por tanto auténticas, realistas.

    Los teólogos heredaron esa Tríada clásica para definir las cualidades de Dios, que es Bondad, Verdad y Belleza.

    Lograr en las actitudes esta tríada exige mucha madurez y examen interior constante y honesto. Es un camino de conquista interior.

    Mi carácter no me lo pone fácil. Pero esa es mi humanidad.

    Siento Don Marcelino fastidiarle a menudo el foro con mi mal carácter.

    Entro como un toro contra lo políticamente correcto y contra el que me lanza un ataque personal y evita la confrontación dialéctica (ahí trato de ser un caballero). Tengo sangre de toro en mis venas. Soy un español cuyo carácter le hace imposible ver la corrida o el encierro desde la barrera.

    Platón era un idealista, es necesario tener ideales porque necesitamos referencias ennoblecedoras. Este es el pilar de la educación.

    Por otra parte está también la realidad. Nuestra Humanidad es imperfecta.

    Qué hubiera pensado Platón de Jesús de Nazaret entrando en el templo y expulsando como un colérico a los mercaderes…

    Nuestra Humanidad tiene que tener referentes ideales, porque o ennoblecemos nuestra vida o la envilecemos. Ahí radica nuestra libertad.

    El sabio Ignacio de Loyola describe la libertad como la capacidad de liberarse DE…PARA… Funcionamos en la modernidad con el
    ser libre para…, sin implicar la necesidad de liberación interior.

    Los griegos eran sabios porque estudiaban la naturaleza humana. El gran error de la Modernidad ha sido olvidarla.

    Lo que es muy cierto, es que necesitamos ver las cosas de forma INTEGRAL, aunque acabemos en el escepticismo (en la misma que acabó el moralista Baltasar Gracián).

  • José Antonio Casado dice:

    Más fácil y breve: Unum, verum et bonum convertuntur. Perdón por el latinajo

  • Á. R. dice:

    Lo dijo el poeta John Keats en su Oda a una urna griega: “La belleza es verdad y la verdad es belleza / no hace falta saber más que esto en la tierra”. Pero Emily Dickinson escribió después: “La belleza es la realidad de la naturaleza”

    Pero el bien es subjetivo. Y la belleza no natural que hay en el arte, también. Aunque, como diga Nietzsche, el arte transforme la realidad en algo que se puede soportar.

  • Ana dice:

    Me permito recordar que en el sentido platónico la belleza iba más allá de los aspectos estéticos. Incluía también los morales y cognoscitivos.

    Habría que recurrir a Schiller para encontrar en la Ilustración a alguien que recuperara el sentido platónico de la belleza, alejado de los relativismos que quieren imponerse.

    • Ángel Manuel dice:

      La mejor forma de corromper al ser humana es hacer como si su naturaleza no existiera.

      Los materialismos filosóficos lo han hecho.

      Coincido con usted, la belleza para serlo es INTEGRA, es decir, completa.

      Y esa integridad la vincula necesariamente con la Verdad (convence) y la Bondad (lidera sin frustrar). En suma, participa de toda aspiración humana a la permanencia.

  • Charles dice:

    Cada individuo tiene una idea diferente y propia de la belleza, ya que para lo que uno es, no lo es para otro, y lo que en un país está social y moralmente aceptado, en otro es duramente castigado; todo es relativo.
    La belleza ya no es lo que era…

  • Intercolumno dice:

    Quien mejor sabe diferenciar el bien y el mal, pues estos se explican por si mismos, son los niños, cuando todavía son inocentes, como nos enseñó Piaget y nos enseña Maffesoli. El mal seduce porque otorga un poder instantáneo: presiente el horror y su utilización. El bien, sin embargo, suele dar sus frutos a la postre, cuando maduran bajo el riego de los años y los buenos nutrientes del saber, a menudo, si no siempre, consecuencia de ocasiones amargas y duras enseñanzas. Aunque el azar, intuyo, a veces desbarata lo que, con o sin arte alguno, edificamos, por lo que nos situamos en una tierra mágica y movediza en la que dichas y desdichas, dones y torpezas quizá no dependan tanto de nosotros como creemos.

    La belleza (la estética, o pulchritudo latina) es más difícil de catalogar y, para mí, sí que es personal, pues va con el temple de las personas. Velázquez y Bronzino lo supieron bien al pintar sus bufones de palacio, por no hablar de la bella fealdad del Bosco. Pero creo que Marcelino (a mí también me gusta tirar de la raíz, la sabia etimología que esclarece nuestra poliédrica lengua) se refiere a la belleza que inspira amor (venustas, o gracia para los romanos, antes que esta fuera gratia). Gracia en su acepción armónica, que, como bien explica María Moliner, “es una cualidad indefinible, que reside más bien en la expresión y que hace atractivo algo, independientemente de su perfección formal”. No en vano, en griego ático, la belleza o gracia y lo bueno, lo noble o conveniente, se decían casi igual, compartían sufijo (κάλλος y καλώς, respectivamente), de donde los latinos tomaron luego el calor-oris, que ayer y hoy nos achicharra, pero que también lo usaban para designar a lo que hoy llamaríamos energía, fuente de amor o fuego del amor interno, frente a lo frío o frigidus, que se refiere a lo lánguido, lo inactivo, lo que hiela el corazón. Estas cosas los antiguos bien que las sabían, pero lo hemos olvidado, como dicen más arriba.

    Yo en la belleza veo un lamento, por eso la reconocemos cuando nos conmueve, aquella que nos hace llorar, porque enseña del amor eterno, del polvo enamorado, que decía Quevedo. Sin llegar a consumar el síndrome de Stendhal – porque, si no, no estaríamos contándolo – a todos nos habrá pasado alguna vez esto que digo, como lo refleja de una manera insuperable Giuseppe Tornatore en su película Cinema Paradiso.

    Para la verdad, la menos escrutable de las tres, me quedo con lo que dijo Borges: “Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen”.

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