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De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (40)

- 11 agosto, 2017 – 08:00Sin comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- Sancho había concertado una nueva reunión con sus socios Diego y Rodrigo, además de la inestimable ayuda de su hijo Juan. Aun recordaba la propuesta planteaba por la Cerera, cuando llamaron a su puerta.

Micvé de antigua sinagoga de Girona (s. XV)

Micvé de antigua sinagoga de Girona (s. XV)

Juanillo, tras pedir permiso a su amo, le precisó:

– ¡Mi señor, don Diego y don Rodrigo han llegado!

– ¡Hazlos pasar, pues, joven Juanillo! – respondió presto el heresiarca.

Recorrieron los dos visitantes el pasillo que les llevaba al despacho de Sancho, y en la misma puerta les esperaba el anfitrión.

– ¡Gracias de nuevo por acudir a mi llamada! – respondió contento el titular de la torre.

– ¡Cuando me necesites aquí estaré! – respondió don Diego. ¡Siempre acudiré a tu llamada, amigo! – precisó don Rodrigo.

La conversación había comenzado poniéndoles en antecedentes respecto a la conversación mantenida con María Díaz, aquella mujer inquebrantable que todos conocían como la Cerera.

– ¡Quisiera conocer vuestra opinión sobre lo que me propuso la Cerera respecto a iniciar la partida hacia las tierras del sur, allá por el reino de Sevilla! – refería don Sancho a sus huéspedes.

– ¡Amigo Sancho, la situación es difícil en lo que respecta a nosotros! – le indicaba Diego de Villarreal. ¡No obstante, mis puertas siempre estarán abiertas si necesitas un lugar donde resguardarte, y, por supuesto, a tu familia! – seguía insistiendo y ofreciendo su mano tendida a su amigo, que para él era casi como un hermano.

– ¡Te agradezco tus palabras, pues veo más posible una salida hacia la vecina Almagro que aventurarme con la Cerera y con todos los que la acompañarían! – respondía complacido Sancho al sentirse tan estimado ante circunstancias tan adversas.

– ¡Por supuesto, qué duda cabe, mi deseo también es el de ofrecerte mi ayuda para lo que necesites! – refería Rodrigo de Oviedo. ¡Además, teniendo la confianza del maestre, quizá tengamos algo más de protección que si te aventurases hacia el reino sevillano!

– ¡De nuevo, Rodrigo, te quedo agradecido, e igualmente hazlo saber al maestre en cuanto tengas ocasión!

Alejada de esta conversación, mientras tanto, y dirigiéndose a la calle Monteagudo el Viejo, la líder conversa María Díaz en su regreso a casa aún recordaba cuando había conocido por primera vez a aquel joven Sancho que años después sería uno de los líderes conversos de Ciudad Real. Para ella, era un igual a pesar de los condicionantes sociales de la época. También lo respetaba por su fidelidad a la ley mosaica, y, por ello, se había convertido en una de las visitantes habituales a la torre del heresiarca en las reuniones que dedicaban a la oración y a recordar cómo aquella señal procedente de tierras ya turcas les había hecho albergar esperanzas respecto a poder manifestar sus creencias con toda libertad en un futuro no muy lejano. María lo había intentado, aunque su destino la llevó de nuevo a tierras de Ciudad Real.

Su arrollada personalidad la llevó a contraer matrimonio en primer lugar con el boticario Juan Díaz, hijo del físico Diego Díaz. De su relación nació su hija Constanza – casada con Juan de Torres –, aunque también tendría dos hijas más: Isabel – que se casaría con el hijo del bachiller de la Plaza – y Leonor – que bebía los vientos por un joven de la vecina Almagro, con el que contraería nupcias. Sin embargo, la relevancia y el carisma de la Cerera, aunque era viuda, la llevarían a una segunda relación, esta vez con Fernando Alonso Cerero.

De este modo pues, el nuevo aluvión de preparativos de cara al nuevo matrimonio lo había tenido que realizar María Díaz, aunque, en este caso, habían menguado los familiares que interviniesen para convenir los términos de la posible dote.

Fiel a la ley mosaica, la casa había sido limpiada y aderezada y se habían realizados las compras de comida oportunas para la ocasión. Otro rito que era habitual, y del que María siempre hacía gala, era el de la inmersión en la micvé como símbolo de purificación de cara a entregarse a su nuevo esposo.

María Díaz siempre se sintió orgullosa de ser fiel a la ley mosaica y así lo manifestaba, llegando a asumir tales riesgos como el de no hacer acto de presencia por la iglesia.

Era frecuente que cuando se aproximaba el sábado, el mismo viernes María y sus hijas Constanza, Isabel y Leonor se dispusiesen a encender candiles en la noche y guisasen la comida que el sábado disfrutarían, evitando así dedicarse a cualquier tarea de trabajo. Llegando el sabbat, vestían camisas y ropas limpias, levantábanse más tarde de lo habitual y dedicaban el día a leer un libro. Dicha costumbre era conocida como sabadear.

Mas la fama de la Cerera llegaba a tal extremo que cuando la ocasión lo requería y asistía como invitada a casa de sus familiares, su presencia era considerada de tal honor que gustosamente le cedían la cabecera de la mesa para presidir el Seder o bendecir el pan cenceño y el vino que posteriormente era servido para los asistentes a dicha celebración. Así ocurría en la casa de su hermana Leonor González, aquella que estaba casada con Alonso González del Frexinal, y que, como cabeza de familia, abandonaba su lugar de preeminencia ante tan magna invitada.

Sería en una de aquellas cenas cuando la cuestión del traslado hacia el reino sevillano, nada desconocido para el cabeza de familia de la casa – Alonso González –, se plantearía como un futuro no muy lejano.

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La alegría que había inundado la vida de los jóvenes padres en la villa de Ixar parecía que no sería eterna. Corrían ya ciertos rumores de la dureza con que la represión de la nueva institución conocida como Santo Oficio actuaba, utilizando los medios que tuviesen a su alcance.

Los jóvenes, aún no muy vividos en las desventuras que conllevaban el transcurrir de los años, se sentían temerosos de perder su reciente situación de protección tanto en la imprenta como en la cocina del castillo, tanto bajo la tutela de Eliezer ben Alantansi como la protección de doña Mariam. Además, más recelosos estaban al no haber podido regularizar su situación como pareja y de padres.

Sin embargo, aún ellos no parecían ser el centro de atención de la actuación inquisitorial, y apenas se sabían noticias respecto al soldado Alfonso García, esposo de la joven Cinta.

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