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De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (49)

- 9 noviembre, 2017 – 14:00Sin comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- Difíciles serían las experiencias que habrían de sortear los conversos acaudillados por Sancho de Ciudad, tal como si se tratase de las diez pruebas de fe que Abraham superó, como así se constata en el midrash. Sin embargo, la conciencia que los mismos albergaban en su grandioso destino les llevaba a mostrar su fe en la ley mosaica con todo rigor, convirtiéndose así en unos judíos que despertaban gran estima entre sus correligionarios. Por el contrario, los que sentían profunda animadversión pensaban lo contrario al respecto: ¡Aquellos perros judíos debían arder en las llamas del infierno! Aunque esto no sólo sería planteado por los cristianos viejos.

Restos mudéjares descubiertos en 1991 en una casa de la calle de la Estrella

Restos mudéjares descubiertos en 1991 en una casa de la calle de la Estrella

Sancho había hecho gala de una firme convicción en sus creencias judaicas. Su personalidad era incuestionable. Su esposa siempre recordaba la buena educación que había demostrado y otorgaba parte de esa responsabilidad a su suegra Leonor González, la estricta, aunque cariñosa, madre de Sancho. Esa misma firmeza la vería su suegro y padre de María, Pedro González de Trejo, el día que llegó a un acuerdo matrimonial con su consuegro para estrechar lazos entre ambas familias.

Las circunstancias que acaecieron en esos momentos requerían de esa fuerza que siempre había mostrado Sancho. Ciudad Real se había convertido en el corazón donde había germinado la rebelión contra la monarquía orquestada por el Maestre de Calatrava, Rodrigo Téllez Girón. Enfrente se encontraba el bando de los aspirantes al trono castellano, Isabel y Fernando. Entre los rebeldes se encontraban los nombres de conversos ciudarrealeños tan conocidos como el propio Sancho, “la Cerera”, González Pintado o Juan Falcón “el Viejo”, entre otros.

Cuando se inician diversos disturbios en contra de los conversos en Ciudad Real, a lo largo del mes de octubre de mil cuatrocientos setenta y cuatro, muchos de ellos emprenderían la huida hacia la vecina Almagro, pues en ella tenían vínculos familiares y gozaban de la protección del moraleño maestre calatravo don Rodrigo Téllez Girón. Otros, no obstante, buscarían la protección del noble don Luis de Portocarrero, señor de la localidad cordobesa de Palma del Río. Entre los primeros se hallaban Sancho de Ciudad, Juan González Pintado o Juan Martínez de los Olivos. Entre los segundos, la familia de María Díaz “la Cerera”, entre las que se encontraban Leonor González y su marido Alonso González del Frexinal, sus hijos entre los que destacaba el mercader de paños Juan de la Sierra o Juan Falcón “el Viejo”.

Cuando la guerra civil puso en liza el bando de Isabel y Fernando contra el de “la Beltraneja”, gran parte de los conversos tomaron partido por los de esta última, siendo liderados por el marqués de Villena y el maestre de Calatrava.

Tras las muertes de don Juan Pacheco en octubre y de Enrique IV del diez al once de diciembre de ese año, Isabel se autoproclamaría reina de Castilla con el apoyo de la ciudad de Segovia y de algunos grandes nobles, entre los que no se hallaban los del bando rebelde. Sin embargo, poco después tanto el marqués de Villena y el maestre de Calatrava como otros nobles rebeldes, mostrarían cierta sumisión con el objeto de ganar tiempo a la espera de que llegase la ayuda del rey portugués.

Llegó entonces con el año de nuestro señor Jesucristo de mil cuatrocientos setenta y cinco, la intervención contra los que se habían sublevado. Para ello fue nombrado don Rodrigo Manrique un veintiocho de enero y tenía por misión averiguar quiénes habían intervenido en el tumulto, llevando a los culpables a la cárcel y procediendo a la confiscación de sus bienes. El clavero acompañó a don Rodrigo, consiguiendo ambos en un tiempo relativamente corto la recuperación de Ciudad Real, expulsando con ello a las tropas del maestre.

Poco después, el treinta del mismo mes, se pretendió restaurar la vida cotidiana y remendar el deterioro que la ciudad había sufrido entre cristianos viejos y nuevos, aunque fue, por entonces, cuando el marqués de Villena inició la sublevación.

Sin embargo, el calatravo aún tenía partidarios dentro de la ciudad, sobre todo en el grupo de los judeoconversos, muchos de los cuales perderían sus cargos de regidores al ser depuestos. La orden al respecto sería dictada por los propios monarcas, Isabel y Fernando, siendo destituidos de sus cargos de regidores, entre otros, Sancho de Ciudad, Diego de Villarreal, Juan González Pintado y Fernando de Torres, e incluso Alonso de Castro, hijo del afamado converso Men Gutiérrez, se vería obligado a emprender la huida y encontrar cobijo en Almagro.

En esas circunstancias, nuevamente Sancho de Ciudad había encargado un nuevo recado a su hombre de confianza, Juanillo. En este caso, debía ser lo más raudo posible en comunicar el inicio de la marcha. Primero debía ponerse en contacto con los que serían los nuevos anfitriones, sus socios y amigos Diego de Villarreal y Rodrigo de Oviedo. Y, seguidamente, pondría sobre aviso tanto al regidor Juan González Pintado como al ovejero Juan Martínez de los Olivos.

– Estaré aquí, mi señor don Sancho, lo más pronto que el viento me traiga de regreso – respondió el jovenzuelo al heresiarca.

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Llegó un nuevo día. En casa de la señora Mariam el silencio se había adueñado de cada una de sus estancias. Nadie parecía querer contemplar el nuevo amanecer. El cansancio había hecho mella en cada uno de los moradores que allí residían.

Entonces comenzó a haber algo de movimiento en la cámara donde yacía la joven pareja, próxima a la cual ya se encontraba su tierno retoño. Por otro lado, la señora Mariam había regresado a su habitación tras las horas de vigilia obligadas ante las fiebres del bebé.

En ese momento se oyeron unos leves golpes en la puerta de entrada.

– ¿Quién va? – respondió la señora Mariam desde la cocina.

– Soy Eliezer, querida amiga.

En ese preciso instante, se había el cerrojo que daba seguridad en la noche a los que allí residían.

– Buenos días, Mariam. ¿Cómo ha ido la noche? ¿Qué tal se encuentra el pimpollo? – preguntó el médico – impresor a su estimada compañera de fe.

– Todo parece estar en calma en estos momentos. Los muchachos aún descansan. El pequeño parece que está mejor, aunque eso debes observarlo mejor tú – respondió la señora de la casa.

Sin más dilación, Mariam acercóse a la estancia de los jóvenes padres y con un golpe en la puerta, los puso en aviso:

– Muchachos, el desayuno está en la mesa. Y tenemos visita. Eliezer ha llegado.

Ambos se estaban desperezando después de estar entrelazados tras una larga noche. Pusieron entonces su tierna mirada en la criatura, que al verlos esbozó una pequeña y pícara sonrisa. La respuesta de ambos fue inmediata: una sonora carcajada.

Pocos segundos transcurrieron para que la puerta de la habitación de los jóvenes se abriera y permitiera el acceso a Eliezer. En ese momento, todos tenían sus ropas enfundadas. Nadie dejaba al descubierto las carnes que no debían ser descubiertas. Mas aún al estar en presencia de un médico, pues siempre el pudor hacía mella en personas tan jóvenes.

– ¿Cómo ha pasado la noche vuestro hijo? – se dirigió cariñosamente el médico a los padres.

– Muy tranquilo, Eliezer – respondió Ismael. Nos hemos ido turnando para que alguno siempre estuviese pendiente de él. Sin duda alguna, la ayuda inestimable de doña Mariam nos ha venido bien para poder conciliar el sueño durante algunas horas. En ese momento, el joven agradecido dirigía una mirada cómplice hacia la dueña de la casa, la cual respondió ufana con un gesto de asentimiento.

– Bien, voy a observarle un poco. Acercarme un poco de agua tibia y un paño para limpiar el sudorcillo que ha desprendido con la fiebre – dirigióse el médico a los tres que contemplaban la escena.

– No faltaba más – respondió la anciana. En un momento te lo traigo, Eliezer.

– Ismael, veo que aún tienes cara de sueño. Te dejo la mañana libre para que te ausentes de la imprentas y así recuperar algunas fuerzas y ocuparte de las tareas pendientes que tengáis en casa – dirigió su mirada paternal el médico a su joven discípulo.

– Gracias, mi señor, os lo agradezco – respondió el joven.

En ese momento, entró con una jofaina la señora de la casa, y, tras haber oído las palabras de su amigo, habló a la joven Cinta:

– No te tengo que decir nada al respecto, muchacha. Me pasaré por las cocinas del castillo para dar aviso de que te quedas esta mañana acompañando a tu amado Ismael y tu querido retoño. No admitiré un “no” por respuesta – indicó la señora.

– Gracias, señora. No sabré como agradecérselo – respondió amablemente la joven. Mientras tanto, me haré cargo de las faenas de la casa y así poder ayudarla para que también pueda descansar tras la larga noche que ha pasado.

– Todo está evolucionando bien. El muchacho parece que será fuerte. La fiebre ha remitido y no presenta ninguna dolencia más. Aún así, habrá que estar vigilantes durante una semana al menos para estar más tranquilos. Me marcho, pues, para la imprenta y a la noche regreso – tras indicar el diagnóstico a los asistentes, el médico abandonó la casa en la que la calma parecía que ya se había instalado tras la paulatina recuperación del bebé.

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