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Y llegará septiembre (2)

- 1 febrero, 2018 – 09:01Un comentario

postales-desde-itacaAl principio, no se percató de ningún movimiento ni ninguna voz que contestase. Otros tres golpes más. Nada. Decidió entonces ir hacia la ventana de donde salía la luz y golpeó el cristal levemente con los nudillos. Temía romperlo. Se acercó para poder ver entre las cortinas, que debieron de ser blancas alguna vez. El viejo estaba sentado delante de un pequeño televisor, de los antiguos. Esta vez golpeó más fuerte. El hombre se giró y contempló la ventana.
Sara le hizo señas de que iba hacia la puerta.
—Ábrame, don Luciano. Soy Sara, la de «Morretes». —Así llamaba el viejo a su padre, porque le gustaba comer y beber a todas horas. Fue hacia la puerta principal, cochambrosa y desgastada. Oyó los pasos del viejo acercándose. Arrastraba los pies. El cerrojo sonó violentamente cuando lo quitó.
—¿Qué quieres? ¿Quién eres? —farfulló el viejo—. No compro nada ni quiero saber milongas sobre el reino de Dios y la salvación. —La miraba, con la puerta entornada. Sara se acordó de esos ojos negros, siempre brillando, si no era por el vino, por el movimiento de las mujeres que perseguía con ellos.
—¿No me recuerda? Soy Sara, la de Morretes. Veníamos todos los años a vendimiar mis padres y yo. Yo me quedaba con usted por las mañanas mientras ellos iban a trabajar. —Sara se colocó de tal manera que la luna iluminase su rostro y así hacerle más fácil recordar al viejo, que la miraba sin reconocerla. Después de escudriñarla un rato, que a ella le pareció eterno, abrió de todo el viejo portón.
—Te pareces mucho a tu madre. Tan guapa como ella. Y con su pelo rojo, de «diabla». Entra, entra… —Sara pasó a su lado, despacio, sabiendo que el viejo la estaba comiendo con los ojos. «Las malas costumbres no cambian», pensó mientras accedía al salón. Se sentó en un viejo sofá, tapizado en su momento de seda color burdeos, ahora deshilachado, con cojines apelmazados pasados de moda. Un olor rancio, asfixiante, recargaba el ambiente de la habitación. «Por Dios, este hombre lleva sin abrir las ventanas años».
—¿Y qué te trae por aquí? Si buscas trabajo ya no hay. Yo hace años que dejé de recoger. Unos del pueblo vienen y se lo llevan, lo que saquen para ellos. A mí, mientras me traigan vino para pasar el año, me vale. —La miraba con suspicacia.
—No, no, no es eso. Tuve un poco de nostalgia y decidí acercarme para recordar esos buenos tiempos, nada más. —Sara se recostó un poco, sabiendo que así la falda se le subiría un poco más por encima de la rodilla. El viejo miró sus piernas de reojo.
—¿Tus padres? Ya estarán viejos, como yo… Como todos… —el viejo no dejaba de mirarle las piernas mientras hablaba.
—Mi padre murió hace cinco años y mi madre el año pasado. Por eso, al llegar septiembre, me ha entrado la melancolía. Me acordé de los buenos tiempos cuando venían a vendimiar aquí, los días de risas y trabajo duro. Pensé que era buena idea volver —respondió Sara. Miró hacia el pasillo. Lo recordaba igual de largo y oscuro. De él, salían tres estancias grandes, que era donde se alojaban los jornaleros. A ellos, como iban en familia, les permitía estar en una de las habitaciones de arriba—. ¿Se acuerda de lo bien que lo pasábamos por las tardes, cuando ya todos habían descansado, y organizaban las cenas y el baile? Usted sacaba vino de su cueva…
—Sí… Fueron buenos tiempos. Y yo no era de los peores. Os trataba muy bien, ¿a que sí? —dudó un poco, pero al final le dijo—: ¿Quieres ir a la cueva y tomar un vino? Es lo único que me queda…
Sara asintió. El vino del viejo era el que había probado por primera vez. Recordaba que, una mañana, cuando ella tenía diez años, el viejo la bajó a la cueva, donde tenía cinco barricas. Allí pintaba, hacía deberes, leía o jugaba hasta que volvía su madre, que era siempre la primera de la cuadrilla en llegar al acabar la faena. Esa mañana, como todas, el viejo, sentado en un taburete de madera, con un vaso de vino que sacaba de una de las barricas, mientras la miraba dibujar, le dijo: «Yo creo que ya tienes edad para probar uno de los mejores placeres que da la tierra: el vino. Tienes que hacerlo despacio. Primero, mirando su color. Después, oliéndolo, pero sin moverlo, para que aspires los aromas que provienen de la uva». El viejo agitó el vaso en movimientos circulares. A Sara le sorprendió la vertiginosidad que le daba al líquido. Después, le dio un trago. Con la boca, lo que a Sara le parecían muecas excéntricas, el viejo sacaba más aromas, según le explicó cuando tragó, los que el vino había adquirido en la fermentación y en la barrica, recordó. Le pasó el vaso a Sara y ella imitó todo lo que el viejo había hecho. Cuando tragó, el viejo le preguntó. Y ella contestó que moras y frambuesas. El viejo se rio y le dijo que no estaba mal para ser su primera vez. Sara recordaba esa historia mientras se sentaban en los mismos taburetes, desvencijados ya. La mesa estaba también igual. Y las barricas… Las cinco, colocadas en la pared del fondo, de roble americano. «El gran tesoro del viejo», pensó Sara.
El viejo sacó dos vasos y los llenó de la primera barrica. Sara lo miraba, mientras él le iba contando que se sentía muy solo. La casa ya no se llenaba y echaba en falta compañía.
—Yo, que tuve a tantas mujeres como quise… y las que pude pagar. Ja, ja, ja… —La carcajada hiriente del que sabe que está incomodando al otro—. Y ahora estoy solo. De vez en cuando, me bajo al pueblo, a descargar, ya sabes… —Le guiñó un ojo a Sara mientras bebía—. Los hombres no dejamos de ser hombres con la edad.
A Sara cada segundo le parecía más eterno. Llegó a pensar que no había sido tan buena idea su plan de ir a casa del viejo, aunque lo recordase igual de baboso que ahora. «A lo mejor, hubiese tenido que venir de día». Empezó a asustarse por si algo salía mal. Estaba sola con él, en medio de la nada, y la casa más cercana estaba a kilómetros y con cientos de hectáreas de viñedo por en medio. No, no era como ella lo había imaginado. El viejo se levantó, tambaleando, y colocó su taburete al lado. La mano derecha le caía como muerta sobre la rodilla de Sara, pero esta no se inmutó.
—¿Recuerda que pasábamos aquí todas las mañanas? Usted con sus libros y sus cuentas, y yo con mis dibujos… —Sara intentaba parecer serena, pero la voz le temblaba un poco.
—Sí, sí… —respondió el viejo, ya borracho—. Claro que me acuerdo. Y tu madre bajaba las escaleras para recogerte. Tan guapa que venía, con el sol en la cara, sonriendo, y sus largas piernas… —Recorría la parte baja del muslo de Sara con un dedo—. Sí que me acuerdo…
Sara cerró las piernas.
—Aquí me habló de la «barrica mágica», ¿se acuerda? —El viejo retiró la mano de golpe. La miró curioso, con los ojos negros, vivos otra vez. Escudriñaba el rostro de Sara por si descubría algo que se le había pasado al abrir la puerta. Sara, con cara de ingenua, le mantenía la mirada, desafiante. Se levantó del taburete, acercándose a las barricas. Las rozaba por encima, pasando el dedo índice entre las duelas, aprisionadas por los flejes.
—Esa historia de la barrica mágica me fascinó, hasta me llegó a obsesionar… —De espaldas al viejo, cambió de la primera a la tercera barrica. No lo oyó moverse, así que no pudo saber cómo había sido capaz de llegar tan rápido y abalanzarse sobre ella. La tiró al suelo y se colocó a horcajadas encima de Sara. El viejo le gritaba: «¿A esto has venido, zorra? ¿Es esto lo que querías de mí?». Le arrancó la camisa blanca que Sara había planchado de manera tan cuidadosa el día anterior. Ella se defendía con los brazos, a modo de escudo, pero la fuerza del viejo era extraordinaria. «Me va a matar». Fue lo único que pensó cuando el viejo la agarró con las dos manos el cuello y empezó a apretar. Entre lágrimas, al ver que su plan no era tan bueno como ella había ideado, vio a su lado un tablón suelto. Arrastró el brazo derecho lo que pudo para cogerlo, pero el viejo la tenía inmovilizada entre sus rodillas. Sara se armó de fuerza. Tenía que escapar de allí y consiguió asir el palo. Lo estampó en la cabeza del viejo. Este, aturdido, porque no sabía de dónde le había venido el golpe, la soltó para tocarse la cabeza. Sangraba un poco la sien. En ese momento, Sara aprovechó para zafarse de las piernas del hombre y lo tumbó. Empezó a golpearle con el palo: una, dos, tres… Dejó de contar. La sangre iba cayendo en hilo por el suelo anaranjado. Paró un momento para contemplar al viejo, que yacía sangrando sobre la terracota. Abrió las barricas. Un pequeño riachuelo rojo, de vino y sangre, empezó a teñir las baldosas. Cerró su bolsa de viaje y se marchó corriendo. Salió despavorida por el camino de la finca sin mirar una sola vez atrás. El miedo la invadía. «Tranquila, ya estás fuera. Corre, Sara, corre». Le pareció oír una voz que la llamaba desde el fondo de la casa.
Al salir de la finca, pensó en recorrer el camino de los pinos y salir a la carretera y allí pedir auxilio. Pero eran ya las cuatro de la mañana y no pasaría nadie por allí. No sabía si el viejo tenía coche y podía atraparla fácilmente. Paró en seco y se quedó mirando la valla de enfrente, la nueva, la pintada. Todo en su cabeza iba más rápido. Saltó y empezó a correr entre las viñas. Seguía oyendo la voz que la llamaba. «Sara, vuelve». La casa blanca se atisbaba a lo lejos, pero Sara sabía que no iba a llegar. Le faltaban fuerzas. Miró hacia ambos lados. La luna iluminaba los racimos. A su izquierda, airén. A la derecha, tempranillo. Y cayó en la cuenta entonces. La airén se recogía la última. Su padre le decía todos los años el calendario de recogida, para que ella lo memorizara y así jugaban a averiguar cuál era la siguiente. La voz se oía más clara ahora, eso creyó ella. Se metió entre las parras de las uvas tintas y corrió a agazaparse entre las cepas. Lo más seguro era que empezasen a recoger la uva por allí antes que por la blanca. Tenía ganas de llorar y de reír a la vez. Había escapado. Aunque el viejo la persiguiese, no sabría dónde estaba escondida. Esperaría a que llegasen los jornaleros y la sacarían de allí. Y con esos pensamientos empezó a tranquilizarse, mientras agarraba fuertemente su bolsa roja. «En un par de horas, estaré a salvo», se repetía como un mantra. Los pámpanos, que ya estaban recogiendo rocío, le mojaban la cara, pero ella no quería moverse por si la descubría. Al final, el cansancio la venció y se durmió. Unas voces alegres y dicharacheras de un idioma que desconocía la despertaron al cabo de unas horas. Se levantó y salió hacia el camino, tambaleando.
—Por favor, ayúdenme —logró balbucear. Y cayó con las rodillas en la tierra.

(Continuará…)

Enlace a primera parte


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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