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De heresiarcas, traperos y hombres de Dios (57)

- 5 febrero, 2018 – 10:46Sin comentarios

Manuel Cabezas Velasco.- Mientras leía atentamente la información que se desprendía de las cartas remitidas por Sancho de Ciudad, a Juan González le asaltaban los recuerdos de su vida pasada, ya lejana en el tiempo, en la que conoció de primera mano la personalidad de este heresiarca que tan importante autoridad moral atesoraba en el conjunto de la comunidad conversa ciudadrealeña.libro

A pesar de todo ello y de los quebraderos de cabeza que habían supuesto para él por la inalterable tozudez del regidor y recaudador de impuestos en episodios tan relevantes como aquel en que ambos fueron parte integrante de un grupo de regidores que se dirigieron en comisión a la villa de Aranda, Juan González le respetaba e incluso en algunos aspectos le envidiaba. Así ocurría pues su actitud no era tan firme a la hora de cumplir con la ley mosaica sino más bien era condescendiente tanto con los cristianos viejos como con los cristianos nuevos. Esto quedaba de manifiesto por ejemplo cuando, al ponerse a la mesa, gustaba que se sirvieran platos representativos tanto de la cocina cristiana como judaica. Por ello mismo era costumbre común que se sirviera la adafina. No importaba quien estuviera a la mesa, ya fuese vizcaíno o de otro origen, incluso hebraico, puesto que su propia esposa era conversa.

Toda esta actitud de relativizar las cosas y los acontecimientos le venía dada por los años de experiencia y por haber estado al servicio de uno de los personajes más representativos de la corte, el erudito Relator y Secretario Real Fernán Díaz de Toledo, a cuyo servicio y tutela estuvo durante décadas desde su años de juventud. Con él, se iría formando, junto a sus hijos e incluso con el que fuera más tarde cronista de los Reyes Católicos Hernando del Pulgar, adquiriendo los conocimientos suficientes que le convertirían en Secretario durante los reinados de los reyes Juan II y Enrique IV. Estudió por aquel entonces latín, ortografía, caligrafía e, incluso, composición legal, aunque a pesar de todo ello, nunca se encontraría a la altura, dentro de la comunidad conversa, de Sancho de Ciudad. Eso siempre lo recordaría, muy a su pesar… y, sin embargo, a pesar de las diferencias que existían entre ambos, se erigirían en dos pilares fundamentales dentro del mundo judeoconverso de Ciudad Real.

Tras la absorta lectura en las líneas garabateadas por el heresiarca, el Regidor cayó en la cuenta de que no permanecía solo. Tenía frente a sí al joven muchacho que era portador de las nuevas de don Sancho. Había finalizado su lectura y recordó que Juanillo requería una respuesta para su amo. Se puso a escribir pensando los pasos a seguir en el plan escalonado de huida que habían acordado entre Sancho, Martínez el ovejero y él mismo.

– Muchacho, ¿estás cansado de esperar la respuesta de este pobre viejo? – tras la finalización de unas escuetas aunque precisas líneas, refirió con sorna don Juan, al observar que a Juanillo le comenzaban a fallar las fuerzas y no parecía mantener sus ojos abiertos durante mucho tiempo.

– No se preocupe, señor Regidor. Estoy aquí para lo que usted me requiera, esperando su contestación para así regresar y entregársela raudo a mi señor – respondió el muchacho.

– Está bien, aunque veo que necesitas algo de descanso y quizá debas ir acompañado a tu regreso para mayor seguridad. Aquí tienes lo que esperabas – respondió el señor González, entregándole una misiva para su señor.

– Como usted guste, don Juan. Por mí no se preocupe. Estoy para servir a don Sancho y siempre lo estaré. Ya tendré tiempo de descansar cuando cumpla con mi encargo. Gracias a usted por las atenciones recibidas y si mi señor me vuelve a requerir, noticias mías tendrá – la agradecida respuesta del muchacho dio por terminada su presencia en el despacho del Regidor.

Encaminóse hacia la cocina donde se hallaba el criado con el que anteriormente había conversado. El mismo le esperaba y, siguiendo los deseos y órdenes de su señor, se dispuso a acompañar al joven Juanillo.

– No te preocupes. No será necesario, pues aún no ha anochecido y no habrá sombras de las que tenga que ocultarme – de nuevo, el muchacho se sentía agradecido, esta vez ante el criado.

– Está bien, Juanillo, como desees. No tienes nada más que decirme. Te deseo un feliz regreso – el criado de don Juan entendía que si su amo le veía llegar acompañado quizá podía creer que algo hubiera ocurrido, y entendió que rechazase una ayuda que parecía, en ese momento, innecesaria.

Alejóse entonces el muchacho de la morada de Juan González Pintado en dirección a la casa de su amo, donde se hallaba la torre de Sancho de Ciudad. Poco tiempo necesitaría para alcanzar su meta, mas no debía levantar sospechas en su trayecto, ya que lo que llevaba en su zurrón ponía en peligro no sólo la vida de su señor y su familia sino también de otros miembros importantes de las comunidades conversas ciudadrealeña y almagreña.

Entretúvose en su camino con aquellos que le saludaban a su paso con el fin de no levantar sospechas. El joven mantuvo la calma, a pesar de tan tamaña empresa que le había sido encargada. Pocos metros ya quedaban para su llegada. Alcanzó el aldabón de la puerta principal y enseguida vio la puerta abierta.

– Buenas tardes, chiquillo. El amo te espera en su despacho. No te entretengas – le indicó el criado de mayor edad que estaba al servicio de don Sancho.

– Gracias. No tengo nada más que decir. Voy para allá – respondió Juanillo.

El camino que había andado en multitud de ocasiones, últimamente lo había hecho con mayores responsabilidades. Llegó entonces a la puerta deseada y, antes de dar el segundo golpe, se oyó a lo lejos:

– Entra sin demora, muchacho.

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Los suculentos dividendos que el socio capitalista de la imprenta hijarana le reportaban sus negocios tenían orígenes diversos. Sus importaciones de tejidos, pieles e incluso de esclavos, así como el comercio de oro y piedras preciosas, le habían posibilitado no perder el vínculo con un puerto de sobra conocido por Salomon ben Maimon Zalmati: Valencia. Pero también tenía otros vínculos con aquellas tierras, estando uno de ellos íntimamente relacionado con el mundo de la imprenta: era su antiguo socio, el cordobés Alfonso Fernández de Córdoba, platero e impresor que, tras ejercer su profesión por tierras de Burgos, había sido fiel colaborador del maestro de Colonia Mosen Lambert Lampart aunque también contraería ciertos problemas con la Inquisición tanto en Valencia como en Murcia, por ser judeoconverso de origen.

Así llegó un día en que un rostro desconocido para muchos franqueó la puerta del taller tipográfico de Ixar. En ese momento la mirada de Zalmati, que ese día lo había dedicado a dar un repaso por las tareas cotidianas que se llevaban a cabo en la imprenta, se dirigió hacia el recién llegado. Era alguien que le resultaba muy familiar, mas no pertenecía a la comunidad hijarana. Salomon ben Maimon se dirigió hacia la puerta para encontrarse a la altura del que, para los demás, era un completo desconocido.

– ¡Maldito platero cordobés! ¿Qué hacéis vos por aquí? – inquirió el comerciante con demasiada confianza hacia el ignoto recién llegado.

– ¿Eres tú, judío Salomon? ¡Qué avaro estás hecho! – respondió al instante, Alfonso Fernández, reconociendo a su otrora socio.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cómo os halláis por estas tierras? ¿Acaso la justicia aún os quiere pedir cuentas? – siguiendo en el clima de confianza mutua, Zalmati había iniciado una conversación con su antiguo socio sin caer en la cuenta que no se encontraban solos.

– Más o menos, pues no erráis en absoluto. Por ello andaba en vuestra búsqueda, ya que averigüé, poco antes de partir, cual podría ser vuestro actual paradero. Debía alejarme para no ser apresado, mas creo que no soy el único sorprendido de mi llegada. ¿Me vas a presentar a todos los que contemplo con la boca abierta? – respondió el otrora orfebre ante la atónita mirada de todos los operarios y demás personas presentes en el taller por el sorprendente júbilo del tacaño y hermético Zalmati al acoger al recién llegado.

– Cierto es. Acercaos, pues estamos entre hombres de imprenta. Os presento al orfebre cordobés Alfonso Fernández de Córdoba, con el que también estuve trabajando en las imprentas de Valencia y Murcia – dirigiendo a la mirada hacia Eliezer y Ben David principalmente, pues el joven Ismael continuaba sin gozar de las simpatías del empresario. Aquí están mis socios, el impresor Eliezer ben Alantansi y el corrector Abrahan Isaac ben David – señaló echando la vista hacia su otrora socio.

– Mucho gusto en conocerlos. No les interrumpo en su tarea, pues sólo quería saludar a un viejo amigo – respetuosamente saludó el visitante ante el educado gesto de los presentes.

– Está bien, Alfonso. Acompáñame, pues a buen seguro tienes muchas cosas que contarme – alejándose de los que aún trabajaban en el taller, Zalmati despidióse con un gesto y se llevó lejos de allí a su otrora amigo y socio.

La llegada del impresor cordobés le llevó a Zalmati a plantearse la posibilidad de ampliar el negocio tipográfico más allá del ámbito estrictamente hebraico, pues Fernández de Córdoba era un gran conocedor de los libros religiosos como la Biblia o los dedicados a la Virgen María. Por ello, los pasos de la conversación con su estimado platero cordobés les condujeron a tratar de entablar una conversación con el propio Duque de Ixar, allá en el castillo.

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Aunque la fortuna les había alejado de ser presa de embarcaciones atestadas de piratas, la bravura con la que la noche anterior había azotado las aguas del Mare Nostrum a la nave donde tripulaban el grupo de judeoconversos acaudillados por Sancho de Ciudad, había dejado en muy mal estado a la misma, haciendo casi impracticable su avance sin una urgente y concienzuda reparación.

Para ello sería necesario tomar tierra y reponer las materias dañadas. El velamen estaba hecho girones y las maderas que los soportaban habían quedado reducidas a la mínima expresión, alejándose parte de ellas flotando en las aguas mediterráneas.

La respuesta del patrón al heresiarca había destrozado todas las ilusiones que se habían puesto en la travesía que tendría como primera escala la península italiana. Sin embargo, por la experiencia en reveses pasados, Sancho no era ajeno a que desgraciadamente ya sólo cabía una posibilidad para reparar la fusta: regresar al puerto de Valencia.

El rostro de los fugados se había inundado de la mayor de las tristezas. El regreso a tierra firme implicaba estar a expensas de ser atrapados por aquellos de los que se huía: el Santo Oficio.

La dura decisión debía ser firme. Sancho, muy a su pesar, lo tenía claro, aunque quiso ponerlo en común para que el acuerdo adoptado fuese unánime. Todos estaban pendientes de lo que él les diría, tras haber terminado de dialogar con el cántabro Núñez. En ese momento, se alejó del navegante para encaminar sus pasos hacia sus compañeros de viaje, y dirigiéndose a ellos les expresó:

– Difíciles son los designios que Adonay nos tenía reservados para ser dignos de él. Hablando con el señor Núñez, experto naviero que se ha visto en aguas más bravas, me ha corroborado la imposibilidad de avanzar con una embarcación tan maltrecha. Necesita ciertas reparaciones y para ello el material debe ser adquirido en tierra firme. La tormenta, por la que atravesamos la noche pasada, no sólo implicó daños en la nave sino que nos alejó más de nuestro objetivo, enviándonos vientos contrarios que nos condujeron más cerca de la costa. Por ello, la tierra firme que más cercana nos puede servir para proveernos de maderas y velámenes es el propio puerto de Valencia. Sé que no es lo que esperabais oír, sino más bien palabras de esperanza, pero la situación está así de adversa. Espero que me digáis vuestra respuesta, pues la decisión que se tome nos afectará a todos en conjunto.

– Mi estimado Sancho, por lo que a mí y mi familia respecta, tus sabias palabras nos han ilustrado de que sólo existe una decisión posible, aunque a todos nos pueda pesar: es el regreso. Creo que no hay alternativa y siempre apoyaré tu acertado juicio – como cabeza de familia y consuegro, Pedro González respondió dando la razón a Sancho.

– Amado padre, querido suegro. Amadas esposa, madre y consuegra. La sabia voz de la experiencia ha hablado por boca de ambos. No creo que quede mucho que decir, aunque el dolor, ante el revés sufrido, nos aflija. El temor ante lo que podemos encontrarnos en nuestra vuelta estará presente en nuestras cabezas y nuestros corazones, pero si tenemos la oportunidad de volver a intentarlo, así lo haremos. Que Adonay nos conceda esa dicha. Estoy de acuerdo con lo aquí expresado – el tercer varón de los fugados, el más joven, el futuro padre primerizo, Juan de Ciudad, asumió la desventura que la mar bravía les había impuesto.

Las mujeres, fieles esposas, amorosas madres, – una de ellas aún inexperta en estas lides – asintieron, sin mediar palabra, refutando todas las expresadas por sus respectivos esposos. No hubo entonces nada más que decir. Una leve mirada de Sancho hacia el señor Núñez le indicó la decisión adoptada. La unanimidad del acuerdo entre todos los allí presentes les condujo de vuelta al puerto levantino.

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