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El Arte como problema y los problemas del Arte.  Sobre Arte en Castilla-La Mancha

- 11 febrero, 2018 – 14:402 Comentarios

José RiveroHace unos días, el 3 de febrero, un suplemento cultural de relieve nacional, quiso construir el relato de la música popular del siglo XXI o de la música venidera en los próximos años. Un relato más como una anticipación posible o como una tendencia probable, que como una constatación  del  presente imposible. Aunque sea una constatación imposible en la medida en que sólo llevamos diecisiete años del siglo repetido y apenas esbozado. Y siempre las conclusiones sobre la música venidera, no dejarán de ser proyecciones de los deseos de los autores arúspices que bien cierto es, que se mueven entre el pasado y el presente por más futuro que proclamen y lo agiten.

Junto a esa lectura premonitoria de los repertorios musicales, me despaché con un diagnóstico inquietante, al día siguiente, sobre los llamados ‘Nuevos optimistas’. Una nueva corriente de pensamiento que sólo sabe ensalzar el progreso humano y eludir las malas noticias. Y por ello, deshecha toda melancolía y todo pesimismo; y así construyen, y nos construyen, una nueva retórica sobre el Optimismo ilustrado. Como un regreso a lo mejor de alguna Ilustración. Voltaire versus Rousseau, y los modernos como antimodernos, como ha relatado, recientemente, Antoine Compagnon

Y entre esos dos polos contrapuestos, las dudas embarazosas sobre el futuro y el alegato optimista del presente, me movía algunos días después de la presentación del doble volumen Arte en Castilla-La Mancha que ha coordinado con tiento Miguel Cortés y ha editado con esmero Almud ediciones. Todo ello en un esfuerzo considerable por hacer públicas y actualizadas las reflexiones de diferentes estudios sobre ese pensamiento zigzagueante que llamamos Historia del Arte, y que no está exento de dificultades conceptuales.

Once autores que han alumbrado  quince textos y quince hipótesis posibles, como aproximaciones en el tiempo en un espacio muy concreto. Esfuerzo interpretativo y narrativo que oscila entre los gozos y las sombras: gozos de lo ya reconocido y sombras de lo que aún desconocemos. Esfuerzo, además, que naciendo como nace desde la iniciativa privada, como es la de Almud ediciones, no debe hacernos olvidar las responsabilidades fundamentales, primeras y prioritarias de todas las administraciones públicas. Responsabilidades no sólo en la tutela y custodia de los bienes patrimoniales que vamos salteando y capturando desde la lectura de sus páginas, sino en el papel de esas entidades públicas como artífices en la promoción, difusión y mecenazgo de ese contenido que se relata en el libro. Responsabilidades y protagonismos, que suelen flaquear y enflaquecer en comparación con otros apoyos corporativos al deporte, al vino o a la televisión. Hubo un tiempo pasado de Premios y Distinciones regionales de Artes Plásticas y de Arquitectura, que hoy son solo polvo viejo y en desuso. Y por ello, esos responsables olvidadizos, precisan de un toque de atención sobre el pasado artístico que se para y sobre el presente artístico que no se mueve.

 

Relatos y recuentos de las trayectorias artísticas los desplegados en los dos volúmenes de la obra que tienen tanto aspectos de una recuperación de experiencias creativas del pasado, como reflexiones verificadas desde hoy mismo, y que a veces encaran ese  futuro con enorme dudas sobre su continuidad material y conceptual. Dudas que se encabalgan, no sólo en el comentado déficit público, sino en las mutaciones advertidas tanto en el dispendio digital como en la instantaneidad globalizada y ramificada por redes y pantallas. De tal suerte que hemos pasado ya de la excepcionalidad creadora de la obra única: del el aurea benjaminiana, al big data, globalizado saturado de imágenes y ambiguedades. De la prudente escasez al consumo irresponsable. Del aprendizaje visual al eco onomástico.

Un futuro artístico pues, para proseguir con las lecturas preliminares del pesaroso optimismo, que unos ven  como turbio y nublado y otros como solar y esplendoroso. Y es que cuando hablamos del pasado del Arte, mal que nos pese, no dejamos de hacerlo del presente mismo y desde el presente inquieto. Y no dejamos de intuir aspectos de un futuro desconocido que ya llama a la puerta.

Y eso ocurre incluso en la Historia del Arte, por más pasado que aparenten desprender los trabajos, las imágenes y los estudios, ya que todos se formulan desde un presente inequívoco y desfibrilado. Y desde un equívoco futuro muy cuestionado. Esa cuestión nuclear era la que desprendía el lejano texto de Félix de Azúa de 1993, denominado Aullidos de agonía. El afán de la Estética por dar sentido a los silbidos de los humanos, que indagaba en las paradojas incontestables e inconmensurables del Arte y de la Literatura. Cuando trataba de entender la permanencia contemporánea de viejos héroes: de Ulises a Aquiles, desde Brunelleschi a Giotto, desde Cervantes a Shakespeare, desde Velázquez a Vermeer. ¿Cómo es posible que siglos después de su andadura, sigan despertando nuestro interés y suscitando nuestras emociones, cuando ya nada es igual? Cuando ya nada es igual y aumentan los mundos virtuales. Por ello sostenía Azúa que “podemos llora la muerte de Héctor y deplorar la locura de Aquiles, todavía hoy, cuando no queda en este planeta ni una sombra de la andadura terrestre griega, porque hasta nosotros llega un silbido de 2700 años de edad”.

Algo  parecido podríamos decir aquí sobre las imágenes que trasportan estos estudios de la obra comentada, por no entrar ahora en comentarios más detallados de sus textos. Imágenes y visiones que pueden paralizarnos tanto desde la admiración como desde la dificultad de su correcta comprensión. Desde las esculturas de Balazote al mosaico romano de Carranque; desde las piedra muertas de Recópolis y Minateda al románico siguntino; desde la capilla de Belén al Doncel de Sigüenza; desde el pasmo pictórico del Greco y  Sánchez Cotán al mismo rapto arquitectónico de Vandelvira o Covarrubias. Y así llegar a las antesalas del presente imperfecto con nombres como Gabriel García Maroto, Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, Gregorio Prieto o Miguel Prieto. Por terminar con otras siluetas más cercanas de Antonio López García, de José y Antonio Ortiz Echagüe, de Cristina García Rodero, de Rafael Canogar, de José Luís Sánchez o  de José María Guijarro.

De todas esas imágenes y de sus silbidos oportunos, aportadas unas en el cuerpo de imágenes, sugeridas otras a través de los textos y las más olvidadas en las tablas de la memoria, podríamos decir lo que Unamuno fijaba al hablar de la pintura de Zuloaga: “Contemplando esos cuadros he sentido lo mucho que tenemos de lo que queda y lo poco de lo que pasa”.  Una especie de rara permanencia que niega el tiempo mismo y que se ancla en el ayer; una suerte de imposibilidad de avance y de movimiento. Que esa ha sido una constante de todo el arte histórico: sobrevivir al tiempo, incluso negarlo. Pero claro eso puede afirmarse del Arte histórico, cosa bien distinta de los acontecimiento que se agolpado a todo lo largo del siglo XX.

Casi en sentido inverso a lo anotado por Leonardo de Vinci en su Tratado de las aguas cuando decía aquello misterioso de que “El agua que tocamos en los ríos, es la postrera de las que se fueron y la primera de las que vendrán; así el día presente”. Afirmación de honda raigambre heraclitiana y entre nosotros, de estirpe manriqueña. Incluso de apertura de El Jarama de Sánchez Ferlosio, muy a su pesar y a pesar de su amor por lo hidráulico.

Ser por tanto la última de las sensaciones idas y la primera de las vendrán. Y esa es una de las conclusiones precipitadas que puede extraerse de una rápida lectura, que no definitiva de la obra. Una sensación de lo que queda y de lo que pasa, como la vida y como la lectura misma. Y es que toda lectura, y por ende toda escritura, es siempre un proceso abierto que puede seguir incrementándose y ampliándose en la línea de la vida. Y en ello estamos.

Periferia sentimental
José Rivero

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