¿Qué globalización?
Solemos decir que vivimos en un mundo globalizado. Pero no es verdad. Lo único realmente global es la economía; la “alta economía”, me refiero. Es decir, la especulación financiera, los flujos del dinero virtual, los negocios de las grandes multinacionales y su capacidad de deslocalizar empresas implantándolas en lugares donde pueden abaratar costos a base de pagar salarios miserables y no tener que someterse a restricciones de carácter sindical o medioambiental…
Pero claro, siguen sin globalizarse los derechos humanos, las condiciones mínimas para una vida digna de todos los habitantes del planeta, el libre tránsito de los trabajadores que huyen del entorno miserable en que han nacido buscando la propia supervivencia y la de sus familias, las reglas de juego justas a nivel mundial que puedan ofrecer a todos las mismas oportunidades… Y es que hablar de justicia en medio de estas contradicciones no deja de ser un doloroso sarcasmo.
Noticias que se dan de bofetadas
En estas fechas, cuando se aproxima el día mundial contra la pobreza (¡como si la pobreza fuera cosa de un día!) los medios de comunicación nos siguen bombardeando con sus (des)informaciones. Una, que está en casi todas las portadas de los noticieros, es la marcha triunfal de “La Roja” en su camino hacia el Olimpo de las gestas deportivas patrias, cosa que sin duda nos reconforta y nos alivia un poco de los efectos de esta crisis tan mala. Otra, disputando protagonismo a la anterior, se refiere a los últimos efectos del “caso Gürtel”, ese que uno ya no sabe si es “trama”, “drama” o “vodevil”, aunque para abreviar podemos llamarle, de forma castiza, inmensa chorizada de esa panda de mafiosos que aún nos asombrarán con nuevas ramificaciones, con más implicaciones (¡”presuntas”, eh, no vayamos a…!) en otros muchos ámbitos de la delincuencia organizada. Una tercera, y de las más esperanzadoras, es que, ¡por fin!, el índice Dow Jones ha reconquistado los 10.000 puntos en Wall Street, dato que los finos analistas de la cosa monetaria consideran como claramente revelador de que los negocios volverán a florecer; la gran banca se forrará de nuevo (¿había dejado de hacerlo durante la recesión?); los altos ejecutivos de las finanzas seguirán apaleando miles de millones en forma de bonus, opciones, jubilaciones de escándalo y otras bagatelas; el comercio mundial volverá a reactivarse en beneficio de los de siempre.., etcétera. Y para muestra un botón: J.P. Morgan, uno de los mayores bancos del mundo y sospechoso, como otros de su nivel, del inicio de la crisis, ha ganado en lo que va de año ¡siete veces más que en 2008!, para mayor gloria y regocijo de sus directivos y accionistas. ¿Qué decían ustedes de regulación de los mercados, de normas para evitar el latrocinio flagrante de estos monstruos de la economía, de intervención de los gobiernos para poner un poco de orden y mesura en las finanzas internacionales? ¡Nada de eso, hombre, que el peligro ya ha pasado! ¡Volvamos a lo de siempre, caramba, que algunos millones de parados más no tienen por qué aguarnos la fiesta! ¡Venga, fútbol a todas horas y en todas las cadenas para solaz y anestesia del personal, que lo peor ha quedado atrás y ya podemos enarbolar de nuevo la bandera de la calavera y las tibias!
Otra noticia, por último, ha quedado medio escondida entre las anteriores. Según el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) se han superado recientemente los mil millones de hambrientos en el mundo. Cuando se anunciaron los pomposos “Objetivos del Milenio” en el año 2000 esa cifra alcanzaba los ochocientos millones. Y lo más grave es que desde que se están registrando estos datos la proporción mundial de pobres no ha hecho más que crecer, con efectos devastadores sobre todo entre la población infantil. Unos once millones de niños mueren anualmente a causa de la pobreza, la desnutrición y las enfermedades asociadas a estas desgracias. Simplemente de diarrea mueren antes de cumplir los cinco años más niños que de malaria, sarampión o sida juntos, las plagas más frecuentes en el mundo pobre. ¡De una simple diarrea, cuya curación podría costar no más de una fracción de euro!
Si estas noticias las ponemos juntas, así a mogollón, cuesta trabajo creer que no provoquen una oleada de indignación y de vergüenza universales capaces de hacer saltar todos los diques de contención que lo políticamente correcto, los esparadrapos de las ONGs, las campañas de solidaridad y de “apadrina un negrito”, los comités de bla-bla-blá y las cumbres de no-se-qué se empeñan en seguir colocando para sostener lo insostenible.
Globalicemos la vergüenza
… hasta que se nos caiga la cara de ídem., hasta que el planeta se tiña con el rojo púrpura de la vergüenza y la cólera de todos. Pero eso sí, evitemos los sentimentalismos, los “¡pobrecitos!”, las limosnas, y los “granitos de arena”. No se trata de ser insensibles o de dejar de compartir lo que tenemos –bienes materiales, dinero, tiempo, esfuerzo personal- sino de tener muy claro que eso es completamente insuficiente; que hay que ejercer una resistencia y una oposición globales y bien firmes ante los poderes que manejan el mundo; que hay que salir a la calle por miles, por millones, a decirles a los que gobiernan, a los que manejan el tinglado, que no vamos a consentir este estado de cosas ni un minuto más.
Y habrá que hacerlo pronto, ¡ya! Porque cuando los pobres, los parados, los excluidos de toda condición, se hagan conscientes de cuántos son (y de cómo siguen creciendo), nos faltará espacio para correr y agujeros donde escondernos… ¿Qué no?
Desde el revés de la Inopia


Acabaron por fin las soporíferas elecciones europeas. Bueno, soporíferas en cierto modo; también podríamos calificarlas de enervantes, groseras y escamoteadoras de propuestas serias y debates inteligentes que de verdad tuvieran que ver con Europa, como se ha señalado por casi todos los analistas en los últimos días. Terminado el escrutinio y conocidos los resultados volvemos a lo de siempre: ¡todos han ganado! Unos porque han obtenido más votos que los demás; otros porque la pérdida no ha sido tan aparatosa como esperaban; otros porque mantienen los mismos representantes o porque consiguen colocar a alguno de los suyos en el Parlamento de Estrasburgo..; en fin, una gozada.
No es mi intención tratar de hacer leña del árbol caído (bueno, si no caído, al menos un poco ladeado). Ya hay suficiente revuelo, opiniones en los medios y comentarios de todo tipo sobre los últimos y dolorosos sucesos de abusos y maltratos a niños y jóvenes sacados a la luz pública en Irlanda por ese informe que cifra en unos 35.000 los casos demostrados de tales abusos ocurridos a lo largo de las últimas décadas en instituciones educativas gestionadas por congregaciones católicas, en especial por la denominada Christians Brothers, en ese país. No hace tanto hemos sabido de casos similares en Estados Unidos y en otros lugares que, en su conjunto, van a suponer cuantiosas indemnizaciones monetarias que saldrán de las arcas de la Iglesia, y en ocasiones también -por qué no decirlo- de las arcas públicas de los estados. El asunto es tanto más doloroso por cuanto se sabe que, en muchos de estos casos, la jerarquía eclesial estaba más o menos al tanto de tales hechos y no tuvo una actuación decidida y responsable para evitarlos y dednunciarlos; muy al contrario, en ocasiones actuó con tácticas encubridoras, dificultando incluso la actuación de denunciantes, testigos y jueces que pretendían investigarlos y castigarlos.
Parece que el famoso estribillo de Sabina, con una intención cada vez más seria y no con la ironía usada por el cantante, viene siendo cada vez más repetido por colectivos de toda índole. Desde los médicos o los profesores agredidos por cualquier usuario que considera no suficientemente atendido su derecho a la sanidad o a la enseñanza -se apoye o no esta consideración en razones más o menos reales y objetivas-, hasta los padres que temen por la integridad física de sus hijos en colegios e institutos, bien a causa de esa moderna plaga del buylling, bien por el acoso de pederastas o de “camellos” que pululan por los alrededores de los centros escolares; pasando por las posibles víctimas de la violencia de género o la demencia terrorista; los forofos de cualquier equipo de fútbol que temen las agresiones de los seguidores del equipo contrario; los árbitros, tantas veces en riesgo de linchamiento ante decisiones polémicas en el terreno de juego; los usuarios del metro, o simplemente los paseantes por vías poco transitadas, a ciertas horas o en determinadas zonas más “peligrosas” de las ciudades; los inmigrantes sin papeles o los mendigos que duermen en las garitas de los cajeros automáticos o en los bancos de cualquier parque; las personas, sobre todo los ancianos en peores condiciones físicas, que acaban de retirar del banco cierta cantidad de dinero…, y un larguísimo etcétera de toda esa violencia próxima y cotidiana en la que no incluyo la barbarie de las “guerras preventivas”, los genocidios a gran escala, las hambrunas provocadas por la especulación alimentaria… y tantos otras tragedias, algo menos cercanas, geográficamente hablando, aunque mucho más dramáticas.




















