
El otro día vinieron dos mozalbetes a instalarme “el interné” a casa. Su amabilidad fue excesiva pero he de reconocer que no me resultó en absoluto incómoda. Eficientes, agradables y rápidos. Unos verdaderos profesionales, créame. Tanto es así que incluso supieron interpretar los gestos de mi cara y me explicaron los entresijos de la conexión Wífi tantas veces como fueron necesarias para que yo siguiese sin enterarme del todo. Además, hicieron un par de agujeros en la pared y luego, cepillo y cogedor en mano, me barrieron el salón de punta a punta.
Yo no pude evitar barajar la opción de que uno de ellos ─el más alto─ tenía cierto interés extra profesional en quien le escribe. ¿Qué quiere le diga? A veces yo también me voy a lo fácil y, sinceramente, en aquel momento ésa era la explicación que mejor podría justificar aquella inusitada efectividad por parte de los dos mozalbetes.
Mi gozo en un pozo. Dos horas después de su visita, una teleoperadora me llamó para darme la bienvenida a la comunidad ONO y preguntarme acerca del trabajo de los mozalbetes.