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Malraux, entre las balas

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Indice del artículo
Malraux, entre las balas
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Todas las páginas

Malraux, entre las balas
Primera parte
El odio

PRÓLOGO

                                      
La gran bomba, un cosmos de ruina y ceniza, ése es nuestro destino, Damián. No hay solución para el hombre”.  El recuerdo de las  palabras de su maestro avivó su impiedad.

-Sí hay solución–susurró al otro lado del cañón y apretó los dientes.

No hubo tiempo para más así le centelleó el recuerdo por la memoria, ni una duda de  conmiseración. El hombre disparó el mosquetón a boca  jarro. Unas gotas  de sangre entintaron un cigarro apagado que llevaba soldado al labio  inferior. El muerto se quedó sentado con las palmas de las manos abiertas en ofrenda; él de pie frente al guiñapo, humeante la bocacha, la cólera atada en corto. Exclamó:

 -Un hijoputa menos.

Otro hombre se le acercó con fusil en bandolera.  Hubiera sido posible detectar un mohín de desdén, una tímida reprobación.

-Apenas era un niño, Damián...

-Un fascista menos, Rubio.

Lo mató sin una arruga de compasión. El  ideal de una humanidad nueva lo había hechizado con el mismo arrebato  que lo había vuelto insensible. ”Así era la vida, Damián, así es y así será”,  escuchaba decir en la taberna  con voz cansina  a su maestro, un nihilista que llegó a Pueblo para enseñar a los obreros la magia de descifrar su  propio nombre escrito en un papel en los interregnos de la sobriedad:

“No habrá paz en la tierra mientras quede un solo hombre sobre la tierra”.

Las volvió a oír mientras apuntaba a aquel  falangista imberbe de dieciséis años.  Los dos hombres entraron luego en la casa medio destruida. Las vigas supervivientes parecían el costillar de un animal abatido. Vieron otros dos cuerpos tumbados sobre los escombros como si la urgencia  de la muerte los hubiera dejado colocados en el último gesto: uno boca arriba con una sonrisilla feliz; el otro, boca abajo como un maniquí inservible. Oyeron un extraño chisporroteo.

-¿Qué es eso? –preguntó Damián, apretando el fusil con la misma ira que lo alimentaba desde que el mundo se vino abajo para venirse arriba.

El otro hombre lo mandó callar. Mudos los dos, apenas se oía un lejanísimo soplo de aire y el imperceptible deslizarse de los escombros. Con la mano extendida mantuvo a Damián callado. Ni respiraba para no romper el silencio con los pífanos de sus pulmones. El hombre pareció descubrir la dirección por la que les llegaba el extraño ruido. En una habitación destapiada, abierta al azul de un cielo absurdo resonaba con más nitidez. El  hombre avanzó unos pasos, pisando con prudencia, se acercó a una  puerta quemada y la  empujó. Allí, en el interior de la única habitación entera, sobre una mesa que flotaba entre muebles humeantes,  había una radio con el dial atrancado en una frecuencia incomprensible.

-Es una radio, Damián...

Luego el hombre movió el dial y captó una solemne música de cámara. Al segundo compás la radio saltó por los aires de un disparo.

-No me vayas a contaminar con esa música  burguesa, Rubio... ¡Fuera! ¡Aquí ya no hay nada más que hacer!

Al salir de la casa, junto a la puerta estaba el cuerpo sin vida del muchacho. La expresión de su rostro, aún suspendida en una profunda perplejidad. Al  salir,  Damián, lo apartó con la bota y el chico se deslizó para un lado, lentamente. Damián lo miró sin compasión.

-Tu ya has pagado, muchacho–dijo.

El otro hombre, fusil en bandolera, chaqueta de polvo y gorra blanda, lo siguió a paso lento, por un camino que serpenteaba  entre casas aisladas, tomadas por la destrucción. A través de las ventanas abiertas aún podían verse fotografías de sus antiguos moradores, como intermitencias de mansedumbre en aquel paisaje roto.