Hay mucha, mucha, pero que mucha demagogia e incluso una inercia antañona y tiernamente adolescente de entender la rebeldía ciudadana y vecinal en esto de las ordenanzas municipales, las cuales sacadas de contexto parece que nos devuelven a un escenario tétrico y deshumanizado al modo de la orweliana 1984.
Si se comenta sin más que en Ciudad Real los ciudadanos no podrán correr ni saltar porque así lo manda la alcaldesa y su equipo de gobierno, puede parecer surrealista. Si recurrimos a la anécdota para desmontar unas ordenanzas que de cumplirlas nos convertirían en ciudadanos a la europea, entonces podemos deducir que nuestros gobernantes se han vuelto locos en su afán de mandar y regular la conducta ciudadana.
Pero esto es lo fácil, lo superficial, lo esperable de unos ciudadanos que entienden de manera muy laxa la convivencia compartida. Las ordenanzas hay que analizarlas sin tics preconcebidos de revuelta estudiantil, sin los prejuicios de lo políticamente correctísimo. Si somos capaces de reflexionar qué dicen y porqué lo dicen llegaríamos a la incómoda conclusión de que las mismas nos sitúan a todos y a cada uno de nosotros frente al espejo de un comportamiento cívico que en España está muy lejos de la media europea.
La crítica que le hago yo a las ordenanzas es que se han pasado de exquisitas, porque tratar de convertirnos en ciudadanos respetuosos vía normativa, ¡a nosotros!, es como echarle margaritas a los cerdos. Hay una impostura de rebeldía frente a la norma aunque esa norma trate de hacer la vida común más agradable sin que se vea afectada nuestra condición intocable de ciudadanos libres. Qué quieren que les diga, deben ser los años, pero llevar a un perro atado a un vehículo o pasear una cuádriga de animales por la ciudad, dejar la ciudad empercudida después del fiestón, me parece de una película del Buñuel subdesarrollista, en cambio, hacer corresponsables y copartícipes a los ciudadanos en la limpieza… me parece casi revolucionario, entendiendo la revolución cívica con postulados de 2009 y no de 1968. Eso sí. Cada cual es muy libre de preparar manis, concentraciones y saraos en los que demostrar qué rebeldes y democráticos somos pero qué malos vecinos.
Analizadas en profundidad y sin prejuicios ideológicos ni políticos, estrictamente desde la óptica ciudadana, las ordenanzas son de una lógica aplastante. Pero tienen un problema: son demasiado civilizadas para estas latitudes donde tendemos más a una convivencia achulada, egoísta y faltona. Y, desde luego, nada que ver las ordenanzas con la conculcación de los derechos constitucionales ni nada que se le parezca. Todavía seguimos exigiendo el derecho al laissez faire como consustancial a la democracia. Nada más patético e inmaduro. En países mucho más democráticos que el nuestro al ciudadano que tira un papel al suelo se le cae el pelo mientras aquí nos hemos acostumbrado a vivir con la mugre colectiva.
Un ejemplo: el botellón. Si yo fuera munícipe me reuniría con los representantes de los jóvenes y les diría: haced el botellón donde os dé la gana y como os dé la gana, ahora bien me formáis una cuadrilla de 50 de entre los congregados en el aprisco y con el apoyo de los servicios municipales me dejáis el lugar como una patena. Más de uno haría una pedorreta de sonoridad cósmica. No. Mi opinión es que no sabemos ser ciudadanos, no acabamos de asumir que la democracia hace ciudadanos libres pero corresponsables, y que precisamente en democracia hay que ser implacables en el cumplimiento de las normas, porque éstas emanan de la democracia misma.
Me parece de una liviandad impropia de los tiempos que corren el modo en que se está utilizando unas ordenanzas cuyo afán es hacer el espacio urbano más habitable porque el espacio urbano exige que las libertades individuales se recorten un poco en aras de la armonía general. Pero queda más vistoso leer las ordenanzas con la lupa deforme de la impostura y la demagogia. Somos meridionales, y por lo general ruidosos, sucios, egoístas, y cívicamente mediocres. Y el Ayuntamiento ha elaborado unas ordenanzas para que nos parezcamos a los suizos. Imposible, Y eso que los suizos son tan democráticos que en algunos pueblos los acuerdos se toman en la plaza a mano alzada.
La reacción incluso de los representantes de los vecinos pidiendo su retirada en lugar de aplaudirlas es otro signo de que estamos amarrados a prejuicios de la Transición Lo fácil es posicionarse en contra de unas ordenanzas cívicas; lo difícil analizarlas con serenidad y la mente abierta. Y lo más difícil todavía, considerarlas adecuadas. Yo las considero adecuadas. De modo que no me esperen en la concentración ni en la recogida de firmas. Y prometo dejar mi coche lo más pegadito a la acera. No porque lo diga el ayuntamiento-que ése es otro error- sino desde mi libre albedrío porque así hago más fácil la vida a mis vecinos. Aunque me joda.
PD.- (1) Como catarsis propongo que el Ayuntamiento de Ciudad Real disponga un día al año –por ejemplo en las próximas Fiestas de Agosto- para que los ciudadanos salten y corran como les venga en gana: el día de la Carrera y el Salto Democrático, por ejemplo.
(2) Ojalá y al Ayuntamiento de Puertollano, mi querida ciudad, se le ocurra una ordenanza implacable que haga temblar a los ensuciadores del hermoso Paseo de San Gregorio convertido cada verano en un verdadero y muy democrático lodazal.
Si se comenta sin más que en Ciudad Real los ciudadanos no podrán correr ni saltar porque así lo manda la alcaldesa y su equipo de gobierno, puede parecer surrealista. Si recurrimos a la anécdota para desmontar unas ordenanzas que de cumplirlas nos convertirían en ciudadanos a la europea, entonces podemos deducir que nuestros gobernantes se han vuelto locos en su afán de mandar y regular la conducta ciudadana.
Pero esto es lo fácil, lo superficial, lo esperable de unos ciudadanos que entienden de manera muy laxa la convivencia compartida. Las ordenanzas hay que analizarlas sin tics preconcebidos de revuelta estudiantil, sin los prejuicios de lo políticamente correctísimo. Si somos capaces de reflexionar qué dicen y porqué lo dicen llegaríamos a la incómoda conclusión de que las mismas nos sitúan a todos y a cada uno de nosotros frente al espejo de un comportamiento cívico que en España está muy lejos de la media europea.
La crítica que le hago yo a las ordenanzas es que se han pasado de exquisitas, porque tratar de convertirnos en ciudadanos respetuosos vía normativa, ¡a nosotros!, es como echarle margaritas a los cerdos. Hay una impostura de rebeldía frente a la norma aunque esa norma trate de hacer la vida común más agradable sin que se vea afectada nuestra condición intocable de ciudadanos libres. Qué quieren que les diga, deben ser los años, pero llevar a un perro atado a un vehículo o pasear una cuádriga de animales por la ciudad, dejar la ciudad empercudida después del fiestón, me parece de una película del Buñuel subdesarrollista, en cambio, hacer corresponsables y copartícipes a los ciudadanos en la limpieza… me parece casi revolucionario, entendiendo la revolución cívica con postulados de 2009 y no de 1968. Eso sí. Cada cual es muy libre de preparar manis, concentraciones y saraos en los que demostrar qué rebeldes y democráticos somos pero qué malos vecinos.
Analizadas en profundidad y sin prejuicios ideológicos ni políticos, estrictamente desde la óptica ciudadana, las ordenanzas son de una lógica aplastante. Pero tienen un problema: son demasiado civilizadas para estas latitudes donde tendemos más a una convivencia achulada, egoísta y faltona. Y, desde luego, nada que ver las ordenanzas con la conculcación de los derechos constitucionales ni nada que se le parezca. Todavía seguimos exigiendo el derecho al laissez faire como consustancial a la democracia. Nada más patético e inmaduro. En países mucho más democráticos que el nuestro al ciudadano que tira un papel al suelo se le cae el pelo mientras aquí nos hemos acostumbrado a vivir con la mugre colectiva.
Un ejemplo: el botellón. Si yo fuera munícipe me reuniría con los representantes de los jóvenes y les diría: haced el botellón donde os dé la gana y como os dé la gana, ahora bien me formáis una cuadrilla de 50 de entre los congregados en el aprisco y con el apoyo de los servicios municipales me dejáis el lugar como una patena. Más de uno haría una pedorreta de sonoridad cósmica. No. Mi opinión es que no sabemos ser ciudadanos, no acabamos de asumir que la democracia hace ciudadanos libres pero corresponsables, y que precisamente en democracia hay que ser implacables en el cumplimiento de las normas, porque éstas emanan de la democracia misma.
Me parece de una liviandad impropia de los tiempos que corren el modo en que se está utilizando unas ordenanzas cuyo afán es hacer el espacio urbano más habitable porque el espacio urbano exige que las libertades individuales se recorten un poco en aras de la armonía general. Pero queda más vistoso leer las ordenanzas con la lupa deforme de la impostura y la demagogia. Somos meridionales, y por lo general ruidosos, sucios, egoístas, y cívicamente mediocres. Y el Ayuntamiento ha elaborado unas ordenanzas para que nos parezcamos a los suizos. Imposible, Y eso que los suizos son tan democráticos que en algunos pueblos los acuerdos se toman en la plaza a mano alzada.
La reacción incluso de los representantes de los vecinos pidiendo su retirada en lugar de aplaudirlas es otro signo de que estamos amarrados a prejuicios de la Transición Lo fácil es posicionarse en contra de unas ordenanzas cívicas; lo difícil analizarlas con serenidad y la mente abierta. Y lo más difícil todavía, considerarlas adecuadas. Yo las considero adecuadas. De modo que no me esperen en la concentración ni en la recogida de firmas. Y prometo dejar mi coche lo más pegadito a la acera. No porque lo diga el ayuntamiento-que ése es otro error- sino desde mi libre albedrío porque así hago más fácil la vida a mis vecinos. Aunque me joda.
PD.- (1) Como catarsis propongo que el Ayuntamiento de Ciudad Real disponga un día al año –por ejemplo en las próximas Fiestas de Agosto- para que los ciudadanos salten y corran como les venga en gana: el día de la Carrera y el Salto Democrático, por ejemplo.
(2) Ojalá y al Ayuntamiento de Puertollano, mi querida ciudad, se le ocurra una ordenanza implacable que haga temblar a los ensuciadores del hermoso Paseo de San Gregorio convertido cada verano en un verdadero y muy democrático lodazal.
Agrégalo como Favorito
Compartir
Enviar email
Comentarios (2)
RSS Comentarios...
Jámás un pueblo adquirió cultura cÃvica gracias a las graciosas multas de la administración. La demagogia, me temo, es mayor en tu artÃculo que en los argumentos de quienes critican la ordenanza. Si el ayuntamiento quiere extender una cultura de civismo a la europea (¿seguro que estamos hablando del mismo ayuntamiento?), primero deberÃa, no ya hacer según que cosas (campañas educativas, fomento de la participación ciudadana en la toma de decisiones públicas, implicación de la ciudadanÃa en el diseño urbano de la ciudad; programas comunitarios de rehabilitación y mantenimiento de barrios, control de las licencias otorgadas a establecimientos de venta de alcohol), sino dejar de hacer muchas cosas. DeberÃa dejar de demoler el escaso patrimonio arquitectónico civil con una desfachatez con frecuencia ilegal, y asà evitar la absoluta anomia moral de que mientras se derriban casas medievales para edificar pisos innecesarios, arrojar servilletas al suelo o repartir panfletos sea sancionado como un crimen de lesa civicidad. DeberÃa dejar de bloquear todo acceso de la ciudadanÃa a la información y a los asuntos municipales, para que realmente haya una civis de la que predicar el civismo. DeberÃa dejar de apoyar a su partido en la oposición iracunda e incondicional a una asignatura de Educación para la ciudadanÃa, para no tener que educar a nadie a base de talonario, aunque sea esa la pedagogÃa que según ellos funciona. DeberÃa dejar de administrar los lugares públicos con fines clientelistas y privilegiando a los colectivos que son polÃticamente afines, para que el espacio público deje de ser entendido como el espacio de unos pocos, y además, arrogantes.
Que haga aquello. Exigiendo menos todavÃa: que deje de hacer esto. Y entonces, a lo mejor, se puede interpretar la voluntad de multar por casi cualquier cosa a una idea europeizante. Mientras tanto, resulta ridiculo ver nada de europeizante en un texto que, por otra parte, es un copia-pega de ordenanzas que se han aprobado en ciudades más grandes y con problemas que aquà no existen, y donde, por cierto, ha encontrado la misma o mayor oposición.
Y aun asi todo, la de tu texto seguirá siendo, perdóname, una visión provinciana de una Europa que es un lugar donde todo está muy limpio, la gente es muy educada, y los autobuses pasan a su hora en punto. Europa es otra cosa, y mucho me temo que nuestro ayuntamiento no la quiere.
Que haga aquello. Exigiendo menos todavÃa: que deje de hacer esto. Y entonces, a lo mejor, se puede interpretar la voluntad de multar por casi cualquier cosa a una idea europeizante. Mientras tanto, resulta ridiculo ver nada de europeizante en un texto que, por otra parte, es un copia-pega de ordenanzas que se han aprobado en ciudades más grandes y con problemas que aquà no existen, y donde, por cierto, ha encontrado la misma o mayor oposición.
Y aun asi todo, la de tu texto seguirá siendo, perdóname, una visión provinciana de una Europa que es un lugar donde todo está muy limpio, la gente es muy educada, y los autobuses pasan a su hora en punto. Europa es otra cosa, y mucho me temo que nuestro ayuntamiento no la quiere.
...
SÃ, Devil in the details, claro, todo eso lo debe hacer el Ayuntamiento de CIudad Real, el de Terrinches y la Junta, ay la Junta, y cualquier institución pública donde la democracia suele ser deficitaria en parte por la masa acrÃtica de la mayorÃa silenciosa . Nada que objetar, pues, cuanta má democracia (más esponsabilidad), mejor. Y desde luego Europa es algo más que un lugar muy limpio, es esa arcadia con la que queremos converger y nunca pillamos y que uno la evoca desde su indisimulado provincianismo, que ser provinciano no es lo mismo que ser de provincias. MAchado era muy, muy pero que muy provinciano. Y a mi me encanta. Un saludo

















