Jesús Rodríguez Camaño (Diputado Regional PP en las Cortes de Castilla-La Mancha)
En la lógica tristeza humana que el fallecimiento del Papa Juan Pablo II nos ha provocado a todos, son muchos los sentimientos que llegan y muy variados los comentarios que se vienen produciendo. Todos ellos reflejan –en su conjunto- que nos ha dejado una de las mayores y más importantes personalidades de la Humanidad.
Yo, por mi parte, quisiera centrarme brevemente en una decisión que tomó el Santo Padre en el mes de octubre del año 2000. Como persona que dedico mi vida actualmente a la política deseo agradecerle que en esa fecha -tras una solicitud pedida y firmada por personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa- proclamara a Tomás Moro como Patrono de los Gobernantes y de los Políticos.
En una época en la que la conciencia de los que ejercen funciones públicas parece muchas veces eclipsada, o cuando no pocos gobernantes pretenden que prevalezca el interés personal o de grupo sobre el bien común, es alentador recurrir a su figura y recordar que si, para mantenerse a flote hay que renegar de la conciencia, es preciso elegir la conciencia.
El Papa nos ha enseñado que uno de los conceptos esenciales para comprender a Tomás Moro es el de la unidad de vida; en él hubo una total coherencia; no hubo señal alguna de esa fractura entre principios y vida cotidiana. En este sentido, Santo Tomás Moro fue un mártir de la libertad en el sentido más moderno del término, pues se opuso a la pretensión del poder de dominar sobre las conciencias, tentación ésta perenne en los sistemas políticos que no reconocen nada por encima de ellos.
Es buen momento para recordar las palabras de Juan Pablo II, poniendo en valor esta figura y mencionando “la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades”. Cobra actualidad la referencia continua del Papa a los fenómenos económicos que están modificando las estructuras sociales; a las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías, que agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones; a las promesas de una nueva sociedad, que exigen con urgencia opciones políticas claras a favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados.
Se trata sin duda de un gran ejemplo. La lección de la huida del éxito y el consenso fáciles cuando ponen en entredicho la fidelidad a los principios irrenunciables, de los que dependen la dignidad del hombre y la justicia del orden civil.
Un ejemplo y una lección de Juan Pablo II que confío nunca olvidemos.







