Las bibliotecas, luz para nuestros ojos

Blanca Calvo (Consejera de Cultura)

   Desde hace unos años, los bibliotecarios y bibliotecarias españoles celebramos (aunque soy consejera de Cultura sigo sintiéndome bibliotecaria) el 24 de octubre el Día de la Biblioteca.

  
Las bibliotecas son, para mí, estrellas que iluminan todo a su alrededor. Cada uno de los documentos que las forman contiene un poco de luz, y la acumulación de todos ellos puede llegar a alcanzar muchísima intensidad.

  
Pero también, para mí, las bibliotecas son úteros, lugares amorosos para refugiarse y dejar pasar el tiempo tranquilo mientras se aprende de qué va la vida, aunque se haya vivido mucho.

  
Pero también, para mí, las bibliotecas son plazas públicas, lugares donde ver a la gente, encontrarse con ella, intercambiar ideas y compartir experiencias, alegrías y dolores. En un momento en el que la soledad amenaza a muchísimas personas, las bibliotecas ofrecen la posibilidad de encontrar verdadera compañía.

  
Pero también, para mí, las bibliotecas son mágicos lugares de iniciación, de esos en los que se entra con la sensación de estar haciendo algo único, sobre todo si se va de la mano de un adulto, siendo niño, que va marcando los caminos y desvelando los secretos.

  
Pero también, y por todo lo anterior, las bibliotecas son herramientas de transformación de la sociedad. Porque la sociedad se transforma cuando la gente se conoce y conoce el mundo que la rodea, cuando las personas leen, piensan e intercambian ideas. A partir de ahí las ganas de actuar surgen casi como una necesidad.

  
Hace unos días escuché una frase de esas que se anotan para no olvidarlas, “sólo se puede leer con los ojos abiertos”, dijo alguien cerca de mí para expresar la íntima relación que hay entre leer y ser un ciudadano consciente de lo que ocurre en el mundo.

  
A partir de esa afirmación la pregunta surge inmediata: ¿qué va primero, la lectura o la conciencia social? Difícil respuesta: están tan relacionadas las dos cosas… Las personas que quieren cambiar el mundo suelen ser lectoras, pero no es menos cierto que, quien quiere cambiar el mundo necesita leer para ello.

  
La biblioteca tiene que despertar esas ganas de cambiar el mundo, y creo que difícilmente se puede encontrar una tarea más apasionante que esa.

  
De pequeña disfrutaba mucho cuando me contaban historias. Había dos de la Biblia que me gustaban especialmente: la lluvia del maná y la multiplicación de los panes y los peces. De mayor me he dado cuenta de que las dos tienen algo en común: son una exaltación de la generosidad. De repente, por ensalmo, en ambas aparece algo que atiende las necesidades de las personas estirándose tanto como haga falta. Quizá por eso admiro a las bibliotecas, porque ellas hacen lo mismo: para todos tienen algo, y se multiplican gratuitamente hasta el punto de que todos pueden sentirlas suyas.

  
Precisamente es esa admiración que me produce desde niña la generosidad lo que me lleva a rechazar de plano, con todas las fuerzas de que soy capaz, la aplicación de un canon por los préstamos. Para mí es una cuestión de principios: nadie debe pagar, ni directa ni indirectamente, por sacar materiales de una biblioteca. Porque además, no nos engañemos, en este país ese sería el principio del declive de tantas estrellas que, con las aportaciones de miles de usuarios y bibliotecarios, y con los impuestos de todos, han empezado tímidamente a brillar en nuestro firmamento bibliotecario.

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