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¡Educación para la ciudadanía; no para el “mal”!

- 29 junio, 2007 – 03:39Sin comentarios
Felipe Medina SantosFelipe Medina Santos

Hace unos días una presidenta de una Comunidad Autónoma, intentó el boicot a la asignatura de Educación para la Ciudadanía preconizando su sustitución por tareas de voluntariado. Las jerarquías católicas llegan todavía más lejos, al instar a una guerra total contra esta asignatura.

Quienes obran así dan muestras de una irresponsabilidad manifiesta. El secretario general de Educación, Alejandro Tiana, lo dijo ya con claridad meridiana no hace mucho tiempo, al señalar que tal postura es totalmente ilegal, dado que es competencia del Gobierno el fijar las materias a impartir en el sistema educativo, incluida Educación para la Ciudadanía, así como sus contenidos mínimos. Por ende, todo el alumnado del Estado español debe cursar las mismas materias. Si no se aceptara este presupuesto, esto sería el caos. Porque, de verdad, metidos en esta dinámica podría ser de locura. Si se aceptara la objeción de conciencia o cualquier otra medida justificativa para oponerse a recibir una materia aprobada por el Parlamento de España, cabe pensar que también podría hacerse lo mismo con cualquier otra en la que se estudiara El Libro del Buen Amor, El Decamerón, La Celestina, o La Regenta, porque cualquier padre podría pensar que esas obras no son unos buenos ejemplos para sus hijos. Como también podría hacerse igualmente en otra que se hablara de la esclavitud, la Inquisición, la expulsión de los judíos o de los moriscos, el protestantismo o el conocimiento de los diferentes métodos anticonceptivos como control de la tasa de natalidad.
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Por otra parte, no estaría de más que muchos ciudadanos, en periodo de objeción, conocieran cuales son los reales contenidos de esta materia, y así sabrían qué es lo que se va a enseñar y podrían hablar con conocimiento de causa. Por cierto, la patronal de centros religiosos FERE, mayoritaria en los centros concertados, ha dicho siempre que la va a impartir.Ante esto, debe señalarse, que el ultraconservador arzobispo de Toledo y vicepresidente de la Conferencia Episcopal ha llamado a capítulo a dichos centros.Y lo ha hecho de la forma más vergonzosa como es la de invocar el MAL (con mayúsculas). ¿Qué MAL, sr.Cañizares? ¿El MAL del bajo palio franquista?

Rechazar que el Estado asuma la responsabilidad de educar a nuestros jóvenes para que sean ciudadanos el día de mañana, me resulta complicado de entender. Los opositores, Iglesia y el denominado Foro por la Familia, aducen argumentos diversos: que será una asignatura utilizada por el Estado para adoctrinar, y que éste no tiene competencia ni derecho alguno a formar nuestras categorías morales y políticas, y que esta tarea es exclusiva de la familia. Podríamos aceptarlo si los educados lo fueran para quedarse en casa.Lo grave surgiría cuando éstos salieran a la calle y tuvieran que relacionarse con los demás, que tarde o temprano tendrán que hacerlo. A poco que se sintieran ciudadanos quienes se oponen, admitirían que esta asignatura que atañe a toda la ciudadanía, no puede transmitirla la familia, que es una comunidad parcial y volcada en el “egoísta” interés de sus miembros.

El Estado democrático, por el contrario, es una comunidad que intenta y preconiza el bien de la mayoría, según ésta lo decida. Aceptadas estas afirmaciones que parecen obvias, tenemos que reconocer que el Estado no sólo tiene el derecho, es más, tiene el deber ineludible de asumir la educación de sus futuros ciudadanos. Debe transmitir los valores de la libertad, del respeto, de la igualdad, del pluralismo y de la justicia, que están en el artículo primero de nuestra Constitución. Además de otros complementarios como la tolerancia, la solidaridad y la seguridad. Como también dar a conocer y enseñar a practicar las reglas y los procedimientos que aseguran una convivencia dentro de un Estado de Derecho. En definitiva, preparar ciudadanos para la democracia. Con Educación para la Ciudadanía se enseña el respeto a la diversidad y el rechazo del racismo, la xenofobia o la homofobia; la igualdad entre hombres y mujeres; los derechos y deberes de los ciudadanos y las sociedades democráticas. Todo ello en el marco de la Constitución Española y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esto es lo que se enseña, y lo que nuestros alumnos deben aprender.

Además, pienso, que esta nueva materia en nuestro país parece más necesaria, si tenemos en cuenta que los españoles hemos vivido como norma en regímenes autoritarios o dictatoriales. Hemos sido mucho más tiempo súbditos que ciudadanos libres. El vivir en democracia ha sido la excepción en nuestra historia. Y esto se paga. Esto ha supuesto que muchos nos hemos acostumbrado a resolver de una manera autoritaria los problemas y conflictos, inevitables en la convivencia, por medio del ordeno y mando y el puñetazo encima en la mesa, en lugar del diálogo, el contraste de pareceres y el intercambio de opiniones. La democracia no es una palabra hueca. Es algo más que depositar una papeleta en una urna. Significa todo un conjunto de valores:la verdad política absoluta no existe, fomento de la capacidad crítica de los ciudadanos, valoración de la existencia de una sociedad pluralista, comprensión de la democracia como valor e incluso como utopía, personalidad democrática caracterizada por la comprensión y el diálogo, fomento de las virtudes públicas en detrimento de las privadas, asimilación del valor positivo del conflicto, estimulación de la participación y de su utilidad y conciencia de la responsabilidad y ejercicio del control. Pero estos valores hay que sembrarlos, enseñarlos y cultivarlos día a día.

Por otra parte, la democracia no es un regalo del cielo que viene sin más ni más, hay que cultivarla y mimarla para hacerla cada vez mejor. Hay que socializarla, en la familia, en las instituciones de la sociedad civil, en los medios de comunicación, y también en la escuela.

La tarea es complicada, mas merece la pena, ya que nos va mucho en juego.
Con toda humildad no puedo aceptar los planteamientos de la jerarquía católica y de sus terminales seglares. No los puedo aceptar porque son tremendamente injustos, rancios, soberbios y, premeditadamente, escandalosos.

Reflexionen los obispos, se desapasionen políticamente sus acólitos y dejen a este país, de una vez por todas, que descanse de tanto trasiego inoportuno.

¡De corazón y por el bien de todos!

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