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Supongan

- 31 marzo, 2008 – 10:49Sin comentarios
Carlos Otto-ReussCarlos Otto-Reuss

Supongan que vivimos en un mundo en que existe mucha gente que todo (y lo único) que tiene es dinero. Supongan que esa gente, gracias a su dinero, se ha convertido en personas poderosas que controlan todo lo controlable y están muy por encima incluso de los propios políticos.

Supongan que a esas personas no les gusta que haya voces que opinen lo contrario que ellos. Supongan que no sólo no les gusta que haya gente que no piensa como ellos, sino que, de hecho, les asusta tremendamente que existan personas que piensen un poco más allá del mensaje que un día les hicieron tragar con un embudo.

Supongan que, a pesar de su poder, estas personas ricachonas miran con odio y (sobre todo) con temor a toda especie medianamente autóctona que no necesite hilos para caminar. Supongan que estas personas usan su dinero no sólo para escalar puestos y conseguir cada vez más poder, sino también para ir eliminando a su paso, y a golpe de talonario, a toda aquella mosca cojonera que pueda alterar su siesta.

{mosgoogle}Supongan que estas personas poderosas se encuentran un día con que un grupo de rebeldes se ha aliado para hacerles frente y mostrar al mundo sus mafias, sus trapicheos y, en definitiva, su modus operandi. Supongan que estos rebeldes saben perfectamente cómo llegar a la gente de la calle y, además, disponen de los recursos suficientes para hacerlo. Supongan además que los rebeldes de los que les hablo son extremadamente listos y tienen acceso a cierta información sobre los poderosos que, en caso de salir a la luz, dejaría a los soberanos en un lugar complicado. Pero supongan también que nuestros rebeldes son demasiado parciales y atacan sin compasión a estos poderosos al mismo tiempo que defienden a otros no menos poderosos que los primeros. Supongan que, de este modo, la gente acabe dudando de la credibilidad de estos rebeldes, y su trabajo, perfectamente hecho pero tremendamente parcial, acabe precisamente volviéndose en su contra.

Supongan que los primeros poderosos están completamente a-co-jo-na-dos por lo que los rebeldes puedan decir de ellos a pesar de que, de cara a la ciudadanía, los rebeldes hayan tirado por la borda sus estupendos trabajos de investigación por una incomprensible parcialidad que les ha hecho perder todo hilo de credibilidad.

Supongan que, a pesar del supuesto y real inofensivismo de los rebeldes, los poderosos no quieren que en su ciudad exista ni una sola voz que les perturbe. Supongan que, a raiz de este temor ante el que piensa distinto, los poderosos deciden cortar de raíz esta orgía de contrapensamiento y, aparentando seguridad y poder (pero con los cojones de corbata), les ofrecen a los rebeldes una generosa cantidad de dinero para que cierren su chiringuito, se disuelvan y dejen de perturbar sus intereses. Supongan que los rebeldes aceptan y se buscan un nuevo trabajo.

Ahora dejen de suponer: asuman que esta historia es totalmente cierta y ha pasado en Ciudad Real.

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