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LETRAS COLADAS: La casa de la señora Rábago (15)

- 19 agosto, 2008 – 00:00Sin comentarios
LETRAS COLADAS: La casa de la señora RábagoManuel Valero

El péndulo del sol fue marcando sobre el calendario, inexorable, los días felices de los Tena en la casa de la señora Rábago, sobre todo ese año que compartieron la casa con el célebre músico. Se podía decir que esas vacaciones fueron las más inolvidables de todas, pues, al final, don Alfonso acabó su obra tal y como había planeado.

No fue un tiempo de grandes acontecimientos sino de un suceder doméstico, cotidiano, con la felicidad añadida de la liberación del trabajo, pero la convivencia en esa especie de aislamiento artificial y sobre todo, la experiencia de conocer al compositor, supuso para los Tena un recuerdo indeleble. Y algo de ellos mismos quedó prendido en los demás y en todos la magnética presencia del director de orquesta. Incluso la señora Rábago parecía más radiante en la calma feliz de los largos años vividos, acostumbrada también a la ausencia siempre presente de su marido difunto. Alba cumplió los diecinueve y la fiesta fue una más, con la excepción de un concierto a domicilio que le regaló don Alfonso tocando al piano las más hermosas baladas. Cuando tocó Puente sobre aguas turbulentas, Gregorio se animó a cantarla y a media canción se le sumó Aurora y luego, el propio compositor.

When you're weary feeling small When tears are in your eyes,
I will dry them all I'm on your side.
Oh, when times get rough…

{mosgoogle}-Tal vez la major balada de todos los tiempos –reconoció el músico, sin dejar de tocar, metiendo el comentario en el compás.

-No lo dude, creo que fue mandada al espacio en una sonda junto a la Novena de su gran admirado Beethoven. Lo que yo digo, si hay alguien allí arriba y la oye se le pone el corazón como una pelota de baloncesto –dijo Gregorio-Claro que igual echan una lagrimita y después vienen a darnos estopa como en la peli de Mars Attack
Asombrosamente , Gregorio no se rió de su ocurrencia. Y cantaron todos:

See how they shine If you need a friend
I'm sailing right behind Like a bridge over troubled water
I will ease your mind Like a bridge over troubled water I will ease your mind

Sobre la dos de la madrugada se fueron todos a dormir. Alba se fue a acostar con una muesca más en su juventud y pensando en la canción y en el señor Liébana...   

De modo que como todo cuanto existe bajo el sol, las vacaciones de los Tena en la casa de la señora Rábago se iba acercando a su fin y ya se respiraba en las conversaciones nocturnas e incluso en las luminosas mañanas de playa esa inconfundible melancolía del final de un tiempo sin amarras. Pero todavía quedaban los últimos estertores y los Tena tenían suficientes planes para llenar todos y cada uno de los días de un contenido diferente e, incluso, didáctico. No faltaron las jornadas de senderismo, bien pertrechados, no en exceso pero sí para andar cómodos. Caminaron por una senda cercana a los acantilados que luego se introducía tierra adentro y oscilaba entre suaves colinas, prados y bosques de hayas. La señora Rábago explicaba con serena ciencia todo cuanto llamaba la atención a los excursionistas que comprobaban las distintas especies según se acercaran al mar y a los acantilados donde florecían el espliego marino, la angélica, el mastuerzo y la festuca. Hicieron una buena caminata que los llevó hasta casi treinta kilómetros hacia el interior, entre casas y prados de siega, hasta llegar a una amplia vaguada por donde discurría un fresco río entre paredes de alisios y sauces.

Al concluir la jornada de senderismo, los chicos se fueron directamente a la cama, apenas un baso de leche de cena. Gregorio, Aurora, la señora Rábago y el señor Liébana, se refrescaron un poco con una reconfortante ducha y salieron al jardín a darse al impagable placer de la charla. Alba estaba muy cansada y dudó entre quedarse o acostarse. Al final optó por acompañar a los tertulianos, sobre todo, por atender cuanto dijera don Alfonso y para aprender de él, estar a su lado era toda una lección de sabiduría que dictaba de natural sin pompa ni vanidad, como corresponde a los hombres realmente sabios, que además de serlo, son generosos. Así que se metió en la ducha, se quitó el sudor del camino, se puso cualquier cosa y bajó a donde ya estaban acomodados los demás. Don Alfonso la vio llegar y se le encendieron los ojos. Alba también sintió un desconocido y emocionante rubor pero no le dio mas importancia que el respeto que suscita un señor de fama y experiencia como su interesante huésped.

La señora Rábago preparó unos mojitos especiales hechos con orujo de la tierra y queimada. Ni el músico ni Gregorio Tena eran fumadores, lo fueron y mucho, como correspondía necesariamente a los tiempos clandestinos, pero ahora se habían abonado a la nueva norma de salud social y abrazado la causa de los espacios sin humo, como buenos y probos ciudadanos. Menos Aurora que sin ser compulsiva solía fumar de vez en cuando. Pero si mediaba la ocasión, ¿cómo hacer ascos a un buen purito? Y la señora Rábago tenía una estupenda reserva.

-Realmente estupendo, el purito, señora Rábago –dijo Gregorio- Es curioso, cuando se domina la adicción al tabaco no hay nada más placentero que meterse al buche un buen cigarro de vez en cuando...

-Hay otra cosa –terció el músico- que ese purito esté en la buena compañía de un mojito de orujo. ¿Es receta suya, señora Rábago? Están exquisitos, un poco fuertes, tal vez, pero deliciosos. Y aún un detalle más, que mojito y purito se los tome uno en la calidez de una buena compañía, como la vuestra.

Estaban en el jardín, bajo las estrellas y un cielo negro tan negro que los astros parecían estar respirando allá arriba, apenas un soplo de aire, todo estático, quieto y tan silencioso que el rumor tranquilo y monótono del mar llegaba hasta ellos con la misma nitidez que el gigantesco botón de nácar que presidía el espectáculo celeste. Alguna estrella fugaz firmó con su estela de luz el maravilloso estrellado...

-¡Qué maravilla! Contemplando todo esto es imposible pensar que Dios no existe- expresó don Alfonso, mirando el humo azul del tabaco que se desvanecía en la noche...

-¿Es usted creyente, señor Liébana? –preguntó Aurora y Alba esperó con vehemencia la respuesta del músico...

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