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LETRAS COLADAS: La casa de la señora Rábago (17)

- 26 agosto, 2008 – 15:25Sin comentarios
LETRAS COLADAS: La casa de la señora Rábago Manuel Valero

El pequeño Alvaro abrió la puerta de la habitación, salió al rellano de la escalera y vio al señor Liébana con los cascos puestos trazando líneas imaginarias en el aire. Apenas eran las ocho de la mañana pero el niño se levantó para ir al baño.

Al verlo allí abajo en el salón con su copiosa melena, peleándose contra un monstruo invisible se asustó un poco pero enseguida comprendió que aquel hombre no estaba loco ni batiéndose en duelo con un dragón de dos cabezas sino esas cosas raras que hacen los directores de orquesta. Fue bajando lentamente la escalera para no hacer ruido, sin saber que en esas condiciones, el señor Liébana sería incapaz de oír una traca de pueblo. Pero sorprendentemente, el músico se detuvo, se dio media vuelta de repente y se quedó mirando al chico con ojos ausentes. Alvaro, asustado, regresó sobre sus pasos a todo correr en dirección a su habitación. Allí zarandeó a su hermano Luis para que se despertara.

-El músico ése se ha vuelto loco...

{mosgoogle}-Qué músico, qué loco, qué...

-Estaba haciendo cosas con los brazos, se ha vuelto y me ha mirado...

-No te preocupes, ¿no sabes que está componiendo? Anda, vuelve a la cama.

-Iba a orinar...

-Pues baja y mea, pero déjame dormir...

Alvaro se armó de valor y se decidió por hacer lo que le apremiaba. Al verlo, el compositor le lanzó una sonrisa de abuelo y al pequeño se le quitaron los sustos...

Definitivamente aquellas vacaciones no hubieran sido las mismas sin el señor Liébana.

A los Tena les causó una grata impresión y sentían una especie de orgullo y una gran admiración por ese hombre, cada uno a su manera. A Aurora le parecía un hombre sensible aunque con un rictus de dureza en su semblante, un torbellino por dentro atemperado por una extraña calma exterior, un hombre acostumbrado al éxito, a la popularidad, a la reverencia de las grandes orquestas del mundo y de los colegas más renombrados, pero también un hombre solo aunque acostumbrado a la soledad, porque era una soledad buscada, reflexiva, no huraña. Y era también para Aurora un hombre inteligente, de una gran personalidad, muy bien dotado para la conversación. Gregorio veía en el compositor sobre todo al personaje famoso, y al trotamundos que eso conlleva. No era que el cabeza de familia de los Tena se quedara en la superficialidad del juicio sino que prefería no indagar en más. Aquel era un hombre de prestigio, rico y de una gran estima social, culto, auténtico sin imposturas. Todo un lujo como inquilino. No dejaba de pensar Gregorio en el día en que Alfonso Liébana, el director de la Orquesta Sinfónica Nacional estrenara su obra y ellos estuvieran entre los invitados. A Luis le sorprendió su versatilidad y su extensa permisividad ecléctica hacia la música. A su juicio, el señor Liébana había roto el prototipo de músico serio y aburrido como correspondía al tipo de música que solía dirigir. Y aquello le agradó mucho, tanto que se dirigía a él sin cortapisas, casi como con un colega, y en verdad, Luis aprendió cosas del músico viejo de la música nueva que el jovenzuelo desconocía. Como cuando le dijo que el hip hop no era sino una salmodia moderna. Para la señora Rábago, que no era la primera que lo tenía de huésped pero sí en es esas condiciones, era sobre todo el viejo y fiel amigo de la familia. Y para Alba, el señor Liébana se le cruzaba entre el respeto y la atracción. Alba se sentía atraída por aquel señor que tenía algo especial aunque no sabía precisar con exactitud. En realidad no tenía el aspecto de un viejo decrépito sino el de un hombre que está llegando al final de su vida revestido con una madurez resistente y fresca como si lo años ya hiciera tiempo que dejaron de marcar sus muescas en la piel de aquel hombre, que por otro lado, era alto, broncíneo, sin un michelín indiscreto, con sus ojos claros y su melena tan personal. Alba se preguntaba por qué demonios ese señor que de joven debió de estar como un queso, manchego por supuesto, y que aún sexagenario conservaba cierto magnetismo sexual, no se había casado, o no tuviera pareja, o no incluyera en su currículo personal varios matrimonios ni hijos. A veces no soportaba ese enigma y estaba segura que de haberlo conocido en otro tiempo con menos zanjones entre la edad de ambos, no se le hubiera escapado por muchos brazos que tuviera el recuerdo de la Ursulita dichosa. Pero qué importa el amor es lo que tiene, mejor dicho lo que no tiene: edad. ¿Dónde he leído yo antes esto? Bueno, da igual. Y además era atento, educado, conversador, rico. No, no lo puedo entender...

A la hora del desayuno se reunieron de nuevo todos a la mesa y allí el señor Liébana les dio un manojillo de buenas nuevas. La primera que ya había acabado lo que había ido a hacer a casa de la señora Rábago, la segunda que la estrenaría en Navidad, la tercera que estaría encantado de que los Tena asistieran al estreno invitados personalmente por él, y que después de atender a la prensa, a los compromisos y a toda la farfolla social los invitaría a cenar a todos por la buena compañía que les habían proporcionado durante todo ese mes de agosto.

Ni qué decir tiene que al clan Tena, excepto Alvarito que volvió a viajar en su tostada-helicóptero a saber a qué lugar recóndito, aquello les pareció un obsequio inmerecido y respondieron al músico batiendo palmas y con un sincero agradecimiento.

-Qué bien, mamá, me tendré que comprar un vestido para estar a la altura...-dijo Alba.

-Si coges esas cortinas y te haces uno, seguro que estás deslumbrante –terció el señor Liébana...

Ese día bajaron todos a la playa casi desierta y el señor Liébana se deleitó en observar el cuerpo perfectamente esculpido de Alba que al contraluz mostraba sin accidentes la perfecta linealidad de sus curvas. Pero no había obscenidad en el viejo compositor sino la añoranza de la juventud perdida y de un amor contrariado... 

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