El coñazo

RajoyManuel Valero.- Los micros traviesos nos descubren a la persona –buena o mala- que se agazapa detrás del político, siembre bueno, de cara a la galería, por supuesto. Cuando Mariano Rajoy lanzó creyéndose a salvo de la obligada impostura el coñazo que le suponía asistir al desfile de las Fuerzas Armadas -¿existe alguna explicación para mantener la costumbre de sacar la maquinaria de guerra a la calle pacífica cuando el ejército es más humanitario que violento?- no quería decir lo que otros dicen lo que quería decir sino que una parada así puede resultar humanamente un coñazo sin que eso suponga un feo y mucho menos un desprecio a nuestros soldados y oficiales. Y muchos menos viniendo de Rajoy.

{mosgoogle}Sin embargo eso te anima a jugar un juego divertido. Por ejemplo, a especular o a suponer qué dirán los políticos no ya en la intimidad de sus casas sino en esas reuniones de amigos en las que nuestro hombre no tiene porqué ponerse la careta de la actuación sobrevenida. Qué se dirán unos de otros; otros de los mismos compañeros, de los periodistas que los adulan o los critican, del vecino que le pide ayuda para un problema, cuando han acudido a un acto insoportable por obligación de la agenda y de los votos.

Los micros abiertos –ya tenemos algunos casos por ahí, desde las clases de Economía de Zapatero, o el manda huevos de Trillo o el vaya rollo que he metido de Aznar- han descubierto  hasta ahora la cara amable de nuestros representantes, siempre graves, siempre encorsetados, siempre actuando, pero un micro travieso es la fotografía exacta de todos ellos.

La política, dignísima, que los indignos cuando lo son lo son los políticos, exige sin embargo una carga de sobreactuación que incluso lleva a nuestros mandamases a poses casi ridículas en su afán de mimetizarse con el pueblo al que tanto le deben. Pero a micro cerrado estoy seguro de que ellos, los políticos, son otros: ellos mismos. Como cada quisque. Lo que ocurre es que a veces de tanto verlos actuar sobre la tarima mediática, seguidos por la cohorte de medios y medias tintas, nos encantaría verlos en el camerino, cuando los aplausos, los halagos y los palmazos en la espalda se apagan con sordina para dar paso a la persona desprovista de su papel. Buena o mala, ya digo. Pero persona. Y humana, al fin y al cabo. Porque ¿no es cierto que de alguna manera cada cual juega un papel en este gran teatro del mundo, a veces comedia, a veces, drama, a veces absurdo pero siempre emocionante?

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