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Máscaras

- 2 diciembre, 2008 – 11:09Sin comentarios
conlosojosbienabiertosUn pueblo pierde la confianza en sí mismo cuando levanta los ojos al cielo para buscar allí lo que no encuentra sobre la tierra. Lo mismo ocurre cuando en el subconsciente se instala la idea errónea de que un mesías, tenga la forma y naturaleza que sea, vendrá algún día para darle un sentido a una vida que ha perdido todo rumbo y motivación.
Ocurre en tales casos que, guiados por esa fe aérea, los pueblos se estancan en el inmovilismo, en la apatía, en la resignación; instalados en la insana confianza de que un fenómeno externo (mesías, platillo volante o proyecto megalomaníaco) iluminará sus vidas y les dará un sentido nuevo. Esto lleva ocurriendo desde los orígenes sin que, hasta la fecha, haya acontecido nada capaz de despertar a esta aletargada e ignorante humanidad. Pero entiéndase esa ignorancia no en un sentido peyorativo, como si la ignorancia fuera, en este caso, carencia de conocimientos o de cultura. No. Me refiero a esa ignorancia que limita la visión, que priva de la perspectiva necesaria para entender nuestro mundo, y actuar en consecuencia. La ignorancia que lleva al hombre a la violencia, a la intransigencia y al desprecio por todo lo ajeno y diferente. Es esa miopía generalizada la que, como un velo o un antifaz, impide ver más allá del aquí y del ahora.
{mosgoogle}Esta actitud mantiene a los individuos atados a una rutina que termina por estancarlos. Y ya se sabe que el agua estancada se corrompe, y que el miembro sometido a un mismo y continuo ejercicio termina atrofiándose. ¿No ocurre algo así con ese individuo familiar con el que nos cruzamos a diario? ¿No le ocurre eso mismo al espectador de todo ello, es decir, a uno mismo? Sin embargo, con ingenuidad infantil, ese mismo sujeto pretende convencerse de que la situación no es tan mala como se pinta, y que la suya siempre será mejor que la de otros desafortunados cuyo destino es verdaderamente trágico. Este pensamiento reconfortante es inválido porque tiende a medir la calidad o bondad del estado personal comparando la situación propia con la tragedia ajena, y, claro, en tal ejercicio, uno siempre sale ganando. El peligro de esta actitud es que fomenta aún más la pasividad individual. Instalado en la gris monotonía diaria, el sujeto se conforta sabiendo que hay otros peor que él, y justifica así su conformidad, su andar monótono y mecánico hacia los mismos y acostumbrados lugares de siempre en los que las rutinas habituales le aguardan. Es la servidumbre a la que hay que someterse para que luego el sujeto disfrute de todo aquello que le diferencia positivamente de los miserables con los que se compara. Piensa y acepta, en fin, que es el precio del bienestar, de la comodidad y de la calidad de vida que otros no poseen y que él, afortunadamente, disfruta de forma natural. Sin embargo, este individuo no es feliz. Dirá que sí, que lo es. Lo hará porque se ha conformado con vivir en una cárcel de oro. En un reducido y gris espacio en el que todo es frío, automático y previsible, hasta el punto de que las mismas relaciones humanas van perdiendo poco a poco el calor y el entusiasmo iniciales. Se convierten así, junto con el tecnomobiliario, en objeto de transacción y de propiedad. Y lejos de ser un universo inmaterial que propicie el desarrollo personal y conjunto de los individuos, estas relaciones producidas en serie caen en la misma rutina y mecánica que el resto de los aspectos de su vida. Menos mal que siempre existirá el consuelo de que hay otras relaciones aún peores. Rara vez el individuo gris lleva a cabo una comparativa más arriesgada y honesta. Nunca mide la diferencia entre lo que él es y lo que podría llegar a ser. Quizás no lo hace porque tiene miedo de descubrir que sólo él es dueño de su vida. Seguir el rígido raíl es más sencillo que inventarse caminos nuevos. Seguir el sagrado destino que la costumbre, la tradición y la inercia han trazado para cada uno de nosotros es sin duda vivir una vida ajena. Es aceptar como propia una existencia que nos queda pequeña. Y, precisamente, porque el subconsciente no encuentra acomodo en el papel que le ha sido asignado es por lo que hay tanta infelicidad contenida. Y, así, como en la tragedia griega, tras la máscara sonriente habita un individuo de carne y hueso al que dos orificios artificiales le ofrecen una visión reducida del mundo. Ante un espejo creerá ser la imagen plana que el reflejo le devuelve, y aguardará resignado a que una mano más poderosa y autorizada le arranque la careta que le condenó a interpretar en vez de a vivir.

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