Relato de Invierno – La Lotería (6)

LunaManuel Valero.- Había escondido el boleto entre las páginas de La muerte de Ivan Ilich y no pensaba en otra cosa. Asís se dio cuenta del estado de excitación de su jefe pero no le dio mayor importancia porque lo relacionó con la adquisición del manuscrito. Pero en su despacho, Roque era un tigre enjaulado, tan pronto caminaba, se detenía, miraba el paisaje urbano, miraba al suelo en sus paseos de cautivo como si tratara de encontrar una moneda perdida, o se quedaba en el centro del despacho, embobado.

Después el magnate se dirigió al ascensor privado. Antes le dijo a Antón Asis:

-Estaré en casa todo el día. No me llames a no se que se trate de un asunto de extrema importancia. Lo demás lo resuelves tú.

{mosgoogle}-¿Ocurre algo?

Las puertas del ascensor se plegaron. Roque accionó el botón para evitar responder. En el garaje lo esperaba su chófer y a los pocos minutos se perdió de nuevo en una marea de luces y se confundió en el tráfico. De camino a casa reproducía mentalmente la combinación que trazó en el boleto: Tres, Diez, Once, Veintiocho, Treinta y Cinco y Cuarenta y Dos.

-¿Qué día es hoy –preguntó al chófer.

-Martes, señor.

Durmió mal. No recordaba la última noche que la pasó en vela. Trató de cambiar de postura con suavidad para no despertar a su mujer, pero fue inútil. Bajó a la cocina a prepararse una hierba y se fue al jardín a fumar y a contemplar la luna llena. Se tranquilizó un poco y se perdonó por su aspecto con este atavío insomne. Lo de menos era la bata y el pijama desordenados, sino el cabello y los ojos. Un patibulario, parecía. ¿Qué demonios me está pasando? Se trata de un simple juego, y sin embargo porqué estoy nervioso, por qué tengo esa sensación de que va a ocurrir algo inevitable?

Pamplinas. Además, ¿realmente había creído que tenía posibilidades de que su boleto fuera el premiado? Algunos de sus antepasados se habían arruinado sobre el tapete de la ruleta pero eso era otra cosa.

Roque Felix bebió lo que quedaba de tisana respiró con profundidad después de aplastar el cigarro con la pantufla, volvió a la cama y se durmió.

Al día siguiente, estaba en chándal cortando ramitas que rompían la geometría del seto cuando un sirviente lo interrumpió con un teléfono en la mano.

-Es para usted, señor: es el señor Asís.    

Capítulo [5][7]

[Primer capítulo]        

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