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La deconstrucción de la Pandorga (3/3): La reinvención de la tradición

- 30 julio, 2010 – 18:39Sin comentarios
TERCERA Y ÚLTIMA PARTE. Tras la primera parte, publicada el jueves, y la segunda, publicada el viernes, MICIUDADREAL.ES te ofrece la tercera y última parte de un reportaje triple sobre la Pandorga a cargo de Alberto Muñoz, ex presidente del Círculo de Bellas Artes de Ciudad Real. Se trata de un análisis alternativo a la versión oficial, una documentada deconstrucción de la fiesta ciudadrealeña con la que pretende aportar más elementos al debate ciudadano sobre los orígenes y justificación de la Pandorga. De aquí al sábado publicaremos las otras dos partes del estudio. [Este estudio fue publicado en el número 3 de la revista cultural Autopsia]
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2.2.-La reinvención de la Pandorga.
Durante los siglos posteriores, La Pandorga se siguió celebrando con mayor o menor fortuna, hasta que en 1980 la fiesta sufre un punto de inflexión, y es de nuevo reinventada, hasta cobrar el aspecto que hoy tiene. A partir de este año se añaden a los elementos nucleares básicos (ofrenda y cantes-bailes) todos los demás que hoy perduran. Para entender los motivos de esa inflexión sólo hay que retroceder unos años.

Durante la dictadura franquista la fiesta de La Pandorga no precisaba más contenido que el proporcionado por su elemento nuclear. El franquismo fue un paraguas bajo el cual esta fiesta se mantuvo sin ningún sobresalto. Con altibajos en su participación, La Pandorga como fiesta exaltadora de valores eternos asociados a la religión y a la patria, estaba suficientemente abonada en un campo sin peligros ni torceduras. Fue en este periodo una fiesta típica y localista que no precisaba de mayor impulso ni aditamento ya que las ideas y los actos del pueblo estaban suficientemente manipulados por el sistema, y no era necesario habilitar nuevos cauces de adoctrinamiento. El franquismo encontró en La Pandorga un cauce idóneo para sus ofrendas florales, fiestas de la raza, festivales de España, coreografías de coros y danzas, y demás lindezas artístico-patrióticas.

Terminada la dictadura se vislumbra el cierre del paraguas bajo cuyo cobijo se habían garantizado los valores eternos alentados por el régimen. La Pandorga ya no podía limitarse a su sencillo programa de cantes y bailes populares, o sí podía, pero en seguida se comprendió la posibilidad de reconvertir esta fiesta en un medio para perpetuar, con otro nombre, los mismos valores que se habían fomentado desde hacía siglos. Si bien, los nuevos tiempos, los nuevos aires, y el peligro de una juventud dispersa e indiferente a una fiesta arcaica motivaron su reinvención. Para ello se incorporaron a la fiesta elementos facilitadores, que atrajeran a nuevos públicos y evitaran perder al ya existente. He ahí que una vez celebradas las primeras elecciones municipales en España, en abril de 1979, aparece en la prensa local, por primera vez (en mayo de ese mismo año) un anuncio de Espumosos Vigón S.A. en el que se anuncia una bebida novedosa: la Sangría Pandorga. Tal nombre, para un producto alcohólico, habría sido impensable uno o dos años antes. El anuncio continuó apareciendo en los meses sucesivos, hasta que en agosto, el entonces responsable del Cafetín de San Pedro, (Ramón Barreda) importa a la feria de agosto, una nueva actividad lúdica: la elaboración y distribución de la zurra.

Entre la Pandorga del 79’, celebrada como siempre se había hecho, y la del 80’ tiene lugar un hecho que viene a ser, de cara a la galería, el elemento justificante de la inflexión que, a partir de ese año, sufrió la fiesta. Un abogado de la ciudad descubre en su biblioteca personal un documento del siglo XIX en el que aparece la primera alusión conocida al personaje del Pandorgo, desconocido hasta entonces. Este oportuno descubrimiento activa las despiertas mentes de los concejales dedicados a las fiestas y al ocio quienes, aliados a la industria de Cervezas Calatrava, deciden utilizar el hallazgo como excusa para darle un impulso a la fiesta. De esta manera, la Pandorga de 1980 nombra a su primer Pandorgo, incrementa el número de pañuelos de yerbas, e incorpora la caprichosa y huidiza zurra de Barreda, convirtiéndose a partir de ese momento en una parte del convite del Pandorgo, junto con los también flamantes garbanzos. En fin, una serie de aditamentos que aportan a la fiesta mayor dinamismo y atractivo, especialmente para la mocedad de principios de los ochenta que sin estas golosinas festivas se habría mostrado indiferente por esa antigualla que era la Pandorga.

En este sentido la intención no era sólo inventar o reinventar la tradición de La Pandorga “con el fin de demostrar su antigüedad, sino exhibir su adecuación y viabilidad a ciertas circunstancias sociales” 1. No se pretendía llevar a cabo una tarea de preservación o restauración del patrimonio intangible que representaba esta costumbre local. Detrás de los andamios de esa aparente obra de restauración había una intención, quizás no expresa ni consciente, encaminada a servirse de ella como medio para “inculcar determinados valores o normas de comportamiento garantizando de manera automática la continuidad con el pasado” (según la teoría mencionada de Hobsbawn), en un momento de incertidumbre, cambio y crisis. Una vez desaparecida la protección del sistema franquista, las masas, más vulnerables e inquietas que nunca, tuvieron que aprender a ser pueblo y a progresar por sí mismo, sin la protección de un régimen paternalista y dictatorial. La propia Constitución, aprobada en el 78’ hablaba de ciudadanos, de sus derechos y sus deberes, de su responsabilidad como tales. No en vano, alrededor de las fiestas patronales de 1980 se crea la I Jornada de Exaltación ciudadana que otorgará anualmente, y por primera vez, el título de ciudadano ejemplar. El recién descubierto personaje del Pandorgo, no deja de ser eso mismo, un campesino o labrador ejemplar. La costumbre ancestral se adapta a los nuevos tiempos inventando tradiciones como el nombramiento del Pandorgo, que asume rasgos similares, pero de otro orden, a los del ciudadano ejemplar. Lo que la Constitución acabada de reconocer a los españoles, es lo mismo que el pueblo llano quería reservarse para sí nombrando a su Pandorgo o mayordomo.

De nuevo como en el siglo XVI, las circunstancias materiales justifican la reinvención de una fiesta que, capaz de conectar el pasado con el presente, debe aglutinar a los habitantes de la ciudad en torno a unos valores amenazados por el cambio de régimen. Otra vez la Virgen es utilizada como elemento aglutinador, como argamasa y medio de identidad, frente a un enemigo inconveniente que ya no es el musulmán invasor, sino la incertidumbre ante el cambio político y el temor a la aparición de elementos e ideologías disolventes. Así como el libro de Mendoza en el siglo XVI llegó en un momento oportuno, también el hallazgo de un legajo decimonónico sobre la figura desconocida del Pandorgo ayudó a reavivar la fiesta cuatro siglos más tarde. Sin embargo, el celo puesto por la municipalidad en esta reinvención no pareció suficientemente compensado por la prensa del momento (Diario Lanza): “Llega hasta nosotros el rumor de que algún o algunos concejales no están contentos con la información sobre La Pandorga y actos subsiguientes. Vamos que les parece poco. Consideran que su esfuerzo merecía más. (…) Para un festejo, aunque de la capital, habíamos dado más información, sobre todo gráfica, que de un viaje del Rey, ahora, y antes de Franco.” 2 En la queja que origina esta réplica se vislumbra el especial interés que tiene el Ayuntamiento por hacer de la fiesta reinventada un elemento mediático que debía ser difundido con la mayor profusión posible. No olvidemos que desde los años sesenta hasta los primeros ochenta Puertollano superaba en población a Ciudad Real, además de tener un mayor dinamismo económico, todo lo cual pudo generar en el subconsciente local una sensación de que la capitalidad era un atributo poco más que administrativo. La Pandorga pudo así convertirse en un reclamo, en un elemento para construir una “conciencia local” que transmitiera la sensación de permanencia e invariabilidad en un contexto de cambio profundo. De ahí la importancia de conseguir una repercusión mediática amplia, pues lo que estaba en juego era más importante que los viajes del flamante monarca.

Cerrando la edición del Diario Lanza del día 1 de agosto de 1980, aparecía un artículo de opinión de Pedro Peral titulado “¿A dónde vamos?” En el que decía: “Lo verdaderamente desmoralizante no es tanto, siéndolo mucho, la situación actual, cuyo deterioro se agrava progresivamente a ojos vista. Lo verdaderamente preocupante radica, a nuestro juicio, es la ausencia de metas claras, de objetivos nacionales ilusionantes, de caminos para salir de esta vergonzante atonía, de esta aberrante confusión. Nunca España cambió tanto en tan poco trecho como en los últimos años. Pero cambiar no es mejorar” 3. Este artículo aparece el mismo día que la crónica de la primera Pandorga del año de su reinvención. En un contexto tan desalentador, en plena crisis nacional y de valores, La Pandorga resurge acrecentada convirtiéndose en el caparazón perfecto para afrontar con seguridad una época inestable, en la que esta fiesta ya no era la manifestación espontánea de la devoción popular sino una herramienta eficaz de manipulación ciudadana.

3.-Reflexión final.
Casi treinta años después de su reinvención, La Pandorga vive, como en el período franquista, una etapa de letargo. Anclada en la repetición de los ritos y prácticas tradicionales, no precisa activar ningún mecanismo adicional. La Pandorga es, desde el punto de vista del materialismo cultural, útil sólo en contextos de cambio e incertidumbre. Quienes manifiestan que La Pandorga actual está desvirtuada no deben olvidar que la aplicación de su significado original, como conjunto de instrumentos que generan gran ruido y jolgorio, es hoy, más que nunca, adecuado. Pues eso ha sido siempre la fiesta en torno a la patrona: ruido regio, como reclamo para atraer población a una aldea diseñada para consolidar una frontera; ruido eclesiástico, para ganar la batalla de la preeminencia parroquial; y ruido, en fin, para ofrecer cobijo, en una época de cambio de régimen, a quienes peligrosamente amenazaban con adentrarse en los disolventes caminos del modernismo cultural de los ochenta. La propia infraestructura política alentó con el fenómeno de la movida cultural sus propios y subversivos iconos institucionales. Esta otra manera de hacer ruido y jolgorio, revestida de cultura urbana, y alejada de la añeja y ancestral fiesta aldeana constituyó otra vía preventiva de control social que permitió, pasada la década, la relajación de La Pandorga.

Probablemente algunos ideólogos municipales entendieron que era mejor mantener a Ciudad Real en conserva y, lejos de abrir nuevos caminos que fomentaran su progreso cultural, decidieron condenarla a la repetición del rito monótono y estéril de unas tradiciones inventadas que tienen como traje típico la camisa de fuerzas, la venda y la mordaza. Hasta que las fuerzas “subterráneas” no lo necesiten, podrá La Pandorga, allí en lo alto, seguir amodorrada y dejando indiferente o entreteniendo, con su cúmulo de tradiciones inventadas, al abúlico ciudadrealeño.


Notas al pie

1. Cohen, A.: Belonging: the experience of culture (1982) citado por Ivonne Flores en Identidad cultural y el sentimiento de pertenencia a un espacio social: una discusión teórica.

2. García San Martín, C.: “Todos queremos más”. Diario Lanza, 2 de Agosto de 1980.
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3. Peral, P.: “¿A dónde vamos?”. Diario Lanza. 1 de Agosto de 1980.

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