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La masa

- 31 julio, 2010 – 13:31Sin comentarios
La cabalgata del amor -“Loveparade”- del pasado sábado 24 de julio en Duisburgo (Alemania), se convirtió en la fiesta del terror como consecuencia de la incontenible avalancha humana que intentaba acceder a un recinto -al parecer insuficiente para acoger a casi el millón y medio de personas congregadas- a través de un estrecho túnel que pronto se vio colapsado, provocando la muerte por aplastamiento de 19 personas (entre ellas dos chicas españolas del programa “Erasmus”) y cerca de 350 heridos.

Como siempre que ocurren estas tragedias, y al rebufo de la alarma social que lógicamente provocan, se intenta analizar los errores, en cuanto a previsión, organización, seguridad, etcétera, que han podido acarrear este desastre y las responsabilidades personales que cabe exigir por ellos a las autoridades y servicios públicos correspondientes. La gente, sobre todo los damnificados y sus familias, se hace preguntas a las que es necesario dar respuestas convincentes. Y resulta obvio señalar que los responsables de errores y negligencias tan graves deben ser encausados -y condenados si, tras la investigación correspondiente, resultaran culpables- por unas faltas que tanto daño han llegado a ocasionar.

Ahora bien, ¿es esto suficiente? Aunque se llegara a meter en prisión al organizador o a los encargados de seguridad del desgraciado evento, creo que conformarse con eso sería como aplicar un medicamento antitérmico a un enfermo con fiebre y no indagar de dónde viene la fiebre. Desde mi punto de vista el mero hecho de que pueda haber casi un millón y medio de personas (¡el total de habitantes de 20 ciudades como la nuestra, nada menos!) dispuestas a correr riesgos y molestias evidentes, además de a pagar un pastón, para juntarse en una fiesta, ya me parece suficientemente preocupante. Y síntoma clarísimo de que algo no funciona en este mundo nuestro del siglo XXI.

Cada vez entiendo menos esta tendencia a la masificación, a apegotonarse unos con otros en esos megaestadios, macrobotellones, hiperconciertos, que tanto proliferan últimamente, la mayoría de las veces sin espacio para moverse, respirar o poder salir corriendo en caso de peligro. Esas inmensas acumulaciones de gente ya comportan, de por sí, un riesgo evidente. Cualquier accidente, contratiempo o alarma que en una situación más normal se resolverían con facilidad, pueden desencadenar en estas verdaderas catástrofes, como en tantas ocasiones ha sucedido ya. Y no digamos si a esas multitudes, frecuentemente congregadas en torno a un acontecimiento más o menos festivo, les da –como les suele dar- por “ponerse” a base de diversas sustancias alteradoras de la consciencia y del sentido de la realidad. Sustancias que, naturalmente, suponen un sustancioso negocio para comerciantes más o menos legales. Todo ello debería ser razón más que suficiente para que cualquier persona con dos dedos de frente huyera como de la peste de este tipo de festejos tan peligrosos. Sin que fuera necesario prohibirlos.

Pero ya sabemos que no es así. Más bien es al contrario. Cada vez la gente –los jóvenes en mayor proporción, lo que muestra la tendencia preocupante de hacia dónde van las cosas- es más proclive al rebaño. Un rebaño que, como no podía ser menos, va sustituyendo el “logos” (el pensamiento, la razón, el sentido) por la emoción más infantil y primaria, por el sentimiento difuso de pertenencia a un todo que acoge y arropa como un útero, por el deseo de pérdida en la masa, de abandono a la impulsividad más irracional y desinhibida. ¡Qué paradoja tan graciosa! Unos pocos años después de que la Iglesia declarara clausurado el limbo, resulta que las masas lo que prefieren, más allá del paraíso refulgente o el infierno tenebroso, es precisamente el limbo. ¡Vivir para ver!

Hace unos pocos días, en un artículo dedicado a la desmesura en las celebraciones por el triunfo de “la roja”, declaraba mi preocupación por lo fácil que resulta (siempre lo ha sido, pero parece que con el transcurso de los años lo es cada vez más) manipular los sentimientos y emociones de las masas, secuestrando, al mismo tiempo, su raciocinio y su voluntad. Tanto da que sea el discurso del Führer ante el Reichstag como el electrizante sonido de uno de esos conjuntos musicales, famosos hasta el delirio; lo mismo si es la arenga combativa del líder de cualquier signo político, de cualquier religión, como la arrebatadora presencia del actor de moda o el deportista triunfante. Para el caso es igual. La gente, demasiada gente, quiere dioses a los que adorar y con los que emocionarse hasta el éxtasis. Dioses a los que entregar no sólo su devoción; también, como digo, su pensamiento, su voluntad y su libertad.

Acabo de entrar en algunos foros de internet donde se discute sobre el suceso que daba pie a estos comentarios. Casi todos los intervinientes abundan en lo mismo: que si las condiciones no eran las adecuadas, que si fallaron los sistemas de información o seguridad, que si la organización no previó la asistencia de tanta gente… Algunos dicen que “sólo había 1.200 policías controlando a la multitud” (¿qué había que hacer, desplazar a todos los policía de Alemania para garantizar la seguridad de una fiesta?). Pocos ponen el énfasis necesario en la responsabilidad y el sentido común de los propios asistentes. ¿Cómo pudieron seguir empujando cuando el túnel estaba ya colapsado y la gente aplastada pedía socorro a gritos? Seguramente porque ese casi millón y medio de personas era ya, y no podía ser otra cosa, un monstruo de imposible control. ¿Merece cualquier festejo, por muy chachi piruli que pueda resultar, correr riesgos tan serios?

Por mi parte les aseguro que no me verán en ningún evento de este tipo. Ya ni en la Pandorga tan próxima (“Pandroga” la llama un amigo mío), que se ha ido convirtiendo también en una fiesta demasiado multitudinaria, sucia, ruidosa e insoportable, por “tradicional” que la quieran considerar, en la que parece que lo más gracioso es que se junten algunos miles de personas más que el año anterior o se jarreen algunos miles de litros más de “limoná”, a mayor gloria de bodegueros y otros comerciantes del ramo (del ramo de Baco, sobre todo).

Pero bueno, todo va en gustos. Y para mi –pueden ser cosas de la edad, no lo discuto- más de cien personas constituyen una multitud excesiva. Aunque ya se sabe que soy un tipo bastante raro.

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