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Accesibilidad (2/3): Un rodeo de 300 metros… que algunos (no precisamente discapacitados) sí pueden ahorrarse

- 4 agosto, 2010 – 19:53Sin comentarios
SEGUNDA PARTE. Tras la primera parte, publicada ayer, MICIUDADREAL.ES te ofrece la segunda parte un reportaje triple sobre accesibilidad. Hoy vamos a ver cómo los derechos que a menudo se les niega a los discapacitados físicos sí están a disposición de otras personas que, sin ser discapacitados, hacen uso de ciertos privilegios.

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En nuestro artículo de ayer hablábamos de las dificultades con las que se encuentra Marisa cada vez que quiere acceder a la piscina municipal, teniendo que hacer un rodeo de 300 metros desde el aparcamiento reservado hasta el último acceso a la piscina. Lo cierto es que este último acceso está a apenas 10 metros de la antigua puerta del Polideportivo, que está a otros 10 metros del aparcamiento. En total, una distancia de no más de 20 metros que facilitaría bastante las cosas a los discapacitados.

Sin embargo, y a pesar de las diversas peticiones que han hecho Marisa y Joaquín para que se habilite esa puerta y los discapacitados eviten el rodeo, desde el Patronato siempre se han argumentado razones pragmáticas para no abrirla. No obstante, parece que algunos impedimentos no están hecho para todos.

MICIUDADREAL.ES se acercaba a las inmediaciones del Polideportivo el pasado lunes sobre las 11:45 horas. No habían pasado más de cinco minutos cuando nuestra cámara captaba lo que ven en la foto que ilustra este artículo: una operaria del Polideportivo, llave en mano, abría la puerta situada a 10 metros del coche de Marisa para entrar a la piscina. Desde el Patronato se había asegurado a Joaquín que esa puerta no se abría nunca, pero, evidentemente, no es cierto. Tampoco es algo puntual ni extraordinario: hace poco, Joaquín enviaba una carta de protesta en la que ya advertía del uso de esa puerta e identificaba a otro empleado: “Hemos podido observar cómo, sin ningún disimulo, un operario del Polideportivo -alto, calvo y con perilla, y según algún conocido, jardinero o similar del turno de mañana- hace uso de una llave para entrar y salir por esa puerta y no tener que hacer el recorrido anteriormente citado para acceder a la piscina, con el consiguiente enfado para quienes no pueden andar y se les obliga a pasar por la puerta de la taquilla. La última vez que yo mismo lo vi fue el pasado domingo día 11 sobre las 20 horas, momento en que se marchaba hacia la Escuela de Idiomas andando”.

En realidad a Joaquín no le parece del todo mal que los operarios usen esa puerta: “Incluso entiendo que no habiliten esa puerta para todo el mundo; lo que no entiendo es que se nieguen a abrirla a los discapacitados, para que tengan que desplazarse menos”.

Y por falta de ideas no será, desde luego. En su carta, Joaquín propone hasta tres soluciones:

  1. “Solución 1.- Puesto que los discapacitados cuentan con una tarjeta con código de barras y banda magnética, sería fácil poner en esa puerta que ahora no pueden utilizar un lector de bandas o un láser lector de códigos de barras. El pago de los 0’42 o 0’55 euros, podrían realizarlo al encargado que se encuentra en la entrada a la piscina, o cargarlo en un número de cuenta bancaria que se daría al solicitar la tarjeta o renovarla, o abonar una cantidad fija como en los abonos anuales.
  2. Solución 2.- Colocar un portero o videoportero en esa puerta, controlado por el personal encargado de la entrada al recinto de la piscina, abriendo la puerta desde el control y cobrando igual que en el punto anterior. Esta solución también se podría aprovechar por parte de otras personas como madres o padres con sillas de niño o mujeres embarazadas, para no obligarlas a realizar este recorrido que, por cierto, hay que realizar casi enteramente bajo el sol.
  3. Solución 3.- Trasladar el aparcamiento de motos que se encuentra infrautilizado a la calle Vicente Aleixandre (la calle sin salida que da al paso de peatones de la entrada principal al recinto deportivo), y colocar los tres reservados que se encuentran junto a la antigua entrada, uno junto al que ya existe y los otros dos donde se encuentra el actual de motos, quedando dos reservados a cada lado del paso de peatones. Esta última sería la opción más económica, pero también la más penosa para los discapacitados, ya que les obligaría -como anteriormente he significado- a desplazarse 150 metros, que para nosotros puede ser poco, pero yo puedo andar bien -desconozco si Vd. también-”.

Un uso “aprovechado” de la tarjeta de discapacidad

La piscina no es, ni muchísimo menos, el único sitio en que los discapacitados tienen que lidiar con más problemas: barreras arquitectónicas, autobuses mal habilitados, señalizaciones incorrectas... aunque, en muchísimas ocasiones, tienen que enfrentarse a un problema mucho mayor e incomprensible: la mala fe del resto de vecinos. “Ya no sé cuántas veces he intentado aparcar el coche y me he encontrado que en el reservado de minusválidos había otro coche sin tarjeta de discapacidad”. Pero esto no es lo peor: “Otra vez recuerdo que vi aparcado un todo terreno con tarjeta de discapacitado, pero me llamó la atención. Más tarde me encontré a la conductora y ella misma me reconoció que la tarjeta no era suya, sino de un familiar. Ella puede aparcar en reservado siempre que lleve a su familiar en ese coche, pero en esa ocasión no lo llevaba, y no tuvo ningún problema en reconocerlo. Aparcó ahí porque le dio la gana”.

Joaquín reconoce que este tipo de luchas a menudo reportan grandes dosis de impotencia, frustración y cabreo: “¡Será que no he oído veces a gente quejarse y decir que los discapacitados tienen demasiados aparcamientos reservados! Encima es que parece que les están haciendo un favor, cuando lo único que pretendemos es que se cumpla la ley, que establece que cada 50 aparcamientos tiene que haber uno reservado para minusválidos”.

Para Joaquín es evidente que existe un problema no sólo de concienciación, sino también de responsabilidad cívica: “Es muy fácil decir que hay demasiados aparcamientos reservados; lo difícil es darnos cuenta de que los que caminamos perfectamente podemos ir andando a cualquier sitio, pero los discapacitados no”.

Sin embargo, si ya se granjean varios enemigos fuera, a menudo los peores enemigos de los discapacitados son... los propios discapacitados. Apatía, falta de ganas de cambiar las cosas, pereza a la hora de exigir sus derechos... En la tercera y última parte de este reportaje, que publicaremos mañana, conoceremos el negativo conformismo que a menudo obliga a los discapacitados a resignarse y a acostumbrarse a sus problemas, sin intención alguna de mejorar las cosas.

Mañana viernes, en MICIUDADREAL.ES.

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