Contramanifiesto por una revuelta en la enseñanza sin sentido

La rebelión de los gorrionesRespuesta crítico-satírica de las víctimas del sistema educativo al «Manifiesto por una  vuelta al sentido común en la enseñanza» de Ricardo Moreno Castillo.

Los firmantes del Manifiesto por una  vuelta al sentido común en la enseñanza hacían pública su preocupación ante «el imparable deterioro de la educación en España» y proponían una nueva ley de educación que contemplara los puntos que a continuación ofrecemos numerados. Los alumnos hemos considerado conveniente responder a éstos alfabéticamente:

1. Un bachillerato considerablemente más largo que el actual. Es una injusticia que, en nombre de una falsa equidad, se prive de la posibilidad de un bachillerato serio y exigente a los buenos estudiantes para que quienes no lo son no se sientan discriminados.

A) Los alumnos estamos de acuerdo. El bachillerato debería extenderse desde el final de escolarización infantil hasta la edad de jubilación. Es una injusticia que, en nombre de la estabilidad laboral, se cierre la puerta a profesores preparados y con vocación, que entienden la educación como un empeño serio y exigente, para que quienes no tengan capacidad, ni motivación, no se sientan discriminados.

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Nos resulta curioso comprobar cómo es posible adoptar una posición victimista y a la vez ser tan agresivo en los planteamientos. Es un arte la manipulación del lenguaje. Porque cuando se pide un bachillerato «serio y exigente para los buenos estudiantes», lo que se está demandando de fondo es quitar de en medio, de extirpar, a los estudiantes regulares, a los malos y a los peores. Que esto lo planteen profesionales que se llaman a sí mismos profesores, perdonen, pero nos cuesta hasta creerlo. ¿Qué mérito tiene, tanto para un profesor en particular como para un sistema educativo en general, conducir hasta la universidad a un grupo de alumnos brillantes? ¿Necesitan las lumbreras un profesor? Pónganles vídeos y un papagayo:  dará color a la clase y seguro que transmitirá más humanidad que algunos profesores. A nosotros nos parece que un alumno que no sea excelente es siempre un estímulo, excepto para un profesor sin vocación o un profesor acomodado. En tales casos, un alumno que no sea excelente siempre será un problema añadido.

Afortunadamente, aún tenemos todos derecho a la educación; garantizado por la ley. La enseñanza básica es obligatoria y gratuita, sin que pueda prevalecer, además, discriminación alguna por nuestra condición o circunstancia personal o social, como dice la Constitución. Discriminar no es otra cosa que «seleccionar excluyendo» y eso es lo que todos los firmantes de este manifiesto han rubricado. Los alumnos nos sentimos tremendamente decepcionados, esperábamos mucho más de nuestros profesores.

Un docente que sólo está capacitado para la transmisión de conocimientos es un individuo incapacitado para la docencia, especialmente para aquélla no universitaria. Podrá llegar a ser un excelente profesional en cualquier ámbito, pero jamás cumplirá las obligaciones que la ley y la sociedad le exigen. El fin de la educación no es la habilidad con los quebrados, ni el manejo de las gónadas, sino el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.

Una cosa les vamos a decir: nuestro contrato no escrito de escolaridad reza que el más listo ayudará al menos listo, el más fuerte protegerá al más débil; somos uno y lo damos todo. Y, si alguno de éstos que pretenden abolir lo establecido y se oponen a la innovación tiene agallas, que entre en clase, estando todos presentes, e intente sacar a un compañero. Rechazamos de plano el apartheid educativo. (Nota: debido a que algunos adultos entienden lo mismo por reaccionario que por facha, y a que no distinguen siempre entre política y educación, los alumnos hemos decidido eliminar la palabra reaccionario del texto de este párrafo y sustituirla por su definición. En pro de que nuestro mensaje llegue con claridad, nos ponemos al servicio de sus prejuicios por si hemos de modificar alguna expresión más)

2. Un centro de estudio no es un simple lugar de permanencia, sino un lugar de trabajo. Y como no hay calidad sin exigencia, consideramos que la promoción automática debe ser eliminada para evitar que pase de curso quien no haya estudiado ni se haya esforzado. Asimismo creemos necesaria una prueba general externa al final de la ESO y otra al final del bachillerato.

B) También coincidimos en esta consideración: un centro de estudio no es simple lugar de permanencia, sino un lugar de trabajo. Los profesores  que vienen a marujear y al pasar el rato deberían ser advertidos, sancionados si incurren en reiteración, y obligados a entregar partes de incidencias firmados por sus hijos -como norma general-, por sus pupilos legales en caso de no disponer de los primeros o, finalmente, por cualquier persona con capacidad de obrar.

Si son tan beneficiosas esas pruebas generales, no pongan dos, sino veinte. Pues anda que no han dado ustedes vueltas cuando era tan fácil la solución. Es más, pongan cincuenta, y así no habrá posibilidad de error ¡Oh, visionarios del saber, purifiquen los ciclos! Y para esos que son amigos de tantas pruebas, los alumnos estamos pensando que, ya que si no hay exigencia no hay calidad,  entonces quizá deberían fijarse unos objetivos precisos y también evaluables para la labor docente. Ojo, en pro de la calidad en la enseñanza, no con intención de fastidiar. Su cumplimiento o no, podría tener incidencia directa en los complementos salariales y en los períodos vacacionales, por ejemplo. Así, además, el inspector, ese señor con bigote y traje, tan serio, que sólo viene una vez al año y a por unos papeles inservibles, copiados de un año a otro, de un profesor a otro o de cualquier editorial, podría por fin tener una utilidad práctica. No seríamos muy duros, nosotros somos los que mejor sabemos lo que supone un suspenso. Además, abriríamos un período de recuperaciones para aquellos profesores que no cumplieran con unos objetivos mínimos – siempre viene bien una segunda oportunidad-. Si es necesario, para casos muy graves, clasificaríamos a los docentes en categorías del tipo «con capacidades comunicativas especiales» o «con capacidades pedagógicas especiales»…  Así, como hacen los adultos, podríamos atender mejor sus necesidades. Por ejemplo, en el caso de encontrarnos con un profesor un poco torpe, se le asignarían a éste los alumnos más avanzados.

Estamos dispuestos a participar, gustosamente y como consumidores de la educación, en cualquier tipo de evaluación que se realice al profesorado. No en vano, somos los únicos capaces de efectuar una evaluación continua sobre el ejercicio de su profesión. Todo esto, si contáramos con el beneplácito de ese ente difuso, extracorpóreo y suprarrenal, llamado sistema educativo. Si ni siquiera se nos considera capaces de este cometido tan sencillo, para qué se nos escolariza -y hasta lo dieciséis años-, para qué promueven una educación participativa si no es tal… nos preguntamos.

Asimismo, observamos que los usuarios de los servicios de salud tienen derecho, siempre que se den las circunstancias que lo permitan, a la elección de facultativo. En la educación esto no es así, y creemos que no es necesario que sea así, porque la coordinación entre los profesores y el esfuerzo compartido de todos los agentes que intervienen en la educación, debe garantizar que no existan diferencias de una clase a otra, sin perjuicio de las iniciativas y particularidades con que cada profesional pueda enriquecer la docencia en el aula. Si ustedes no están dispuestos a trabajar en equipo, los alumnos nos veremos obligados a pedir que, con el tiempo, se abra un debate en el seno del sistema educativo, que abarque a la totalidad de la sociedad, sobre la conveniencia o no de la adopción de dicho derecho también para los usuarios de la educación. Lo que no estamos dispuestos a permitir, con o sin apoyo de la administración y de nuestros padres, es a que sea el azar el que determine que caigamos en manos de personas que no estén preparadas, que no sean capaces ni siquiera de sentarse con un compañero y diseñar una estrategia común, porque eso puede ser determinante en nuestro proceso de formación y marcar nuestro futuro. Sinceramente, no se abandonen porque los alumnos nos sentimos con verdadera capacidad y poder de decisión. Un gran potencial que se aprecia, se manipula y se emplea en beneficio del consumismo salvaje y se desprecia -no se utiliza, ni se desarrolla- dentro el sistema educativo. Sugerimos a las autoridades del ramo que escuchen a los expertos adecuados y extraigan conclusiones precisas. Si este cometido resulta demasiado complejo, estamos dispuestos a convocar a directores de centro, responsables autonómicos y asesores ministeriales a unos completos seminarios y unas divertidas dinámicas de grupo conducidas por Ronald McDonald.

3. La vuelta a la disciplina en las aulas, para que el derecho de quienes quieren aprender esté siempre por encima del de quienes boicotean la clase, y los derechos del alumno agredido por encima de los del alumno agresor. Para ello, es indispensable el reconocimiento del profesor como autoridad pública, y aceptar sin complejos que el profesor ha de ser quien manda en la clase.

C) A los alumnos nos gustaría desayunar disciplina y que nuestro cuerpo la metabolizara, o que pudiéramos adquirirla por ósmosis en cualquier centro de salud. Desgraciadamente, la naturaleza nos empuja a la nuestra primera espermarquia -o menarquia, en su caso-, pero no tenemos ningún gen que nos llame al orden. Para ser disciplinados necesitamos un agente externo que nos inculque, que nos insufle o que nos inyecte, esa disciplina. Pensamos que padres y profesores deberían ser los responsables de esta tarea y, para ello, recibir una formación obligatoria si fuera preciso.

Para el desarrollo profesional pleno y la satisfacción personal de los docentes defensores de la pedagogía marcial y el uso de correas, físicas o psicológicas, recomendamos al Ministerio de Educación la habilitación de centros caninos anexos a los colegios e institutos de educación secundaria. Así, estos docentes, tendrían acceso a alumnos aptos y equiparados a su nivel.

No nos gustan los profesores autoritarios; especialmente aquellos que, cuando exigen la autoridad, esconden una ausencia total de capacidades pedagógicas. Entendemos que es difícil a veces que la autoridad moral, en base al saber, la edad y el respeto debido, conduzca el buen desarrollo de las clases. Es cierto que compañeros alumnos son responsables de que este cometido sea muy complicado, pero no es menos cierto que algunos profesores no están bien entrenados en las estrategias adecuadas para gobernar o dirigir un grupo. El punto de partida ideal, por tanto, sería que dejásemos de culpar constantemente a los demás y que todos estuviéramos dispuestos a poner algo de nuestra parte para mejorar esta situación.

Nos entristece que nuestros profesores vean en el reconocimiento como autoridad pública la panacea, que no entiendan que ese escalón legal al que pretenden acceder es un escalón moral que nos hacen retroceder a los alumnos. Ese paso nos deja sin argumentos contra los malos compañeros. Nosotros creemos que el orden y la estabilidad de la clase es un derecho y una responsabilidad de todos los que la formamos. Pensamos, por tanto, que sería una equivocación que toda esa carga recayera exclusivamente sobre los hombros del docente.

Además, hemos visto a padres irresponsables y cretinos avasallar a un profesor sin más casus belli que un bulo, que una sucia falacia. ¿Y qué han hecho ustedes? Ocultarse en sus clases para que el problema no les salpicara ¿Y qué ha hecho el director? Mediar a favor de la mentira para evitar el escándalo, no fuera a alarmarse algún chupatintas en la Delegación. Resultado: muerto un profesor, resucitado un autómata -ilusión: 0, compromiso: 0, resentimiento: 10-  Y luego, cuando el docente es realmente culpable de alguna irregularidad, es cuando salta el corporativismo… ¿Qué clase de valores nos están transmitiendo ustedes? Algunos comportamientos no son merecedores ni del reconocimiento como la autoridad pública, ni de ningún otro, sino de incluso algo más que una justificada expulsión automática del sistema educativo. Gánense el respeto con trabajo, pero no sólo en su celda, conviertan los centros educativos en verdaderas colmenas y no en avisperos. Cooperen, trabajen en equipo. Qué padre bacín va a cuestionar cualquier aspecto de la docencia que ustedes consensuen y defiendan a una. No permitan que llegue información sesgada a los padres, abran vías de comunicación y aprovechen toda predisposición como un arma educativa más. Busquen siempre lo mejor para nosotros y no lo más cómodo para ustedes. Cedan con sus compañeros, que ellos también cederán, compartan experiencias y no suspicacias, colaboren, experimenten, crucen cada mañana la puerta de la clase pensando «hoy voy a dar la mejor clase de la historia», conózcannos, mírennos a los ojos, sorpréndannos, provóquennos, maldita sea… ¡reaccionen!

Los que añoren la posición que tenía un maestro de la postguerra, ya se pueden ir olvidando, porque ni comparten las mismas condiciones económicas -eso seguro que no lo quieren-, ni la sociedad es la misma, ni es la misma exigencia la que tienen los docentes. Ahora hacen falta más argumentos que una vara para hacerse con una clase y entender que cuando los alumnos recitamos de carrerilla la lista de las redes sociales demostramos ser tan capaces como nuestros abuelos cuando recitaban la lista de los reyes godos.

Si el problema es que algunos profesores necesitan un refuerzo psicológico o alguna herramienta para imponer su autoridad, se podrían tomar otro tipo de medidas como la adopción de algunos símbolos propiciatorios -por ejemplo un báculo de poder de aspecto fálico-. Si no es suficiente, podría procederse a la instalación de osarios en las aulas que acogieran el descanso eterno de educadores ilustres y así reforzar el sentimiento de propiedad y dominio del profesor sobre el entorno físico. Claro que todo esto puede ser contraproducente, pues podría aumentar el número de docentes que creen que los colegios o institutos son suyos o que los van a heredar.

En fin, queremos que conste nuestra predisposición al diálogo, al trabajo cooperativo y a la innovación, si procede.

4. Consideramos que la pedagogía no es una ciencia, sino un lenguaje sin contenido que ya ha hecho mucho daño en la enseñanza. Por esta razón, la formación de los futuros profesores ha de estar a cargo, exclusivamente, de las facultades de las especialidades correspondientes.

D) Pues entonces debe ser que no existe correlación entre la formación pedagógica del profesorado y el índice de fracaso escolar, pese a las evidencias… Pero, qué demonios, la estadística tampoco es una ciencia, sino un lenguaje sin contenido que puede hacer también mucho daño a la enseñanza…

Estamos convencidos de que es fundamental formar a los futuros profesores en enseñar. No hace falta ir a la universidad para conocer las materias y contenidos que los docentes van a impartir en los colegios e institutos, de hecho hasta nosotros podemos llegar a dominarlos y muchos no hemos acabado ni la ESO.

Si algunos profesores tienen en la docencia universitaria su verdadera vocación, no es culpa del conjunto de la población adolescente que éstos no hayan superado los procesos selectivos para la obtención de dichas plazas académicas. Meter un frustrado en un aula repleta de hormonas en ebullición es lo mismo que verter un vaso de agua sobre una sartén con aceite hirviendo.

Lo que realmente no entendemos es cómo es posible que los enseñantes que forman a los futuros profesores en ocasiones no tengan, o a penas tengan, experiencia laboral en colegios e institutos. Con todo el respeto, creemos que los formadores de docentes deberían compaginar  las dos enseñanzas: la universitaria con la que corresponda al nivel que impartan. Es decir, en nuestro caso, que esos profesores trabajaran la mitad de su jornada laboral en la universidad, y la otra mitad aquí, con nosotros en el instituto. O al menos que, por dedicarse a labores de investigación, se tenga un conocimiento contrastado, aunque menos práctico, de la realidad de la educación no universitaria.

5. Que en la promoción profesional de los profesores se valore de verdad el saber. Actualmente, por ejemplo, para acceder a una cátedra puntúan más los cursillos y los cargos directivos que los méritos académicos, los libros y las publicaciones. Y por buenas que puedan ser éstas, no cuentan absolutamente nada a la hora de reconocer los complementos de productividad, para cobrar los cuales es indispensable realizar unos cursos, la mayoría de ellos inútiles y alejados de la realidad de las aulas. El saber y la excelencia están hoy día, en el mundo de la enseñanza, perseguidos y despreciados.

E) Si la obsesión profesional del profesorado es la obtención de cátedras y complementos de productividad, entonces no sabemos para qué carajo vamos los alumnos a los colegios e institutos. Lo único que pedimos es que no nos hagan perder el tiempo. Si quieren que nosotros nos comprometamos en nuestra educación, comprométanse ustedes con su profesión.

Si el reflejo del saber y la excelencia se orienta a que éste incida exclusivamente en las nóminas de los funcionarios y no directa y expresamente sobre el alumnado, entonces este sistema está podrido y viciado y no hay reforma posible que lo enmiende.

Lamentablemente, si hemos de ser sinceros, los alumnos rara vez hemos disfrutado de la excelencia en el aula. Es más, comprobamos con desaliento cómo, dentro del claustro, las inquietudes de algunos docentes, su iniciativa, su esfuerzo por mejorar, encuentran como única respuesta el recelo de sus compañeros e incluso, a veces, hasta el de los padres. El «ir de listo» es garantía de granjeo de críticas y enemistades… Y son ustedes mismos los que después critican «lo mal que está la sociedad».

No comprendemos cómo, ni por qué, la apatía y el individualismo se han institucionalizado en los centros docentes. Sin embargo, sí somos capaces de entender que ese individualismo degenere en el egocentrismo del profesorado, lo que provoca que el enseñante pierda el norte y comience a verse como el eje alrededor del cual gira el universo de la enseñanza. Y es este chovinismo docente el que inspira confabulaciones y manifiestos corporativistas como el que ahora rebatimos y combatimos los alumnos.

6. Para que esta nueva ley sea posible, es indispensable, en primer lugar, que quienes elaboraron la LOGSE y la LOE reconozcan de una vez el monumental error y la necesidad de rectificar, y en segundo lugar, llegar a un pacto de Estado para dejar la educación al margen de la contienda política. A continuación, nombrar una comisión con representantes de todos los partidos para la elaboración de una nueva ley de educación. Los miembros de esta nueva comisión han de ser profesores (no pedagogos), y los partidos han de procurar nombrar a sus representantes en función de su valía profesional, no de su fidelidad política.

F) El marco legislativo es un tema complejo que abordamos con mucho respeto. Si bien es cierto que no alcanzamos el consenso en esta materia, sí que podemos asegurar que coincidimos plenamente en que cuestiones tales como la estructura del sistema educativo o el currículo en sí, son claramente secundarias.

Nos preocupa que se utilice la educación como herramienta electoral y que la opinión de los docentes sobre cada ley dependa del partido al que voten, de si escuchan la Cope o la Ser, y no de tomar como punto de partida un análisis crítico del articulado y la realidad. Eso sí, nos hacemos cargo de que no podemos culpar a los pobres docentes de que no tuvieran, en su momento, unos profesores capaces de inculcarles el espíritu crítico al que toda persona debería tener derecho.

Asimismo, los alumnos entendemos que sobran letrados en los centros escolares. Docentes y padres que se creen tocados por la varita del conocimiento universal e insisten en adoctrinar e iluminar al resto. Somos conscientes que, de entre las funciones que conlleva el sueldo de profesor, no debería estar la de tener que escuchar durante horas a profetas petardos de la didáctica, a ésos que ocultan la pereza y la dejadez entre palabras, que ni siquiera son capaces de poner en práctica lo que dicen y exigen a los demás. Opinamos que, si hay algo que respecto a nuestra educación podemos pedir los alumnos a los adultos -profesores y padres- es un poco de coherencia.

También hemos detectado que hay enamorados de la buena vida política encerrados en el cuerpo de maestros y profesores. Ésta es una anomalía entre lo genético y lo social. Muchos de ellos alcanzan la dirección de centro pero ésta es una posición claramente insuficiente para sus anhelos. La insatisfacción desemboca en la frustración y eso se filtra hasta el último rincón del aula. Estamos convencidos de que si una persona tiene como máximo empeño hacer gala del poder que emana del cargo de director y entrenar genuflexiones y reverencias para cuando se produzca la visita de un delegado o un consejero de Educación, esa persona no es la adecuada para dirigir un centro educativo. Por favor, la próxima vez que elijan director, voten por la persona más activa, la más trabajadora, la más conciliadora o la más creativa. Dejen de legitimar a la más pedante. Sean responsables.

Por último, no queremos cerrar este contramanifiesto sin dejar claro que, humildemente, pedimos disculpas si en alguna crítica hemos errado o hemos sido excesivos. Entiendan que la vehemencia y el apasionamiento son consustanciales a nuestra edad. Evidentemente no sabemos tan bien como ustedes lo que ustedes hacen porque ustedes son ustedes y nosotros somos nosotros. Eso sí, dense cuenta de que tenemos dos ojos bien despiertos, aunque en ocasiones no lo parezca.

Sólo pedimos que no dejen caer en saco roto esta reflexión, que se nos escuche: queremos ser elementos activos en el sistema educativo y en el proceso de enseñanza. El objetivo de nuestro alegato es simplemente hacerles ver que, para liderar un cambio real en la educación, la iniciativa, si ha de partir del profesorado, ésta debe iniciarse a raíz del ejercicio de la autocrítica, el análisis objetivo y no ofuscado y la reflexión, y no del refunfuño, como muchos pretenden hacer. ¿Por qué han de existir sólo dos formas antagónicas de entender la educación? Lo único irreconciliable son los egoísmos.

Sabemos que están quemados, pero la chispa que vuelva a prender las ascuas del diálogo para que, unidos, avivemos el fuego que calcine la maleza y nos descubra un nuevo contexto, puede ser un cambio de actitud y no otra reforma de la ley. Estamos convencidos de que la educación no es competencia exclusiva del profesorado y que éste debe ser capaz de coordinar su labor con la de sus compañeros, de coordinar también el esfuerzo de los propios  alumnos, la iniciativa de los padres, los desvaríos de las desorientadas autoridades educativas y todo cuanto pueda aportar el conjunto de la sociedad; para que unidos trabajemos proactivamente y de concierto en la consecución del objetivo principal: que nosotros los alumnos adquiramos las habilidades, conocimientos y herramientas necesarias para mejorar la sociedad del pasado mañana.

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