El discreto encanto de la participación ciudadana

conlosojosbienabiertosA nadie se le escapa que la apuesta de los dos grandes partidos en la capital para esta temporada electoral se llama ‘participación ciudadana’. Un sintagma que constituye en sí mismo un pleonasmo, al unir dos términos redundantes. La ciudadanía es participativa o no es ciudadanía. En otras condiciones bastaría decir ‘ciudadanía’ para entender de forma inmediata que participa activamente en la vida política de la ciudad.

Después de treinta años de democracia formal, el PSOE y el PP han creído oportuno dar un voto de confianza a los ciudadanos y los empiezan a llamar para que participen en la vida pública de la ciudad. Que lo hagan con sus opiniones, con sugerencias e incluso puede ser que con cierto grado de capacidad decisoria. Una posibilidad siempre dentro de los límites previamente determinados por estos mismos partidos. Se trata por tanto de una graciosa anuencia que ambas formaciones conceden a un pueblo espectador.

Sin embargo, es escaso el ejemplo participativo y democrático que pueden darnos unas formaciones poco acostumbradas a la transparencia, al asamblearismo o a la horizontalidad organizativa. Ni tampoco es mucho el ejemplo que nos han dado desde sus responsabilidades en el gobierno municipal. Porque la participación directa de los ciudadanos en los asuntos públicos es un derecho reconocido por la Constitución desde 1978, no una extravagancia moderna, ni una moda ecológico-sostenible, ni una marca de la gobernanza neoliberal. Por eso, si desde las primeras elecciones municipales de 1979 se hubiera reivindicado y promovido la participación directa y efectiva de los ciudadanos en la vida pública de la ciudad, hoy tendríamos probablemente una cultura democrática más madura, y un marco cívico-urbano menos arbitrario, más inclusivo y humano.

Detrás de esta partitocracia o democracia cívico-excluyente subyace la idea de que durante la transición había otras prioridades que resolver y que la participación ciudadana podía esperar para más adelante. Los partidos, como legítimos representantes del pueblo, ya garantizaban una participación suficiente para forjar y consolidar la incipiente democracia. Sin embargo, treinta años después y fruto de esa realidad, hemos heredado una democracia deformada hasta tal punto que la participación se contempla como algo caprichoso, como una reivindicación de unos cuantos grupos de dudosa intencionalidad. Las iniciativas participativas promovidas desde la sociedad civil son vistas con recelo por el gobierno de turno, y hasta por una parte de la sociedad civil, que las deslegitima por considerarlas interesadas o politizadas. Como si la participación a través de los partidos no fuera, igualmente, una acción política e interesada. O como si la esencia misma de la participación no fuera la acción e intervención política.  Esa despolitización y asepsia de la participación ciudadana es uno de los mayores perjuicios generados por la actual partitocracia que ha reducido la participación a la mera asistencia de público a los eventos ocio-culturales. Se nos ha vendido una democracia, hasta tal punto distorsionada, que no tiene reparos en despreciar la participación directa o en confundirla con una acto petitorio, opinométrico y desiderativo, o en postergarla varias décadas en beneficio de una democracia más operativa y eficaz. Estos partidos han construido una participación mendicante, por cuanto la convierten en un simple acto de solicitud de peticiones particulares o corporativas; y en una participación espectacular, por cuanto la presentan como un espectáculo mediático, en vez de dotarla de la sencillez, normalidad y cotidianeidad que debería tener. Cuando la participación se convierte en mendicidad y espectáculo es necesario ponerla en cuarentena y desconfiar, porque participar no es eso. Pero es normal que el PSOE y el PP no lo sepan, son unos recién llegados.

Es cierto que la estrategia de uno y otro, sin embargo, no es igual. El PSOE lo ha hecho mediante una campaña electoral, aunque no se entiende por qué no lo hizo hace cuatro años, o hace ocho, o hace treinta. Tampoco se entiende por qué ese fervor participativo no lo ha desplegado desde la oposición durante estos últimos cuatro (ocho, …) años, o cuando tuvo oportunidad de gobernar en el Ayuntamiento. El PP lo ha hecho vía presupuesto público y mediante campaña de marketing político, y no sabemos si en breve iniciará un proceso similar al del PSOE, convocando a la sociedad a que participe en la elaboración de su programa electoral, o si bien éste se nutrirá de las propuestas recibidas en el proyecto municipal ‘Ciudad Real participa’.

Pero aparte de las anecdóticas iniciativas de uno y otro partido la realidad es que a pie de calle hay una sociedad civil que lleva organizándose y participando desde hace años. Éste es su éxito y su fortaleza. Porque el triunfo de la participación es el propio hecho participativo. Y en ese proceso, el obstáculo mayor ha sido siempre la Administración, es decir, el aparato burocrático dispuesto por los partidos gobernantes al servicio de la disuasión participativa. Sin el bagaje participativo acumulado por una parte de la sociedad civil de Ciudad Real, sin la presión y movilización que ello ha generado, no hubieran surgido ahora las iniciativas de participación que generosamente nos regalan estos partidos. Por ello, estas iniciativas deben contemplarse como una reacción de partido ante la demanda ciudadana, no una convicción democrática.

Por tanto el actual fervor partidista por la participación es más fruto de la seducción que de la convicción. Hace cuatro años el PSOE proponía crear un ‘Ciudadela cultural’ en Ciudad Real. Esta propuesta, fruto de una ocurrencia de J.Mª Barreda no dejaba de ser una expresión arbitraria más de las que suelen brotar en las primaveras electorales. Tan arbitraria como la idea de Rosa Romero de crear un ‘Corredor cultural’ entre el Museo del Quijote y el Teatro Auditorio. De aquellos caprichos personalistas hemos pasado al otro extremo, es decir, a que sean los colectivos quienes decidan las prioridades culturales de la ciudad. No hace falta explicar lo que ha ocurrido en los cuatro años que separan estos esquemas de pensamiento.

En primer lugar se ha llegado al clímax de unas políticas partidistas excluyentes y arbitrarias, que han hecho y deshecho a su antojo. Una cultura política que ha fomentando el enconamiento de la vida cívica, que ha jugado con la división social fomentando ciertos privilegios particulares a costa de ciertos derechos y del interés general. Una política incompetente que ha terminado hastiando a la ciudadanía en su conjunto, pero que ha estimulado también la acción política en diferentes sectores sociales a través de una participación ciudadana desde abajo. También cabe el planteamiento contrario y más ingenuo. Es decir, que los partidos, aturdidos por el sistema insostenible que ellos mismos han generado, se reconocen hastiados y desorientados, hasta el punto de rebajarse a que los ciudadanos entren a participar con la vaga esperanza de que ayuden con sus propuestas a recomponer lo que ellos han descompuesto.

En segundo lugar la crisis económica y los problemas de financiación de los Ayuntamientos desaconsejan las promesas electorales faraónicas, tan del gusto de los partidos de turno, pero inviables al día de hoy. Razón por la que se ha visto la ocasión oportuna para evocar una participación ciudadana que ponga en manos del pueblo la realización de unas propuestas que, si más tarde no se pueden realizar, no será por falta de voluntad, sino de presupuesto. Los partidos habrán hecho todo lo posible para que la gente participe, pero la falta de recursos hará igualmente inviables estas propuestas, por lo que la participación terminará contemplándose como un proceso inoperante. Como si el tema de la financiación, su origen y su aplicación, no pudiera ser igualmente materia de decisión ciudadana.

En definitiva, es oportuno dar la bienvenida a ambos partidos al apasionante mundo de la participación, realidad que parecen haber descubierto recientemente por cuanto nunca como ahora se les había oído hablar de ella con tanta exuberancia. Más vale tarde que nunca, efectivamente. Sin embargo, deben tener presente que el camino de la participación está en marcha desde hace muchos años y que son ellos quienes deben hacer gimnasia democrática y recuperar el tiempo perdido. Con ellos o sin ellos la ciudadanía se mueve, la ciudad se construye, la participación se consolida. De ellos depende ahora aumentar o reducir la brecha que les separa de una ciudadanía que les mira con cautela o con desconfianza. Ésta es la oportunidad de que se sumen a un movimiento cívico creciente o de que se queden estancados en un modelo obsoleto de democracia insostenible. Pero para ello es necesario que empiecen reconociendo que el encanto de la participación está en su discreta normalidad y no en el exceso vocinglero que les avoca a una multitudinaria soledad.

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