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El detective íntimo: Capítulo 1

- 22 febrero, 2013 – 12:313 Comentarios

El detective Román Paracuellos tenía la inveterada costumbre de hacer el amor siempre que su equipo de fútbol jugaba un partido importante. Con el tiempo fue depurando la técnica con tan asombrosa pericia que no eran raras las ocasiones en las que la sacudida final coincidía con el gol de su jugador favorito. El detective íntimoDe modo que los dos éxtasis, el de la descarga animal y el del otro animal de hincha irracional, lo transportaban hasta la misma frontera del cielo. No fue fácil al principio porque en cuestiones de ritmo, y eso que lo llevaba inserto en su adn desde que era niño, hay que ser un especialista muy cualificado para darle a la pelvis según las evoluciones de la jugada. Ocupado en su peculiar método amatorio era todo un riesgo forzar las vielas para que todo se viniera abajo por un fallido remate o una parada del portero contrario. Tuvo muchos y dulces fracasos porque liberados los licores del amor, lo eran ante un gol presentido pero abortado por las circunstancias del juego. Pero con la práctica se consigue todo: incluso ser el tesorero de un partido político y al mismo tiempo un crápula irredento.

Con el tiempo el detective Román Paracuellos se había convertido en un experto. Y como suele ocurrir con las cosas húmedas, su fama se extendió por toda la ciudad, tanto, que las chicas, ya fueran solteras, casadas o de sexo alternativo, dejaban lo que estuvieran haciendo en ese momento ante su presencia: si tomando un café se quedaban absortas con la taza en los labios, si ante la caja de unos grandes almacenes la operaria tecleando el registro mirándolo entre suspiros, si la mujer del alcalde en una recepción dejando a todos los pelmazos, constructores, afiliados del partido con ganas de medrar y proyectistas de barrocos pelotazos, yéndose con Román Paracuellos para hablar de fútbol.

Hay que añadir en el curriculum casanova de nuestro hombre que no eran pocas las muchachas que habían experimentado en sexo propio la inenarrable coincidencia de los deleitosos goles que cantaba el amante sabueso. Bueno, eso, y un atributo personal tan sólo a la altura de sus otros atributos.

Llegados hasta aquí es preciso detallar el método del que hacía uso el mejor detective de la ciudad. En realidad, no era muy complicado. Simplemente se daba a las mieles de la carne frente a un televisor, ya en casa, ya en la habitación de un hotel o sobre el camastro de una pensión proletaria, en función de sus haberes coyunturales. Cuando tal cosa era imposible porque el momento lo sorprendía en un lugar extemporáneo, el coche, un parque, un portal o similar, se informaba de los avatares del partido por unos auriculares que se colocaba en uno de los oídos. ¿Que por qué en uno? Para tener el otro libre con el que escuchar en directo los ayes, sí, sí, mmm, cómo me lo haces, no pares, sigue, sigue, y toda la literatura oral de su amante. Como solían repetir según el azar y las coindicidencias, sus amantes también se hacian una idea de la calidad y la emoción del juego del equipo de Román, por las variables rítmicas que eran un calco de los lances del partido. Bastaba un par de veces para deducir que el equipo del sabueso se acercaba peligrosamente al área contraria, si el asedio precedía a un tanto cantado que luego no era, o si el ataque acabaría irremediablente en gol. Sin embargo, el método Paracuellos tenía una falla: el gol tempranero del equipo o el gol del adversario. La primera eventualidad la salvaba nuestro hombre con la confianza de un segundo para lo que ya se preparaba a conciencia no fuera que viniera seguido, pero la segunda era determinante y más complicada. Si el equipo empataba, llevaba a su chica hasta el gozo previo al orgasmo final, al que se elevaban con tarzánico grito si al poco la red atrapaba el gol de la victoria. ¡¡¡Goooooolllllguauuouoooooommmuoooahhh!!! Quienes lo oyeron entre ellas, ellas, juran que esta era la onomatopeya inapelable y ambivalente del forofo. Otro contratiempo era el empate a cero, pero en realidad no era tal, pues eso aumentaba su atletismo sexual porque era capaz de controlar lo inevitable durante 90 minutos incluido el descanso, y pegar el acelerón justo cuando el árbitro soplaba el otro pito. El máximo nivel lo alcanzó en pleno estadio cuando el Madrid juegó una final en Oslo. Cómo lo hizo es un misterio, pero ahí estaba dale que dale con una sueca asombrada, perpleja pero muy feliz en tan inusitado escenario, lo cual, también, para ella, constituyó toda una excitante novedad. Asi lo contaba el propio Román.Un portento.

Con esta insólita peculiaridad era normal que careciera de pareja estable. Tuvo una novia, profesora de Universidad que lo dejó en pleno partido Real Madrid-Barcelona porque no soportó las continuas falsas alarmas y sobre todo los deprimentes gatillazos cuando el equipo blanco no andaba muy inspirado. Por lo demás, Roman Paracuellos, era, como queda dicho detective. Un sabueso escurridizo e invisible que conocía todas las infidelidades de la ciudad, ya que ese era sobre todo su trabajo: husmear las andanzas de ellos y ellas, preparar el informe con fotos, lo cual subía el precio, presentarlo a su jefe, y esperar a cobrar. El mismo se definió proclamándose detective íntimo una noche de soledad sin fútbol al camarero del Bar Ataria, que solía frecuentar con asiduidad. Vivía a salto de mata pero sobrevivía a las estrecheces con unos ahorros que tenía en el banco después de que fuera despedido del Cuerpo de Policía por estar ocupado en el cuerpo de una sargenta en el despacho de ésta, en horas de trabajo y cuando se esperaba la visita del subdelegado del Gobierno, visita que éste adelantó por una cuestión de agenda de última hora, lo que supuso sorprender a los dos uniformes sobre la mesa de los informes. Esa misma mañana, se jugaba un partido matinal del mundialito de clubes. Así que descubiertos ambos, Román se cuadró con el mandado en posición de semireposo, uno de los auriculares en la oreja y el otro colgandole igualmente de la otra, pero con menos poderío.

Aquella tarde, en pleno hervor de la primavera fuera del coche y en plena cocción en el interior del coche, andaba sobre una muchacha morena con unos ojos tan grandes como el volante del auto, moviendo las caderas al compás de los pases de sus idolos balompédicos. Era un partido de trámite, así que los vaivenes subían y bajaban con cadenciosa rutina. La muchacha gemía encantada de la vida pero nuestro hombre no estaba por la labor. Si en diez minutos su equipo no metía gol, él disparaba y sacaba. En ello estaba cuando sonó el móvil.

-¿Si, jefe? ¿Cómo que ha aparecido? Qué... ¿Ahora? Hoy es sábado, jefe, y estoy en el fútbol.

-Qué pasa mi amor...- suspiró la chica pellizcándole el culo.

-Han suspendido el partido, pero espera que yo te voy a aprobar a ti con un notable.

Aceleró y rubricó sin demasiado entusiasmo. Luego se compuso un poco mirando a la muchacha que se vestía con cara de picardía y le dijo:

-Otra vez será, cariño.

-Bueno, no ha estado mal.

-¿Tienes planes para la final de la Eurocopa?

-No hago planes con tanta antelación -dijo imitando a Bogart- pero creo que la voy a ver en mi casa con dos viejas amigas del insti...

-¿ Y qué te ha dicho tu jefe, si se puede saber?

-Que ha aparecido un perro ahorcado en la puerta de la Inmobiliaria San Ildefonso.

-¿Una inmobilaria con nombre de santo? ¡¡Jesús!!

El detective Román Paracuellos, maniobró el coche, y lo enfiló hacia la carretera levantando una nube de polvo sobre el descampado.

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