Crónica del segundo encuentro de grupos senderistas de Castilla-La Mancha

Manuel Mohedano Herrero. Ecologistas en Acción-Valle de Alcudia.- Aunque el pronóstico del tiempo avisaba de un día lluvioso, eso no fue impedimento para que miembros de los clubes senderistas de Argamasilla de Alba (Zancajos), Tomelloso (Tomesenda) y Puertollano (Ecologistas en Acción-Valle de Alcudia) se reunieran el pasado domingo, 17 de marzo, para celebrar con una marcha senderista el 2º Encuentro de grupos senderistas de Castilla-La Mancha.
Redactores Ciudadanos
Como el grupo anfitrión era el encargado de organizar la ruta, programamos una travesía del Valle de Alcudia por su zona central, concretamente desde la Bienvenida hasta Sendalamula, pasando por el puerto de Caracollera.

Pasadas las diez de la mañana llegamos con los autobuses hasta la Bienvenida y, después de saludar a los compañeros de los otros clubes, visitamos exteriormente la restaurada venta, para dirigirnos a continuación al menor de los castillejos volcánicos, resultado de apilaciones de coladas viscosas que rellenaron una fractura del terreno, que con 727 m. permitía unas vistas impresionantes de todo el Valle de Alcudia (bueno, hasta donde nos dejaban las amenazantes nubes); también nos permitió contemplar el “desayuno” de una casi multitudinaria concentración de buitres, negros y leonados, que en las proximidades daban buena cuenta de los restos de alguna res descarriada o muerta. Bajamos del castillejo y nos dirigimos a las ruinas de la antigua ciudad romana de Sisapo, que pacientemente excavan durante los veranos los alumnos de la Universidad de Castilla-La Mancha.
Ruta senderista
Tras unas breves explicaciones sobre la importancia del lugar (habitado desde el s. VII a.C. hasta el s. V de nuestra era, nudo de comunicaciones y centro administrativo en época romana), comenzamos la ruta programada entre rebaños de ovejas que, en la distancia, contemplaban asombradas el paso de aquellos extraños transeúntes que, acompañados a ratos de una fina lluvia pero disfrutando de la belleza del lugar, alteraban su tranquilo rumiar.

La “alegría” de la mañana llegó cuando alcanzamos el río de la Cabra y contemplamos como el nivel del agua cubría más de medio metro sobre el vado que debíamos cruzar: armados de valor y de alguna queja por el susto de los que no estaban avisados (o no se lo creían), nos quitamos calcetines y botas, nos enrollamos los pantalones hasta las rodillas y nos dispusimos a probar la calidez del agua que llevaba el río; cruzamos sin muchos percances y una vez secos los pies y repuesto el calzado, continuamos la marcha, una vez más con la ligera llovizna que intermitentemente se empeñaba en seguir con nosotros.

El camino nos lleva ahora por un encinar relativamente bien conservado pero con una particularidad: en un espacio como de un kilómetro cuadrado se encuentran muchas encinas que han sido calcinadas por la caída de rayos en diferentes momentos, fenómeno no repetido en otros lugares del valle. Superado el puerto de Caracollera, el camino nos llevó a la estación del mismo nombre, donde teníamos previsto dar buena cuenta de los bocadillos (ahora ya no era fina lluvia lo que nos caía, sino algo más persistente y contundente.

Puestas así las cosas, decidimos no continuar la ruta hacia Sendalamula (lo que nos obligaría a descalzarnos otra vez para cruzar el río Valdeazogues), sino seguir el camino otro par de kilómetros hasta el puente de la carretera sobre el mismo río, donde nos esperaban los autobuses para traernos de regreso, no sin hacer una pequeña parada en Sendalamula para saludar a los vecinos y un descanso para el café en Brazatortas, y despedirnos de los amigos que nos habían acompañado en esta bonita, y pasada por agua, ruta senderista.

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