El detective íntimo: Capítulo 11

El detective íntimoEn la oficina Román puso en antecedentes a su jefe. Era sábado por la mañana, y había regresado a la ciudad desde la gran ciudad porque el trabajo festivo sólo se justificaba si había un buen hueso que roer y una buena pasta que pagar. Había de lo segundo pero no de lo primero. Tenía material suficiente que justicaba su trabajo. No era una información definitiva pero apuntaba a ello. Efectivamente tal y como temía su cliente, el señor Badía, Heliodoro Cortés, cuya esposa tuvo a bien adornarle el frontal con cameos más que esporádicos con el  inmobiliario de San Ildefonso, se veía con Secundino García, presidente de la Fundación Legia, (no olvidar el acento en la i) y por lo que se ve para lo que suelen verse los pájaros de altos vuelos: hacer negocios de aún más altos vuelos en connivencia con el poder para garantizarse así unos beneficios de vuelos estratosféricos. Sin embargo, pese a todo, el jefe no las tenía todas consigo, porque el material probaba lo que era un secreto a voces. De sobra sabía su jefe que el señor Badía quería algo más, quería asuntos relacionados con la intimidad braguetaria, con la vida personalísima de ambos pájaros desde que le llegara el soplo de que ambos se esmeraban en esculpirse mutuamente sobre la hermosa frente de señores educados, ricos y truhanes, una voluta imposible, un arabesco marfíleo de cuernos bien llevados. Y para asombro de Badía, ninguno de los dos sospechaba nada. Hombres acostumbrados a fisgar e incluso a ser fisgados, que no tenían la menor noción de que sus respectivas santas se lo hacían con le demonio contrario. Claro que cabía una posibilidad: que ambos burlados no lo fueran porque eran sabedores y habían no sólo consentido sino animado a sus respectivas a seducir al socio para tener al marido al cabo de la calle. Pensar que ambas mujeres que también eran amigas se habían hecho la prodigiosa confidencia a espaldas de sus respectivos para sacar provecho a su cuenta pintaba un cuadro kafkiano de puro laberinto. Cuando el jefe le dio sus impresiones ante las fotos, los negocios terrenales (de terreno) y los planes empresariales de parche en el ojo de los dos pájaros de cuenta con más cuento que Calleja, Román se imaginó un fresco que ni Dalí hubiera logrado conceptuar con su aéreo pincel: la ciudad llena de detectives, detectives espiando a los detectives, el señor Badía amenazado por el señor Cortés por un asunto de cintura para abajo y para arriba, la secretaria del propio Badía, espía de noche y espía de día y ex pía cuando se terciara, el señor Cortés y el señor García de negocios mutos e infidelidades igualmente mutuas colateralmente bien llevadas y las mujeres de ambos cómplices o no a espaldas de todo el mundo. Guau. Hay que recordar que la consorte de Cortés ya lo adornó con el señor Badía, que fue la causa del aviso perruno del burlado y del encargo del inmobiliario de vigilar a su enemigo, tarea que ocupaba a nuestro héroe, cuya habilidad sexual principal consistía en hacer el amor al mismo tiempo que veía u oía un partido de fútbol del Real Madrid, el equipo de su corazón, o en su defecto del Mancha Republic, un equipo conformado por la izquierda de la ciudad, y sostenido y financiado  por… bueno, aún no se sabe… ni siquiera nuestro hombre lo sabe… de momento.
-Y luego dicen que la gente se aburre. Madre mía cómo se lo monta el personal -dijo Román- Bueno jefe, me voy a dar un garbeo. Pienso estar todo el fin de semana garbeando, así que a menos que Cayo Lara se convierta al catolicismo y se haga fraile, no estoy para nadie.
– De acuerdo, pero el lunes hay que reiniciar… Nada de terrenos, ni negocios, ni sobaos pasiegos, que eso lo sabe media humanidad y tarde o temprano acabará floreciendo de manera natural como la primavera. Quiero morbo, del tuyo, morbito íntimo, de Condéname para arriba, de portada de revista mierda… Eso es lo que quiero, y eso es lo que quiere el señor Badía, porque es la única forma que tiene de afrentar a su enemigo por la amenaza del perrito cadáver, de demostrarle que no le teme, y de paso quitárselo de enmedio con un escándalo sexuarrr de la pradera… – ésto último lo dijo el jefe imitando a Chiquito de la Calzada.
-Díos mìo, qué panda…. – pensó Román que salió del despacho a tomar unas cervezas en el Ataria y a esperar a Lorena.
Prodigiosamente le apatecía estar con Lorena pero sin fútbol, y sin sexo, simplemente estar, charlar, contarle cosas, caminando, sentados e cualquier parte … Nuestro hombre se estremeció. ¿Se estaría enamorando de la secretaria espía? Por cierto, ¿a quién espiaba la secretaria espía del señor Badía ?

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Capítulo 10

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3 COMENTARIOS

  1. El Sam Spade patrio labora menos que el ángel de la guarda de los Kennedy, salvo que se consideren trabajos los escarceos de bragueta.

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