El “twit” del Director General de Cultura de Castilla-La Mancha

Rafael RoblesArgo es una extraordinaria película, como bien explicó el escritor José Manuel Campillo; sin embargo deja cierta sensación de fraude a quien esté familiarizado con la historia contemporánea de Irán. Estoy de acuerdo con Manuel Valero cuando asegura que, en sus lecturas, disfruta más de la forma que del fondo, lo que es extensible al cine, pero es inadmisible confraternizar con la estética cuando se pone al servicio de la reescritura de la historia para troquelar conciencias y justificar agresiones geoestratégicas.

La película muestra el incidente de los seis trabajadores de la Embajada de Estados Unidos en Teherán que pudieron escapar de Irán y, de este modo, librarse de lo que luego se conoció como la crisis de los rehenes de 1980. Para huir del país se vieron ayudados por un solícito agente de la CIA y respaldados por el embajador de Canadá de aquel momento. Una rápida búsqueda en Internet muestra lo polémico de este asunto ya que, presuntamente, más se pareció a la fracasada operación Eagle Claw que ya nadie recuerda y de la que, a buen seguro, no habrá película.

Lo que importuna es que en Argo se muestra falsamente a los iraníes como “muchedumbres enloquecidas”. Permítanme explicarles por qué lo entiendo así. En 2006 fuí testigo en Teherán del puñado de personas que se manifestó frente a las embajadas occidentales para protestar por el artificioso asunto de las caricaturas del periódico JyllansPosten. Resultaba hilarante verles dibujar su cara más feróstica cuando les enfocaba alguna cámara de televisión para relajarla inmediatamente después, cuando el periodista pasaba de largo. El patetismo llegaba al súmmum cuando trataban de quemar, temerosos, una pequeña bandera europea con unas cerillas que no acababan de prender, como si fuera una divertida gamberrada adolescente; luego se encargaron los medios de comunicación de transformar esta anecdótica e inocente acción en algo que aterrorizara a los occidentales cómodamente sentados y anestesiados ante sus televisores. Los escasos y bonachones jóvenes desconocían la repercusión de su pueril protesta mientras el plano televisivo se cuidó para dar la sensación de que eran muchos y malísimos los manifestantes. Era preciso manipular las imágenes con el objetivo de demonizar al pueblo iraní para que, una vez ganada la opinión pública de los amansados telespectadores occidentales, fueran tolerables las aberrantes sanciones económicas o las posibles intervenciones militares en tierras persas para dinamizar las economías de los países ricos.

Este hecho es similar a lo que bien explica la premio nobel de la paz, Shirin Ebadi, acerca del ambiente durante la crisis de los rehenes que nada tiene que ver con lo que muestra la película Argo:

Por entonces había vendedores ambulantes que ofrecían cervezas heladas, maíz tostado, refrescos fríos y todo tipo de tentempiés iraníes. Habían instalado sus carritos en las calles que rodeaban la embajada, como si aquello fuera una zona de picnic. Los padres llevaban a sus hijos en cochecito, los niños comían helados y los más convencidos portaban retratos del ayatolá junto con su zumo de melón recién exprimido. Básicamente, lo que había comenzado como una ocupación se había convertido en una traumática ruptura internacional primero y, luego, en una feria callejera (El despertar de Irán, Aguilar, p. 60).

Además Argo soslaya lo que acontecía en las cloacas del poder, a saber, el IránContra y el proceso que culminó en el acuerdo del presidente Reagan con los iraníes para prorrogar la crisis de los rehenes y, de este maquiavélico modo, alcanzar el poder como bien cuenta Nadereh Farzamnia en Irán. De la Revolución islámica a la Revolución Nuclear:

Mientras duraba la retención de los rehenes, altos cargos estadounidenses pedían a Irán demorar la liberación hasta la jura del cargo de nuevo presidente Ronald Reagan, como de hecho así se produjo posteriormente. Más tarde el caso Irán-Contra salpicaría tanto a la administración Reagan como al régimen islámico, antiamericano hasta la muerte. (p. 182).

Dado que el iraní no es un pueblo pusilánime es normal que la población protestara ante tamaños ataques a su soberanía, pero lo hicieron con una educación exquisita, sin violencia y sin mostrarse como los envilecidos que muestra la película de marras. Además el verdadero origen de estas protestas habría que encontrarlo unas décadas antes. Es así que hace cuatro años el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, entonara el mea culpa en su importante discurso de El Cairo porque en 1953 la CIA diseñó el golpe de Estado que puso en el poder a la tiranía de la familia Pahlavi que acabó con los años de democracia iraní (Irán era democrática mientras España era un país de analfabetos que adoraba a un dictador). Con esta familia reinando los intereses de Estados Unidos en Oriente Próximo estaban asegurados a costa del sufrimiento más descarnado de la población, como bien mostró Kapuscinsky en su imprescindible obra El sha o la desmesura del poder. De este modo el Sha -el rey criminal- compraba ingentes cantidades de armamento norteamericano y también les regalaba el petróleo a cambio de salarios miserables a los maltratados y humillados trabajadores iraníes. No se pierdan el extraordinario libro de Stephen Kinzer, Todos los hombres de sha (editorial Debate) del que extraigo este fragmento:

La Operación Áyax enseñó a los tiranos y aspirantes a tiranos de la región que los gobiernos más poderosos del mundo estaban dispuestos a tolerar la opresión sin límites mientras los regímenes opresores fueran amigos de Occidente y de las compañías petroleras occidentales. Ellos contribuyó a inclinar la balanza política de una extensa región lejos de la libertad y hacia la dictadura (p. 274).

El autor del libro, veterano periodista del New York Times, continúa citando a varios intelectuales iraníes: “Es un argumento razonable el que sostiene que, de no haber sido por el golpe, Irán sería una democracia madura”.

Sirvan estos tres episodios -la crisis de los rehenes, la crisis de las caricaturas y el golpe de Estado de 1953- para compensar un desafortunado twit del Director General de Cultura de Castilla-La Mancha, a quien es preciso comunicar que el pueblo iraní poco tiene que ver con lo que muestran las películas o los telediarios y que la PAH, con escraches incluidos, es uno de los pocos movimientos decentes, como ya expliqué en una ocasión, ante tanta mediocridad democrática. No está bien que los cargos públicos se apunten al cultivo del miedo ni que prefieran el relato de lo que sucede en vez de lo que de verdad acontece.

morales

Rafael Robles
http://www.rafaelrobles.com
@RafaelRob

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15 COMENTARIOS

  1. Gracias por contar una historia que desconocía. Si ves Argo sin conocer esta intrahistoria, puede ser diferente la percepción. Lo que sí creo que retrata Argo es la nociva influencia del Sha en la sociedad iraquí y la permisividad occidental.

  2. A mi lo que me realmente me acojonaba de las imágenes de entonces era la enajenación de las masas extáticas (de éxtasis) en presencia del imán y su mirada de hielo. El Sha era un triste tigre de papel y un títere casado con una señora muy guapa. Y hoy hay con consejo de la revolución que dice quien se presenta y quien no (pareado), y un tal Almayinehaf (escribo de memoria) que quiere pasar a la historia como el presidente que puso en el cinto de Irán la pistola atómica. Desde mi irrecuperable escepticismo y mi nihilismo rampante y el estimulante bienestar mental de decir exactamente lo que pienso, no veo tan malos a los yanquies cuya demonización me evoca tiempos adolescentes, como la gigantesca obsolescencia històrica de las grandes revoluciones. En EEUU una ciudadana le puede increpar al mismisimo presidente por incumplir su palabra o hacer una peli sobre como cazaron a Bin Laden, sin obviar la tortura. Sobre el asedio en grupo a una sola persona en torno a su domiclio ya sabes lo que pienso. Y por lo demás, te sigo, te leo y aprendo.
    Buen dia.

  3. Desconocía el Tuit, pero es impropio de alguien con ese cargo. Yo también vi Argo y me entretuvo pero, teniendo como ya tenía edad para ver y entender cuando ocurrió aquello, me sorprende que Morales, quien algo debería saber de historia, escriba esa desfachatez.

    Imagino que sigue haciendo currículo.

    O eso o él mismo se compara con los EEUU de aquella época y sus «labores» en la zona. No sé ¿Es así, Morales? ¿Cuando te vayas de la Junta lo harás con un avión lleno de lingotes de oro?

    En fin, vivir para ver. Debe haber estado mucho rato debatiendo sobre Argo con el Senador-Torero.

  4. El atentado (¡huy, perdón¡) el lamentable incidente con las Torres Gemelas (que se pusieron delante la mu joias) fueron un puñado de personas que querían conocer Nueva York, les quedaba lejos el aeropuerto JFK y prefirieron aparcar cerca de Wall Street. Qué tontás escriben algunos.

    • Perdona, fue la CIA la que derribó las torres. Me lo ha dicho Rafael tras leer las últimas investigaciones no censuradas. Irán intentó deternelos y su presidente, un bonachón como todo el buen pueblo iraní, se ha tatuado la bandera yanqui en el pecho. Es cierto, porque lo comenta Moore tras hablar con Chomsky

  5. «Lo que natura no da, Salamanca no presta»: Sr. Morales, sus conocimientos distorsionados le conducen a confundir «el culo con las témporas».
    Cuando era vd. concejal de Medioambiente -creo que entonces se llamaba así esa concejalía-, muchos ciudadanos fuimos testigos de su desconocimiento de la normativa editada por el Ayuntamiento. No atendía a los ciudadanos y, cuando lo hacía, trasladaba falsas promesas de solución a problemas que con la Ley en la mano, eran fáciles y rápidos de resolver.
    Recuerdo, cuando dejó la concejalía para irse a la empresa privada, en una entrevista de la televisón del Ayuntamiento, muy «ufanamente» y sonriendo, dijo: «…sé que he dejado algunos cadáveres en el camino…»
    El mayor error de gran parte de los políticos, es que se creen POR ENCIMA DEL BIEN Y DEL MAL, se suben en el carro del orgullo y de la soberbía, no queriéndose enterar de dos cosas: 1º- Que están al servicio del ciudadano y, 2º- Que antes de hablar y escribir, deben pensar.

    • Carmen, si eres mi lectora favorita esta misma semana te llega el libro. Me ha sido imposible antes, pero que sepas que no lo olvido. Gracias

  6. Menos mal que este señor nos ha explicado que Irán no es una teocracia sino un régimen de bonachones hombres que comen helados y de vez en cuando hacen alguna travesurilla sin importancia.

    Como ejemplo de la definición de sectarismo quedaría perfecto.

    La verdad es que uno se lo pasa en grande. ¿Cuál sería la tasa de analfabetismo de Irán en los años 50? Ja, ja, ja. «Educación exquisita» y «sin violencia» lo del asalto a la embajada
    ¡Qué grande! Imagino que será gratis todo esto. Es un cachondo mental que solo lee los chistes de «Granma».

    • Peperot, aunque como dice Carmen lo que Natura no da, Salamanca no presta y, con sinceridad, no creo que los leas, te saco unos recortes del año 1979 de El País para corroborar que insultas sin saber a quien se curra unos artículos estupendos a cambio de nada; y que, el régimen de los ayatolás es una canallada, pero no mejor que lo que había, que es de lo que se discute:

      «El corte del suministro del oro negro persa, que dio al sha una fortuna próxima a los 4.000 millones de dólares que, sumados a sus joyas y obras de arte, constituyen una opípara fortuna hoy a buen recaudo».

      «Ocho mansiones de lujo, que se sepa, son de su propiedad: residencia de invierno en Saint-Moritz (Francia), con dieciocho habitaciones; casa de verano en Palma de Mallorca, con cuarenta dependencias; cinco bungalows en Acapulco (México); finca de campo en Guildford (Gran Bretaña), con parque y una veintena de habitaciones; apartamento en Nueva York de cerca de mil metros cuadrados; residencia en Los Angeles (EEUU); casa de verano en Jean-Les-Pins, en la Costa Azul, y casa de campo en Offenburg (Alemania Federal)».

      Y esto es del Profesor Roberto García. De la Univ. de Montevideo

      «Más allá del significado que el acto en sí mismo poseía en el marco de la Guerra Fría, el interés norteamericano por el país se había ya traslucido en varias ocasiones. El Secretario de Guerra James Byrnes había afirmado en 1945 que el mantenimiento de misiones militares norteamericanas en el Irán era un elemento de «interés nacional» puesto que la estabilización de ese país constituía una pieza fundamental para el «desarrollo de los intereses comerciales, petrolíferos y aéreos norteamericanos en Oriente Medio». Poco tiempo más tarde, la revista Time advirtió, comentando el célebre discurso de Harry Truman enunciando la doctrina de contención, que si bien las palabras presidenciales habían mencionado los casos de Turquía y Grecia, «las murmuraciones detrás de esas conversaciones se encuentran en el océano de petróleo que existe más al sur».

      En concordancia con ello, tras la nacionalización decretada, los norteamericanos se ofrecieron para mediar en el diferendo entre las partes. Sometido al arbitraje internacional, Mossadegh viajó a Nueva York para defender la nacionalización en el seno de la ONU. Fue allí donde los norteamericanos (que lo rodearon en todo momento) evaluaron distintas fórmulas conciliatorias. Y fue también allí donde se percataron de que, contrariamente a lo que expresara el británico Anthony Eden, con Mossadegh se podía negociar. Persuadidos de que el nacionalismo y la aparente férrea posición de Mossy (así le llamaban) respondían más que a un convencimiento ideológico a condicionantes internas muy fuertes, intentaron acercar cifras. Entonces Mossadegh hizo llegar su respuesta: 50 millones de dólares de préstamo directo a cambio de flexibilizar la nacionalización. Los norteamericanos, sabiendo de que lo que Mossy no podía tolerar era participación británica directa (pues de ser así corría serio peligro su vida), persuadieron a éstos a aceptar el convenio que preveía la participación norteamericana y, detrás de una fachada, también la británica. Era fines de 1952 y todo parecía indicar que el acuerdo estaba cerrado cuando Mossy cambió de postura esperando obtener una mejor recompensa de la administración republicana ganadora de las elecciones con D. Eisenhower a su frente.

      Sin embargo, Mossy había cometido un serio error pues el republicano llegaba a la Casa Blanca en estrecha relación con grupos poseedores de fuertes intereses petroleros. Oliver Nathan subrayó la obviedad: «la elección (…) había sido financiada por la industria petrolera norteamericana; y entre los amigos íntimos del presidente se contaban numerosos petroleros, inversores bancarios y otros titanes del mundo empresario». Presiones y vinculaciones advertidas en su mismo momento y desde dentro del Partido por el senador Tobey cuando en un artículo en el Providence Journal (1/3/53) declaró saber de «las presiones a qué estamos sujetos nosotros los republicanos, por parte de los intereses petroleros y del gas». En consonancia con ello, Eisenhower conformó un millonario gabinete de prominentes figuras del mundo del petróleo que, al decir del mismo presidente saliente, Truman, conformaban una verdadera «camarilla petrolera». Si a éstos elementos agregamos el creciente rol del petróleo de Oriente Medio (mientras durante la Segunda Guerra esta zona aportaba 100 millones de barriles anuales, en 1952 lo hacía con 762) puede echarse luz respecto de por qué una vez arribado Eisenhower a la Casa Blanca, Foster Dulles (Secretario de Estado) prohibió que los funcionarios del Departamento de Estado siguieran adelante buscando una negociación con Mossadegh. De allí en adelante, la construcción simbólica se abrió paso descontextualizando los hechos porfiadamente. Dulles entonces subrayó que veía con «honda preocupación» lo que entendía como «crecientes actividades» del Partido Comunista Tudeh, detrás del cual estaba el comunismo internacional rodeando a Mossadegh. Reunido el Consejo de Seguridad de EEUU para discutir la situación iraní, Dulles realizó el siguiente comentario: tras dar como seguro que se avecinaba un golpe de estado soviético en el país, declaró que con tal usurpación «no solamente el mundo libre se verá privado de los enormes activos que representan la producción y las reservas petrolíferas iraníes (…) sino que, además, los rusos obtendrán estos activos y por lo tanto se verán libres de la preocupación de sus recursos petrolíferos. Y aún peor, si Irán sucumbe (…) no habrá ninguna duda de que en breve plazo las otras zonas de Oriente Medio, con un sesenta por ciento de las reservas petrolíferas mundiales, quedarán bajo control comunista». Alarmado, el presidente norteamericano preguntó si acaso había alguna salida, fue respondido afirmativamente. Fue entonces cuando se barajó el naipe que faltaba, el de la CIA, instrumento ágil, discreto y económico para deshacerse de gobernantes molestos o poco proclives a aceptar los lineamientos de EEUU.

      El «Plan Ajax»

      Decidido que Mossy «tenía que irse», según Allen Dulles (director de la CIA y hermano del secretario de Estado) el plan entró en su «fase activa».

      Destruido de forma deliberada el grueso de la documentación relativa a la operación encubierta durante los 60 (elemento importante, pues parece reflejar cuanto tenía la CIA por esconder), poseemos igualmente los detalles de la misma gracias al libro que publicara en 1981 Kermit Roossevelt (Contercoup: The Struggle for the control of Iran). Pese a no ser la visión de un historiador neutral sino la del agente que la dirigió, es igualmente reveladora en muchos de los aspectos concernientes al detalle mismo, e importante por cuanto sirvió de modelo a la operación que un año más tarde depuso a Jacobo Arbenz de la presidencia de Guatemala (BRECHA, 25/10/02).

      A la sombra de una constante prédica de Foster Dulles, fiel a su visión bipolar y maniquea según la cual todo se reducía a la lucha del bien (EEUU) contra el mal (URSS), la estrategia consistió en hacer aparecer a Mossadegh estrechamente ligado al comunismo y su país, cada vez más de prisa deslizándose hacia la línea de Moscú.

      Sin embargo, tal visión contrariaba abiertamente los informes de los analistas de la misma CIA en el lugar de los hechos. Dos de ellos, hoy desclasificados, son claros respecto a que el «Partido Comunista Tudeh no es probable que consiga la fuerza suficiente para derrocar al Frente Nacional mediante medios constitucionales o por la fuerza». Más allá de que según el analista, el Tudeh continuaría «beneficiándose del actual deterioro económico» y posiblemente intentando «instigar a los provocadores y a los desórdenes de los campesinos y los trabajadores urbanos», parecía claro que no «tendrá garantizado el status legal durante 1953 y no desarrollará la suficiente fuerza para ganar el poder por medios parlamentarios o por la fuerza». Todo ello complementado con la definición de las relaciones bilaterales entre Irán y la URSS como «frías y cerradas».

      Sin considerar tales circunstancias, la retórica diaria de Dulles era apocalíptica: Mossadegh constituía un peligro pues daba pie a la acción del comunismo internacional y por ello se plasmaba como un hecho que de no actuar, el país caería en manos soviéticas. Todo ello servía de base para una intervención urgente de EEUU en pro de su derrocamiento y a nombre de contener el «avance comunista». Decididos a que la forma fuese encubierta (pues el gobierno norteamericano no estaba dispuesto a correr con los costos de una intervención militar, ni tampoco la situación lo ameritaba, como en efecto lo sabían) se programaron los detalles de la operación bautizada con la clave secreta de «Ajax».

      Kermit Roosevelt, nieto del ex presidente norteamericano y calificado agente de la CIA en Oriente Medio fue designado como jefe. Este, relató en su libro que la CIA seguía los episodios iraníes muy de cerca desde su misma creación y que, en 1950 él había incluso viajado a Irán para contactar allí a elementos de la oposición al Frente Nacional cuando Mossadegh era sólo un político prometedor. De ahí en más, diariamente informado sobre lo que acontecía en el país, Roosevelt revela que fue en el correr de 1952 cuando fue abordado (en oportunidad de una visita a Londres) por directivos de la petrolera AIOC ansiosos de «deshacerse» del nacionalista iraní.

      Con la operación en marcha, Roosevelt (ya conocedor de la realidad persa) elevó su estrategia convencido: en el caso de una «confrontación entre el Sha y Mossadegh, el ejército y el pueblo iraní apoyarán al Sha», pues «si se decía al pueblo y a las fuerzas armadas que Mossadegh les obligaba a elegir entre su monarca y una figura revolucionaria respaldada por la Unión Soviética, la elección sería unánime» a favor del Sha.

      Sobre esta base la CIA (apoyada por el servicio secreto británico), envió a «Kim» Roosevelt y Norman Schwarzopf (el organizador de la policía secreta del Sha) por carretera desde Irak a mediados de julio de 1953. Ya en Teherán, la tarea consistía en convencer al Sha y al general Zahedi (el elegido para sucesor de Mossy) de la viabilidad del plan. Para ello, Kim, sigiloso y no menos discreto, consiguió adentrarse en el mismo palacio del Sha (de madrugada y tapado con una manta en la parte trasera de un automóvil) donde reunido con este, lo logró convencer de la efectividad de su fórmula. Realizado esto, los agentes de la CIA comenzaron a buscar y pagar («gastando dinero como si no tuvieran que dar cuenta de ello -como no tenían que hacerlo-«, señalaba el historiador norteamericano Ambrose) a los agitadores que habrían de cercar la casa de Mossy para obligarlo a dimitir. Así, la fase final comenzó a mediados de agosto de 1953 tras sortear una infidencia que casi lo arruina todo: alertado Mossadegh de que algo se tramaba destituyó a importantes generales y, asustado, el Sha se exilió fuera del país. En vistas de lo citado, la madrugada del 18 de agosto de 1953 Roosevelt (que dirigió la operación desde un sótano sin parar de entonar WLucke be a lady tonight», en ese entonces un clásico de Broadway) telegrafió a su país que lo proyectado había fracasado. Sin embargo, y durante el transcurso de aquella madrugada de aparente derrota, los hechos tomaron un giro sorprendente cuando finalmente las frenéticas turbas pagas por la CIA atemorizaron y forzaron a Mossadegh a dar un paso al costado. Kennett Love, un periodista del New York Times que cubría los sucesos desde el frente de la residencia de Mossadegh, en medio de la confusión que reinaba aquella noche y tras escapar a las balas disparadas desde dicha casa (a la que los manifestantes se proponían entrar por la fuerza) se refugió (sin quererlo) en una estación de radio donde también se encontraban opositores a Mossadegh. Transmitiendo en vivo y por esa onda (única que había pues las demás habían sido cortadas por Mossadegh) los sucesos, el general al mando de las fuerzas contrarias al líder atrincherado (que había dado por fracasada la operación) acudió al lugar para colaborar en el esfuerzo opositor. Una vez allí y reforzada la oposición, la presión incesante surtió efecto: Mossadegh, pese a lograr escapar, renunció.

      Enterado Zahedi (y de acuerdo con la planificación de la CIA) convocó para la mañana siguiente a una conferencia en la que anunciaría formalmente la dimisión del primer ministro saliente y se presentaría como sucesor tras el llamado del Sha. No obstante esto, y también según la estrategia de la CIA, una manifestación de apoyo al exiliado Sha y rechazo a Mossadegh comenzó a ganar las calles de Teherán hasta alcanzar a ser una gran multitud. Convertidas las calles en centro de violencia y confusión, las fuerzas policiales y el ejército actuaron en la disuasión de los seguidores del depuesto Mossadegh. Silenciados éstos y enterado el Sha («sabían que me querían» se limitó a decir desde Roma) la operación encubierta había sido un éxito.

      Terminado el contragolpe, el Sha retornó a su trono y Mossadegh vio la prisión acusado de «conspiración» tras ásperos debates en un Tribunal al que acudió vistiendo sus clásicos pijamas. Liberado en 1956 de allí en más se dedicó a su familia hasta morir el 5 de marzo de 1967.

      Instalado Zahedi (moderado simpatizante del nazismo) en el gobierno, la inestabilidad política siguió siendo la característica esencial a nivel interno, amén del presuroso reconocimiento y los 45 millones de dólares otorgados con rapidez.

      Independientemente de esto, el desarrollo posterior de los acontecimientos dentro del Irán resultó revelador de qué se escondía detrás de la estrategia norteamericana («gran dragón», para tomar la expresión de Mossadegh): un nuevo acuerdo petrolero y el desplazamiento de Gran Bretaña de la que hasta ese momento había sido una privilegiada posición. Así, y a un año de los acontecimientos, un nuevo consorcio internacional se hizo cargo de la extracción del petróleo iraní, y en él, los empresarios norteamericanos pasaron a controlar un 40% del preciado «gran dragón».

      Se torcía entonces, el moderado nacionalismo de una nación desgarrada por la miseria. Y tal vez más importante, demostraba su eficacia una vía encubierta que de allí y hasta hoy mismo, es moneda corriente de la política exterior norteamericana».

      • Y este rollo para decir una obviedad, que el Sha era un tipejo de cuidado al servicio de los intereses de la Guerra Fría. ¿Qué tiene que ver eso con dar esa visión beatífica de un régimen teocrático siniestro que exterminó a la oposición, antigua aliada contra el Sha, e inició una represión durísima en el país?
        Jomeini era un hombre bonachón que solo deseaba «su» libertad para «su» pueblo. Como era antiyanki, era un buen hombre.
        Es lo mismo que contaban de anarquistas y comunistas, sectarios asesinos pero eran antifascistas. Buenos chicos

  7. Con este tipo de tuits de gente tan demoledoramente preparada, ahora entiendo un poco más la sin razón de catalogar como Bien Cultural el espectáculo de matar toros dentro de un edificio con forma de circunferencia…

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