El detective íntimo. Capitulo 20

Aquella noche fue una noche de sexo, simplemente. Como hacían millones de seres humanos en el planeta en ese momento en el que se entregaban al placer de los cuerpos y de las almas, si el placer de los cuerpos era convenientemente aliñado con eso que llaman amor. O sexo, simplemente. Con beso o sin beso.
El detective íntimo
Sexo con beso, mejor, con besos aun mejor; con besos en todas partes, sublime; con besos de arrebato intimísimo entre las alas de mariposas del sexo de mujer, para desafallecer. Échenle poseía, lirismo, o échenle épica, hombría de dimensiones bélicas, o quítenle todo eso y búsquense su propio aliño para no convertir el sexo con beso y con amor o sin amor pero con mucho deseo en un rutinario choque de genitales y un vaivén del suku-suku como el que se fuma un cigarro leyendo un libro. ¿Fumar? Después, en todo caso.

Nuestro hombre tuvo una época en la que follaba fumando. Fue antes de engancharse a follar viendo el fútbol y ajustar su ars amatoria a los ritmos, pasiones y emociones de los titanes de la pelota, tan escurridizos ante el contrario como ante la Hacienda pública y púdica. La hacienda púbica… eso sí era un hacer glorioso. Bien. Aquella noche, Román y Lorena habían decidido como adultos sanos y libres, echar un pedazo de polvo mientras veían un partido de fútbol de la selección española. Se fueron a casa del detective íntimo, así que ni jefes de un lado o de otro, ni minas de diamantes, ni historias prodigiosas, ni la guerra sorda que se traían Carlos Badía, el dueño de Inmobiliaria San Ildefonso y Heliodoro Cortés y su compinche Secundino Garcia, que manejaba a su antojo los dineros de la Fundación Legia, por hacerse con la mina después de haberse coronado.

Esa tarde noche verían la final del MUndial en la que España toco el cielo virginal de una competencia cósmica que se le resistía de por por vida . Roman se excitaría con las mañas de los Torres y la compaña y Lorena mirando a los jugadores holandeses, los imaginaria desnudos detrás de un centenar de doncellas virginales con flores en el pelo. Se notaba fluida y caliente y dulce y empapada.

Comenzaron sin estridencia, desnudándose el uno a la otra y la otra al uno, con suavidad, mirandose picaronamente mientras la muchacha se humedecía los labios de la cara con una lengua sinuosa y elocuente. El, la mantenía sujeta por la axilas de modo que el dedo pulgar jugueteaba con suspezones.

En un momento, Lorena se sintió extremecer cuando sintió la dureza del sur de su hombre golpear sobre su bajo vientre aun oculto bajo la intimidad de la ropa interior, unas braguitas blancas anudadas a ambos lados con lacitos de muñeca. Seguian de pie, pegados ambos, como si bailaran (pegados, si) un sorda balada de amor al compás de un deseo mutuo que empezaba a golpear sus sienes. El acabó de bajarle la prenda más íntima y ella se ayudó con sus propias piernas. Ya estaban desnudos como bebés, abrazados, de pie, besándose ahora con mordeduras controladas en un combate de estrategia a cual más excitante. Ambos comenzaron a musitar esas palabras inconexas que se dicen cuando todo gira alrededor como un arrebato de mística carnalidad.

Lorena sentia el miembro de Román aplastarse contra su vientre y nuestro hombre comprobó la temperatura del sexo de Lorena abriendo sus piernas con uno de sus muslos. Mientras tanto, las jugadas que ahora parecian un trasfondo absurdo y descontextualizado se sucedían en el video. Y poco a poco se fueron enredando, enredandó como la yedrá en la piedrá, los besos y las bocas volaron y viajaron a todos los lugares de la carne por riguroso turno, hasta que Román tendido boca arriba sintió con precisión de orfebre cómo Lorena se introducía en él, al principio con suavidad, luego con un ritmo lento y alucinante… Era el delirio… Roman volvió a la destreza de los viejos tiempos y fue calculando movimientos y caricias entre los ayes y los jadeos entregados de su amante… Hasta que en la postura más animal, ella como una hembra en celo, a gatas. él por detrás con la decisión tomada de la voladura final, los movimientos se armonizaron. Los pechos de ella bamboleban junto a una cadena con una concha de plata. Notaba cómo la profundidad de sí misma era horadada ya sin retorno. Cuando Iniesta recibió el balón de Cesc, Román estalló, Lorena estalló y después quedaron destrozados por la cama, sudorosos, manchados, y felices.

-¿Sabe como le llama una amiga mía al semen? Le preguntó Lorena…

-Dimelo..

-Champú de huevo…

Y se rieron.

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